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3. ALGUNOS CIMIENTOS BÁSICOS PARA COMENZAR A TRABAJAR

>> martes, 13 de noviembre de 2012



Al parecer, Billy Wilder necesitaba encontrarse rodeado de arte abstracto para poder escribir. Estas obras debían de sugerirle, cada día, cosas distintas. Su compañero de guiones, Diamond, se inspiraba dándose con una fusta mientras miraba a través de la ventana. Imaginar a esta “extraña pareja” encerrada en una misma habitación y enfocando el trabajo de estas dos formas tan variopintas debía de ser todo un cuadro.
¿Cómo encuentra un guionista esa primera idea “madre” que de lugar a su historia? Uno de nuestros profesores acuñó, para responder a esta cuestión, el siguiente concepto: “La idea de la servilleta”. ¿Qué es “la idea de la servilleta”? Es muy probable que ya se nos haya ocurrido algo en nuestra cabeza con estas cinco palabras. “La idea de la servilleta” es esa idea que puede ocurrírsenos en cualquier momento y en el lugar más insospechado. Por eso, para poder apuntarla y que no se nos olvide, deberemos recurrir a la cosa que tengamos más a mano. Una servilleta en un café, por ejemplo. El ticket que testimonie una compra que hayamos hecho. Esa idea puede ser en muchos casos una mera ilusión que acabe deviniendo en “ocurrencia”, pues seguramente nos haya pasado en más de una ocasión que algo que considerábamos “brillante” la noche anterior al día siguiente lo veamos como “no tan brillante”, por decirlo de una forma elegante.
Esa “idea de la servilleta” puede convertirse, como cuenta Woody Allen, en la idea del papelito. Y es que, según cuenta el neoyorquino, durante sus paseos matinales diarios va recabando ideas que se le van ocurriendo en pequeños papelitos. Luego, los introduce todos en un saco y, a la hora de escribir un guión y llegar a un punto en el que no sabe cómo seguir, prueba a sacar una de estas ideas materializadas y sopesarla como posible continuación. Si casa, bien, y si no, prueba a sacar otra. Algo parecido a lo que dijo cuando le concedieron en 2004 el Premio Donostia por su película “Melinda y Melinda”: “Espero que les guste mi película… si no, acabo de terminar otra la semana pasada, así que, en fin…”
Lo importante es tener un buen saco de ideas. Ir echando cosas en el carrito de la compra, aunque luego lleguemos a casa y para el plato que queramos cocinar no coincidan los ingredientes que hemos traído. Siempre hay que eliminar elementos. Nunca se termina de acertar a la primera idea, hay que ir depurándola.
Esa primera idea, ese gran tronco, puede ir derivando a medida que crece en diferentes ramas. En esa bifurcación iremos eligiendo entre diferentes caminos que escoger. Es un viaje que nosotros construimos, como en la vida real. En buena parte, nos dejamos guiar por la lógica de la asociación, que nos permite ir jugando de un escenario a otro, estableciendo relaciones. Hay que evitar desembocar en un callejón sin salida, por lo cual hay que elegir con pies de plomo.
En este proceso, habrá que ir identificando diferentes niveles. Como ya hemos dicho, todo comienza con una idea, pero dicha idea debe de configurar una historia. Esa historia tendrá que estar estructurada, y esa estructura poseerá a su vez diferentes tramas.
Así, podemos partir de un personaje principal o protagonista, y este personaje tendrá que desenvolverse en un ambiente en el que participen otros personajes. La relación que mantenga con ellos y las relaciones que estos mantengan entre sí derivarán también en diferentes niveles. Es decir, habrá tramas y subtramas, de mayor a menor importancia. La historia tendrá que ir creciendo, habrá que ir espolvoreándola de levadura para que se “hinche”.
El personaje principal realizará un viaje, se moverá del punto A (inicio de la historia) a un punto B (final). Esto le habrá marcado, habrá modificado su personalidad, su forma de ser, como toda experiencia que se precie. Hasta para saber que nunca tenía que haberse movido del punto A, habrá tenido que hacer antes el viaje hasta el punto B.
La Historia del Cine ha ido experimentando, en sus pocos más de cien años de vida, cambios considerables. El público ha ido perdiendo ingenuidad y se ha ido volviendo más exigente a medida que el cine se ha ido se ha ido volviendo cada vez más complejo en su forma de narrar. Por otro lado, paradójicamente, nos encontramos ante un público cada vez menos acostumbrado a trabajar, que espera de aquellos que hacen películas una fórmula mágica que les haga entender con el mínimo esfuerzo. Lo cierto es que el guionista siempre se ha tenido que esforzar el doble previamente para forjar finalmente el producto que se acaba presentando. Para poder contar una historia, hay que conocerla en profundidad. Escribir lo que se ve y lo que no se ve. El público obtendrá tan solo la punta del iceberg de todo lo que el guionista ha trabajado en total. El escritor debe de conocer a sus personajes en profundidad para hacerlos hablar. Escribir sus biografías, es decir, todas esas cosas previas que lo han configurado tal y como lo vemos en la película correspondiente.
Así pues, toda historia posee clásicamente (desde la definición de Aristóteles) tres partes bien diferenciadas: introducción, nudo y desenlace. En esos tres actos habrá dos puntos de giros estructurales que harán de transición: el primero propondrá un conflicto, y el segundo una forma de atajar dicho problema. Hablamos siempre, como ya hemos dicho, desde el punto de vista clásico, el que ha configurado todas esas grandes historias. Argumentos universales que van desde Ulises hasta Prometeo y que han sido aprovechados de una u otra manera para escribir nuevas historias hasta nuestros días.
Otra de las decisiones importantes será la de qué contar y qué no contar. El espectador no debe de conocer todo lo que sucede en la película, por ello hemos de evitar el saturar a la historia con excesiva información. De esta forma, el público deberá ir completando los huecos con su punto de vista. Que trabaje, que intuya.
Tan malo es el exceso como el déficit. Hay que encontrar la dosificación. Para eso, como ya hemos dicho anteriormente, hemos de conocer la historia perfectamente.
Las cosas que contamos en la historia suceden porque han de suceder. Pero no han de pasar como pensamos, si no de forma que sorprendan al público y sean lógicas. “Sabemos qué va a pasar pero no cómo”. El problema es que algo que pudiera ser normal acabe resultando inverosímil. Por ello hay que tener convicción, creer en lo que se cuenta.          
Las formas de narrar pueden ser múltiples. He aquí algunos ejemplos:
Podemos dislocar la historia, fragmentarla, hacerla mirar tanto al pasado como al presente. Esta forma de contar la historia es bastante contemporánea.   
Podemos apostar por la naturalidad y empezar por el principio para terminar por el final. O, si lo preferimos, invertir el criterio y comenzar por el final para concluir por el principio. En este sentido, hay que tener cuidado. Si lo hacemos por cuestiones dramáticas, será correcto. Si lo hacemos por una simple cuestión formal, podemos dañar el contenido.
Un guión es un sistema lógico que ha de ser verosímil. Un sistema lógico debe alimentarse de sí mismo y crear las propias leyes del guión.
Una historia está concebida no para quien la escribe sino para un público. A ese público debe de resultarle asequible, por tanto, dicha historia.  Cerrando el círculo, citaré nuevamente a Billy Wilder, de quien he partido para iniciar este capítulo:
“Hago películas sólo para entretener a la gente y las hago tan honradamente como puedo”. Sigamos el ejemplo del maestro Wilder.

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