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CLAUDINITA Y COLETTE EN EL DESVÁN

>> lunes, 12 de noviembre de 2012


Cuando Jorge salió al rellano de su escalera para dirigirse a las clases de la tarde, un hombre anciano que venía del piso de arriba y que parecía nervioso le retuvo.
-         ¡Chico, chico! ¿Has visto bajar por casualidad a una anciana y a una chica más joven vestidas de luto?
El chico negó con la cabeza y miró su reloj de pulsera. Al parecer, le sobraban veinte minutos para invertirlos en los que deseara.
-         ¿Puedo preguntarle qué ha sucedido, señor?
El hombre, agradado por la educación del mozo, dijo tras pensar un momento:
-         Es un secreto un poco largo de contar… ¿Tienes tiempo?
Jorge asintió. “Quince minutos y me voy a clase”. El hombre le invitó a subir las escaleras. Al parecer, el hombre (al que Jorge nunca había visto) vivía en la parte de arriba de la casa. En el desván.
-         Pasa, muchacho, pasa…- dijo el hombre tras abrir la puerta de la vivienda.
Una vez dentro, esperó a que el hombre pasara y cerrara la puerta con doble vuelta de llave. Después de esto, el hombre le hizo una seña para que tomara asiento en una de las butacas que había al fondo, junto a la ventana.
El desván había sido acondicionado con todas las necesidades propias de una casa: tenía su parte de cocina y de baño correspondientes, mas una zona para dormir.
Una vez se sentaron los dos, el hombre dijo:
-         ¿Has leído “Luces de bohemia”?
Jorge trató de hacer memoria. ¡Sí, en el colegio, el curso pasado! Fue uno de los libros que la profesora de literatura pidió que leyesen.
-         ¿Y qué pensarías si yo te dijese que esos personajes existen?
Aquello parecía un tanto descabellado. El muchacho no supo qué respuesta encontrar a esa pregunta, salvo esta: “que usted ha perdido la cabeza y anda buscándola”. No podía decir esto, por lo tanto calló.
-         ¿Recuerdas que la obra termina la muerte de Max Estrella y el consiguiente velatorio? ¡Pues bien, yo me encargué de que su hija y su viuda no pasaran penurias! ¡Yo me ofrecía a alojarlas en mi humilde morada, en este desván que tienes ante ti!
La cosa se tornaba cada vez más rocambolesca. ¡Ni el mismísimo Sam Spade hubiese sabido qué hacer ante dicha historia… ¡Y eso que aquella otra del Halcón Maltés se las traía! Jorge, sin gana ninguna de meterse a detective privado, hizo lo que mejor sabía: dejar al otro que hablase y aprender de él. De momento, no parecía necesario intervenir.
-         ¡Yo he vivido mil cosas con ellas! La última, esa ocurrencia de Claudinita por hacerse novia de un muchacho que todos los días desde el jardín de abajo le arrojaba una carta de amor por la ventana. Ella, para corresponderle, se la devolvía tirándosela con una rosa. Al poco tiempo, el jardín se había llenado de porquería, invadido de cartas y rosas por todos lados. ¡Cuánto ensucia el amor, hijo mío! Y yo, para que los vecinos no armasen un escándalo, tenía que recoger aquel estropicio cada noche… ¡porque es que se tiraban rosas y cartas varias veces durante el día! Con Claudinita tuve que hablar en más de una ocasión reprobándole su actitud. “¡Se puede estar enamorada y ser limpia!” la decía casi con actitud paternalista. ¡Menuda pieza debió de ser el tal Estrella! ¡Vaya mujer e hija tenía! La señora Collete, en cambio, tenía otro tipo de rarezas. ¡Le encantaba cantar en la ducha! Era capaz de traer a Tchaikovsky a este tugurio, inundarlo con sus melodías día y noche. ¿Qué diría él si supiese que una mujer le ha traído hasta aquí evocándolo con sus canciones? ¿Qué pinta Tchaikovsky en un el barrio de Chamberí de Madrid? ¿Cómo serían los chotis que hubiese compuesto Tchaikovsky? No lo sabemos, pero tampoco los quiero imaginar…
Jorge miró a su reloj. Quedaban todavía quince minutos.
-         ¡Nunca han salido de aquí! ¡Yo las he protegido! ¡Son un bien de interés cultural! ¿Lo entiendes? Supone una gran responsabilidad como buen amante de las letras que soy… Guardo con celo cada uno de sus sacrosantos lugares. ¡Y éste como el que más!
Jorge entones decidió hablar. Una idea se le había asomado dentro el colodrillo, entre sus dos orejas.
-         ¿Nunca han salido de aquí, dice usted?
¡Valiente pregunta! Repetir algo que ya había oído. Hay gente que actúa así, que parece que se involucra pero que en realidad resultan copias de papagayos baratos.
-         Eso he dicho exactamente. Nunca. Aquí lo tenían todo… Además, nadie comprendería la actitud de dos personajes que deciden salir de un libro para convertirse en transeúntes normales y corrientes… ¡No tendría sentido!
Jorge, que había estado más pendiente de construir una pregunta original que de atender al hombre, se quedó de repente desarmado ante el silencio de aquel tipo. ¿Qué decir ahora, si no había escuchado lo último que había dicho aquel loco?
-         Eeeh… Bueno… Pues entonces… sí ¿no?
El hombre puso cara de extrañeza ante tal respuesta. Al parecer, Jorge había conseguido lo que se había propuesto sin desearlo: decir algo original.
-         ¡Por lo que se ve, no se está tomando usted en serio este asunto, jovencito!
-         ¿Y qué puedo hacer? ¡Yo solo soy un alumno de secundaria!
-         No lo sé… Yo solo soy un hombre que acaba de jubilarse y tiene demasiado tiempo libre para estar solo, sin Collete ni Claudinita…
-         Bueno… si se queda más tranquilo, estaré pendiente por si veo a estas dos mujeres por ahí…
El hombre parecía sinceramente agradecido. Le dio la mano y dejó que se marchara.
-         ¡Gracias! ¡Gracias!    
Cuando Jorge iba a enfilar la puerta, miró a su derecha y vio una librería plagada de libros de Valle-Inclán. Y ¡qué casualidad! Faltaba uno, había un hueco evidente en uno de los estantes.
-         ¿Qué libro falta aquí? -Le preguntó a distancia al hombre...
Éste, se asomó hasta donde estaba el chico y observó la librería.
-         Le dejé a un amigo que se llevase el libro que quisiera de ahí. Y se llevó ese…
Jorge tuvo la sensación de encontrarse ante la solución del enigma. Dijo entonces:
-         Usted sabe entonces el libro que falta ¿no es así?
El hombre quedó mudo.
-         usted lo sabe perfectamente… Pero teme decirlo para romper su historia maravillosa… ¡Madama Collete y Claudinita se han marchado ahí dentro, entre esas páginas!
El hombre, con una seriedad que asustaba, dijo entonces:
-         Vas a llegar tarde a clase.
El muchacho sintió piedad por aquel pobre hombre y, trató, antes de marcharse, reconfortarle de algún modo:
-         Sí se han ido de este modo, no dude que volverán…
El hombre parecía haber asumido una situación de marcha sin retorno:
-         No… Tú no conoces a mi amigo… Las va a tratar mal… Seguro que las pierde por algún rincón y no las vuelvo a ver…
Al día siguiente, el hombre encontró dentro de su buzón un paquete. Lo subió a su casa y lo abrió. Venía de parte del muchacho del día anterior. En su interior encontró un ejemplar nuevo de la novela y, escrito en la primera página a bolígrafo: “Al fin las encontré. Tuve que preguntar en más de un sitio, pero por fin dí con ellas. Al parecer, cada vez las conoce menos gente… y, cada vez, menos gente conoce su historia. Con mis mejores deseos. Jorge”
  

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