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PENSAMIENTO QUE NUNCA SE VIÓ REALIZADO

>> lunes, 1 de octubre de 2012


Ya solo con el título de este relato hubiese bastado. Pero no, el escritor estaba empeñado en hacer algo más con él. Quería desarrollarlo innecesariamente, tenía ese capricho. ¡Pues venga, sea!

“¡Cuánto anhelé que llegara el final de la tarde de aquel día!
Trabajaba de sol a sol desde que se levantaba. El niño había amanecido como amanecía el resto de los días, con sueño y mal humor. Pero aquel día iba a ser distinto del de los demás. Hoy sus padres le habían regalado un pequeño caballete. Hoy sus padres le habían regalado sus primeras pinturas y sus primeros pinceles. El pequeño niño pintor ya tenía lo que había deseado durante tantos años pintando con miserables hojas y sucios lapiceros de colores. El pequeño niño había adquirido estatus de pintor. Ya solo le faltaba una boina negra puesta de medio lado y una bata blanca, y unos bigotes con las puntas inclinadas hacia arriba, muy dalinianas (o velazqueñas).
El pequeño niño quiso pensar como un adulto. Quiso construir una frase de persona mayor pero no le salió. Quiso pensar: ¡Cuánto anhelé que llegara el final de la tarde de aquel día!
Pero no le salió.
El pequeño niño no pudo disfrutar de su regalo porque tuvo que ir al colegio. Siempre le pasaba lo mismo, ya fuera cumpleaños o navidades. Después del día de Reyes tocaba escuela y los juguetes apenas quedaban estrenados. El día de su cumpleaños siempre cayó en día de diario, por lo que todavía era una situación peor.
No obstante, el niño pensaba en el final del día. Pensaba en una tarde teñida de colores rosas. Pensaba que, tras la escuela y la academia de música, todavía tenía tiempo para pintar. Pensó que a las nueve de la noche saldría con aquel paisaje de nubes y cielo coloreado de la mano de su madre (la misma a la que se le había ocurrido la idea de obsequiarle con aquel regalo). Caminarían por la calle de Alonso Martínez, donde se encontraba la academia de música de “Maese Pedro”. El niño portaría el violín en su estuche como quien no lleva nada. El instrumento no le pesaría de la felicidad que llevaría encima.
Llegaría a casa, al pequeño salón de la calle Fernán González Nº 54. Idealizaría también su casa, y ya no estaría en un sexto piso por el que apenas entra la luz y cuya única ventana da un patio gris por el que suben los cables de un ascensor. Su casa sería maravillosa, y todavía, a esas horas (la hora a la que llegaría a casa), habría luz.
Pensó en pintar un payaso perfecto, un payaso que nunca podría hacer debido a que todavía era un niño y no dominaba la técnica. Pensó en un payaso imposible. No sabía que su payaso, el payaso dibujado por un niño, podría ser también maravilloso.
Nada de esto se cumplió: el niño no salió de la clase de música contento (estaba agotado), en el cielo no había colores bonitos, cuando llegó a casa ya era de noche y ya no le apetecía pintar. Había gente en el salón y tampoco hubiese podido pintar.
El niño siempre guardó la imagen de este día imposible en su retina. El bello recuerdo superó al fracaso de no haberlo podido conseguir. La mente es inteligente y conserva lo que le hace bien.
Siempre guardó este bello pensamiento idealizado dentro de sí. Ahora, ya mayor, lo evocó y quiso exponerlo en un texto que ha acabado siendo este."

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