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2. GUIÓN Y ADAPTACIÓN

>> viernes, 2 de noviembre de 2012

Títulos de crédito del "Don Juan Tenorio" de los hermanos Baños

En unas recientes declaraciones, Eduardo Mendoza aseguraba no conocer a nadie que leyese teatro. De Mendoza se conoce sobre todo su faceta como novelista, mientras que como dramaturgo ha pasado casi desapercibido. Él es bien consciente de que una pieza teatral, para llegar a ser representada, ha de pasar antes por los ojos del director de escena. Con su lectura ha de adivinar lo que ocurrirá sobre las tablas de forma física. Por lo tanto, el texto debe de rezumar imágenes y, a la vez, ser claro y conciso, sin andarse por las ramas. Un guión, a mi juicio, ha de poseer similares características. Su función no ha de ser otra que la de ser “representado”. La novela, no obstante, nace y muere en la mente del lector. Es por eso que, cuando alguien piensa en ella como pieza dramática (teatral o audiovisual) ha de darle un tratamiento bien distinto.
Para llevar a cabo la adaptación de una novela al cine, ha de pensarse fríamente antes que nada, si dicha obra literaria puede adaptarse. ¿Y por qué una novela no ha de poder adaptarse? Primero, por una cuestión práctica: si una novela posee excesivos tramos literarios, nos resultará casi imposible despojarla de toda abstracción para concretarla en imágenes y, lo más importante de todo, en acción.
Si bien es cierto que, en los albores del cine, quiso aprovecharse lo primitivo del séptimo arte para explotar la expresividad de las imágenes, de la poesía visual en una sola palabra, nosotros no podemos siempre trabajar con la poesía como fuente inagotable de inspiración y salvación. Y más trabajando desde una novela, donde todos son palabras. Con el advenimiento del sonido en los años treinta, poco a poco se demostró que el cine no había perdido su poética, sino todo lo contrario: ahora el cine se podía ver casi en su totalidad, y no necesitaba de muletas para poder andar (luego llegaría el color y, por último, lo digital).
Si encontramos en una novela partes suficientes como para elaborar una película, quizá podamos aportar de nuestro bolsillo aquellos fragmentos que sirvan para “rellenar” (en el sentido menos grosero de la palabra) los huecos vacíos. Para esto habrá que ser un buen falsificador literario y evitar traicionar la obra en sí con elementos que acaben mal encajando en la historia original.
¿Qué obra deberemos elegir?
Para empezar, sería aconsejable escoger un libro que no sea extenso en exceso para así evitar podar (o “sacrificar”) elementos interesantes con el fin de poder hacer una película asequible en su duración, en su metraje. Para ello, sería perfecta la elección de una obra mediana desde la que poder añadir elementos nuevos.
Sucede también que a veces resulta tentador escoger una gran obra literaria. Una obra sobre la que se vuelquen todas las expectativas del lector-espectador. Así por ejemplo, un Shakespeare siempre es jugoso para un guionista… y peligroso. El guionista puede jugarse el tipo adaptando un “Enrique IV”. La película que surja de tal adaptación siempre decepcionará al lector empedernido. Conviene, por esto, adaptar una novela para “mejorarla” en cine. Si dicha obra es ya inmejorable, hay que pensárselo dos veces.
El lector, por otro lado, nunca tendrá una película de su libro que le deje satisfecho. Él ya tendrá su propia película forjada en la cabeza, y su “película” nunca se parecerá a otras. Las novelas siempre dejan excesiva libertad al lector para que evoque en su mente las imágenes. En una película, lo que hay es lo que hay y no ha posibilidad de interpretación. Un personaje literario no lo tenemos tan concretado en nuestra cabeza. Es un ser que deambula, tiene un carácter ontológico.
No se trata, pues, de exprimir una novela. Hay veces que tratamos de exprimir una naranja para que finalmente acabe saliendo de ella zumo de manzana. No podemos, pues, pedirle peras al olmo. Hay que traducir, traducir a imágenes.
¿Cómo puede traducirse “estilo” a imagen? 
El guionista que trate de ser fiel a lo literario, acabará por no hacer el guión que se trae entre manos.


Sir Laurence Olivier durante el rodaje de su film "Hamlet"


Se ha dado el caso de escritores cineastas que han dirigido en cine sus propios libros. Aunque pueda parecernos que solo el propio autor tiene derecho a poner en imágenes su obra (ésa y no otra sería la visión correcta del libro, suponemos), el lector podrá incluso llevarle la contraria al escritor, porque esa película no se ajusta al libro que él ha leído. Lo cierto es que hay tantas versiones de una novela como lectores la hayan leído. Una por cabeza.
Una vez que hayamos asumido todas estas cuestiones, llegará el momento de desmenuzar el libro para convertirlo en un guión hecho y derecho. He aquí donde se abren dos caminos bien distintos a escoger:
El primero consistiría en desnudar la novela de palabras. Reducirlas a imágenes, a acciones. Ver en lo que se queda realmente la novela para ver si hay material o no.   
Esto, que aunque puede sonarle al lector a alguna cosa ya anteriormente dicha, contiene una mayor especifidad: la inspiración. Seguro que hemos visto en los títulos de crédito de alguna película las palabras “Basada libremente en…” De la historia pueden extraerse los elementos que nos interesen y construir algo nuevo: tomar un personaje o una situación y recontextualizarlos en una época distinta, por ejemplo.
El segundo camino a tomar sería el de leer la novela varias veces y dejarla reposar en nuestra cabeza. La cabeza selecciona las acciones principales y rechaza otras cosas como lo literario. Lo olvida. Podemos ponernos a escribir desde el recuerdo de lo que hemos leído.
Trabajar en una adaptación es un ejercicio altamente recomendable. Coloca al escritor frente a la literatura para trabajar con ella. Quien adapta escribe desde la humildad, desde la sombra del objeto literario del que se parte. Por otro lado, nos vuelve prácticos al tener que trasladar de un escenario a otro. La adaptación, podría decirse así, es un lujo.

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