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UN PRIMER ACERCAMIENTO AL OFICIO DE GUIONISTA

>> viernes, 26 de octubre de 2012

  
¿Qué es lo que mueve a un estudiante para decidirse a cursar estudios en guión? Quizá está pregunta debería de ir acompañada de una segunda que dijese así: ¿Qué es lo que mueve a una persona a escribir?
Ser guionista es ser escritor, creer en la escritura como catapulta de otra serie de cosas no menos importantes. Y trabajar en la escritura es trabajar. Trabajar constantemente por el dominio del lenguaje. Quien es escritor tiene cosas que contar. El guionista, ya sea de ficción o de no ficción, cree en la palabra como medio de expresión. Y, en la mayoría de los casos, quien escribe confía en que aquello que va a contar puede ser interesante para los demás. Puede, en definitiva, aportar algo.
¿Qué es lo que sucede para que ante algo tan conciso surjan tantas preguntas? Pues muy sencillo: que a veces, muchas veces, ese escritor sufre de flaqueza o de humildad. A veces duda de ser capaz de llevar a cabo su cometido. A veces cree que lo que hace no es tan bueno o no merece estar ahí, donde otras cosas están.
El escritor sufre su propia exigencia y se martiriza rechazando cosas que en su momento (cuando las escribió) consideró buenas, y ahora no le parecen tan interesantes o dignas de existencia.
Nadie nace escribiendo, ni nadie aprende de otros su forma de escribir. Es verdad que puede tomar ideas, inspirarse de escritores que considere buenos, interesantes. Pero él mismo se forja como plumífero. Él mismo se conforma su personalidad en el lenguaje. A pesar de todo esto, necesita canalizar esta faceta autodidacta, conformarla con unas reglas de estructuración básicas. Y es aquí donde considera necesario el aprendizaje externo, el adquirir una serie de normas que le ayudan a realizar más correctamente su trabajo. Y es aquí donde decide aprender a ser escritor… y guionista.
¿Y por qué guionista? ¿Qué le aporta el lenguaje audiovisual? Esto es importante. ¿Qué nos ofrece una película que no nos puede ofrecer un libro? Para ser exactos, ¿qué nos ofrece un relato en pantalla grande? Sin duda, nos exige de mayor atención y nos ofrece una imagen concisa y perfilada que en el caso de un libro se nos queda más abierta. El libro sugiere un relato en nuestra cabeza. Nosotros lo conformamos a nuestro gusto. En cambio, en el cine, la información es la que es y no hay posibilidad de interpretaciones. Con un libro, podemos volver atrás si de algo no nos hemos enterado (o, porque simplemente queremos volver a deleitarnos con un pasaje). En el cine, no hay posibilidad de retroceso. Es siempre un camino hacia delante. Sin duda, con el advenimiento del cine en casa, del VHS o del DVD, sí podemos “rebobinar”. Mas, a mi juicio, esto no termina de ser todo cine. El cine es ya de por sí un rito. Es ir a un lugar concreto donde va mucha más gente con la que se va a tener que convivir durante una hora y media o más, en absoluto silencio y en una casi total oscuridad. El cine es algo más que ver un relato.
Para un guionista, resulta todo un reto conformar imágenes mediante la palabra, imágenes que se van a tener que especificar concretamente después de la escritura. Ser guionista supone una gran responsabilidad. Quien escribe sabe que su relato no va a morir en el propio texto. Un guión ha de materializarse en una película, de lo contrario pierde su sentido. Todavía el guión no se ha aceptado como género literario.
El escritor de guiones debe de ser consciente de la precisión que precisa su escritura. En el guión no cabe la literatura de un libro. Uno no puede extenderse en adornos. Debe de ir al grano. Ser parco en palabras, ser un admirador de los puntos y un detractor de las comas.
En el poco tiempo que llevo como alumno de clases de guión, todas estas cosas se han perfilado en mi cabeza como claras gracias a la tarea de mis profesores, que han insistido en ellas con la persistencia de quien sabe lo que dice, y de quien sabe que es importante para quienes le escuchan.
Quien quiere aprender a escribir guiones ha de apuntar como lo más urgente en su cuaderno de notas de clase lo siguiente: Un guión es una historia con principio y final, un relato dentro del cuál suceden otra serie de relatos que lo conforman. Algo heterogéneo dentro de algo homogéneo. El mensaje ha de ser claro para distraer lo menos posible al espectador. No distraer, que no entretener, pues resulta imprescindible mantenerle trabando en la historia que está viendo, mantenerle atento, interesado, hipnotizado. El guionista invierte muchas horas de trabajo para obtener como resultado casi dos horas de metraje. Es cierto que la creatividad es muy importante en este oficio. Tener grandes ideas. Ahora, también es cierto que resulta necesario el trabajo constante, la persistencia. El guionista está solo ante su historia, ha de luchar por algo en lo que sólo él cree, y esto es duro. Decía Truffaut que “el cine es un tren que avanza en la noche”. A esta bonita metáfora he de añadir otra aportada por uno de mis profesores: “El guionista es aquel que puede esperar horas interminables hasta que llegue ese tren”. Y no solo esto: “El guionista debe de adentrarse en esa habitación que no conoce y que es su historia. Una habitación a oscuras. Deberá avanzar pegado a las paredes de esa habitación invisible hasta llegar al interruptor. Una vez que lo encienda, comprobará las dimensiones de la habitación y verá si corresponden a las de una habitación pequeñita o a la de un gran almacén”.
El guionista deberá de esperar a que lleguen las grandes ideas, pero mientras tanto no le quedará más remedio que poner codos sobre la mesa trabajando en lo que todavía no ha llegado. Trabajar a diario en la historia para que no muera, sino para que avance, a veces más despacio y a veces más deprisa. “Como en un río en el que la corriente va más acelerada y a veces más lenta, e incluso donde a veces el agua se estanca.”
Aquí cierro el primer capítulo de esta crónica guionística en la escuela. A medida que pasen las semanas, tendré más claro el objetivo que me ha llevado a emprender dicha empresa.

              

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