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BUSCANDO UNA MIRADA AL PASADO

>> martes, 13 de noviembre de 2012



El otro día regresé a la Facultad. Después de seis años de aprendizaje invertidos en aquel lugar, podría decirse que sus paredes eran materialización de una etapa de mi vida. Una bisagra que se había ido accionando muy lentamente durante todo ese tiempo, representando un viaje iniciado en el 2006 y concluido en el 2012. Como en todo viaje literariamente hablando, el viajero experimentó un cambio y dejó de ser quien era en el punto A del que partió para convertirse en lo que es ahora en el punto B en el que se encuentra. Hay quienes me encuentra por allí, viejos conocidos, y me preguntan que qué hago todavía pisando ese suelo. “¡Vete de aquí!” Desde luego, la nostalgia no les cabe dentro de sí y prefieren olvidar, considerar meramente este lugar como un lugar de paso y nada más. Imaginé que un muchacho se me acercaba y comenzaba a hablar conmigo. De él admiré el idealismo de su juventud y detesté sus planteamientos vitales tan básicos y elementales. Tenía seis años menos que yo y se llamaba exactamente como pone en mi documento de identidad. Ése que me hablaba a mí era yo. ¡Lo que había cambiado en seis años!
Siempre sucede cuando echamos un vistazo atrás a la herencia que vamos dejando. Cada vez que me reencuentro con uno de mis antiguos “trabajos”, sufro accesos de pesimismos cada vez más fuertes que me obligan a tomar una determinación con lo que he encontrado. O lo destruyo, o lo mejoro. La segunda opción es cada vez menos viable para mí, pues debe respetarse la persona que fuimos en cada momento de nuestra vida y no tratar de “arreglarla” según unos criterios actuales de los que podemos renegar en un futuro. Siempre ese “trabajo” acaba convirtiéndose en un trabajo de “nadie”, pues no es ni de la persona pasada ni de la persona actual. No tiene entidad propia, sino que pertenece a dos épocas, se encuentra pisando dos terrenos diferentes, con la inestabilidad de quien se sube a un catamarán y se queda de pie mientras surca un río.
Otra opción es ni destruir ni modificar sino mantener lo que fue, aceptarlo como parte de nuestra biografía, como pieza necesaria para la construcción de nuestra personalidad.
De nosotros depende que aquello continúe manteniéndose en la sombra, sin que nadie salvo nosotros conozca de su existencia.
¿Qué ocurre si la gente acaba teniendo en cuenta nuestros trabajos y desea conocerlo todo de nosotros? Esto ha sucedido y continuará sucediendo, pues en el momento en el que se mitifica a un individuo siempre se conocerá cada una de sus cosas desde el punto de vista de su personalidad general y no habrá lugar a un juicio crítico. “Todo lo que ha escrito este señor debe de ser relevante porque este señor es relevante”. No tiene por qué. Y aquí ya no se puede destruir. “Ese trabajo” ya ha salido a la luz y pertenece a lo público. La opinión privada no cuenta. Porque es muy probable que alguien “publique” algo que considera digno de tal acción y luego, tiempo después, se arrepienta pero ya sea demasiado tarde. La evolución de la persona continúa funcionando aún después de convertirse en celebridad pública.
Así a bote pronto, recuerdo una serie de puntos que definían mi rebeldía de escritor autodidacta pasada: no deseaba que mis escritos se atuviesen a los demás escritos institucionalizados. Deseaba que fuesen tan radicalmente diferentes, que se escaparan a toda malla, a toda regla literaria. Escribir para los demás pero haciéndoles sentir incómodos al sacarles de las lecturas a las que estaban habituados. A la vez, deseaba proponerles nuevos caminos que seguir, ajenos a los ya existentes. Sucedió que pronto fui consciente de que no podía nutrirme de mí mismo y debía trabajar más seriamente, olvidando toda fantasía. Lo que escribía parecían más bien cuentos, mundos solo existentes dentro de mí, a veces incomprensibles para los demás. Mi lenguaje también tenía gran culpa de ello. Al ir depurando todos estos “defectos” fui volviéndome un escritor normal. Paradójicamente, sentí que mis trabajos cobraban mayor entidad, que se encontraban más llenos de sustancia y se hacían más asequibles, más cercanos al supuesto lector. Me había vuelto un escritor verosímil, aunque siempre luchaba por no resultar aburrido. No obstante, había perdido ese algo que te dan las rabiosas fuerzas de juventud. Había perdido mi propia batalla en mi propio favor. Triste de asumir y, por ende, de digerir.
Ahora soy como un escritor corriente pero con mi propio estilo. Lo mismo puedo hacerme eco de una noticia para contarla en el mismo estilo con el que lo haría un reportero acostumbrado al oficio rutinario que podría escribir una tesis sobre un escritor, cineasta, pintor, filósofo (o lo que ustedes quieran) ciñéndome a los detestables pies de página y al lenguaje correcto y pulcro, por mucha poética que pueda echársele. Ahora escribo una poesía que sé lo que quiero decir y que mido milimétricamente, aún dándomelas de rompedor (como esos primeros poetas que presumían de hacer prosa con el verso).
Ahora soy consciente de que la utopía del escritor rebelde a los propios cánones literarios es eso, una utopía.
Temo que esa parte de mi pasado que un día fue bella ya no lo sea ni pueda serlo en un futuro mediante posibles revisiones o “restauraciones”. La mirada ya no está limpia, y no puede “atacarse” algo que un día presumió haberse realizado mediante esa mirada. No existe esa igualdad de condiciones. Un pasado, por otra parte, que se supone que ha sido elaborado incorrectamente, un pasado construido según bases no aceptadas por una sociedad acostumbrada a las reglas e incapaz de sobrevivir fuera de ellas.
¡Pero si ni yo mismo acepto mi propio pasado! Yo soy el primero que lo considero incorrecto. No puedo engañarme. El “yo de ahora” pertenece a otro momento diferente al pasado. Tratar de reunir a mis dos “yos” resulta impensable, inconcebible.
Esa es la paradoja.

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