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“CRIMEN DE DOBLE FILO” DE JOSÉ LUIS BORAU

>> domingo, 18 de noviembre de 2012


“El cine es un sueño. Un sueño ajeno en el que te dejan participar si eres espectador, o un sueño propio, inventado, que ti describes para quienes sean los espectadores de él.”

Estas palabras nacen de la mente de un “raro maravilloso” (como así lo definió Luis Alegre en una entrevista- a pesar de que el entrevistado rechazase tal definición) llamado José Luis Borau. Entiéndase esta definición por cuanto representa este hombre no solo en la historia del cine español sino en la cultura española en general, por lo mucho que en ella ha contribuido. Una contribución bien heterogénea: No solo ha sido director, sino que ha interpretado pequeños papeles, ha ejercido como productor (en sus propias palabras: “porque estaba aburrido de decir de qué trataban mis guiones, de por qué creía en mis historias”), ha cogido la pluma en más de una ocasión y ha transmitido su sabiduría mediante la docencia. Todo esto le ha granjeado importantes reconocimientos y le ha permitido sentarse en asientos que van de la Real Academia a la Sociedad General de Autores. Puede decirse de él que gran parte de su trabajo no ha sido tan visible para el público, pues ha preferido casi siempre dar rienda a sus pasiones "en la sombra", con todo lo positivo que tiene esta expresión.        
A José Luis Borau no debe valorársele tanto en cantidad (posee una sucinta filmografía) como en calidad. Cada uno de sus proyectos nos habla de una madurez, de un rigor y una seriedad en el afrontamiento de una idea. Su cine ha sido siempre un cine adulto frente a una industria española que siempre pecó de cierta ingenuidad respecto de otras en el resto del mundo. Como otros de su generación, el cine de Borau se perfilaba como promesa de renovación, aunque siempre se le achacó que apostase por el cine de género (ha hecho desde westerns como “Brandy” hasta comedias como “Tata mía”). Junto a otros nombres tan conocidos como los de Patino, Camus, Saura o Summers, Borau ingresó en la recién creada Escuela de Cinematografía en los años sesenta.   

“Yo en la escuela aprendí que hay que aprender a hacer una película para hacer una película.”

Partiendo de los escasos medios con los que contaba esta nueva generación de directores, Borau trató de realizar trabajos de calidad siendo consciente de las numerosas limitaciones que tenía como sus compañeros. 

“Rodar es fracasar porque es concretar en términos reales (económicos, físicos, de tiempo…) un sueño, unas elucubraciones que tú te has hecho sobre el papel o en la cabeza cuando no estabas coartado ni limitado por nada.”

En 1965 realizó un largometraje titulado “Crimen de doble filo”. Se arriesgó con el thriller, y consiguió dignificar dicho género en aquella España “carpetovetónica” (como él dice) a pesar del escaso éxito que cosechó en las taquilla.
Siempre se le criticó como director por hacer películas “que no parecían españolas”. “Furtivos” es una respuesta por parte de Borau frente a dichos comentarios.
Con un argumento de Juan Miguel Lamet (otro de los grandes- y grandes desconocidos además- del cine español), “Crimen de doble filo” es una cinta bien interesante con unos personajes que hablan poco, pero lo suficiente. Cargada de grandes momentos de silencio, esta apuesta estética no solo logra incrementar la atmósfera de inquietud sino que además nos enlaza con lo que otros grandes directores como Antonioni estaban haciendo por esa época. Un cine en el que nadie conoce a nadie, donde todos son desconocidos para los demás y donde resulta casi imposible la comunicación. Un mundo hostil que ya supo descubrir el cine negro, con temas tan atractivos como la corrupción. Un asunto justificado en unos individuos a los que el mundo les ha hecho así, les ha forjado de tal manera para conseguir su supervivencia.
No obstante, el argumento no incide tanto en la psicología de los personajes que habitan la historia como en la psicología del espectador, que debe mantenerse constantemente atento ante esta extraña niebla que cubre la película.
Si puede ponérsele alguna pega a la película, esa podría ser la referente a los momentos musicales. Aunque apenas tenga importancia, suponiendo un diez por ciento del total, el protagonista es músico y toca en una orquesta. Los momentos de los ensayos resultan bastante artificiales. Se parte de un play-back, como era normal en casi todas las cosas que se hacían en este sentido, pero los actores que hacen de músicos no son creíbles. No creo que esto resulte evidente solo para los espectadores que son músicos. Creo que esto se podía haber hecho mejor y no se afrontó debidamente (seguramente por no darle suficiente importancia, ya que esta arista no es tan imprescindible dentro de todas aquellas que conforman el film). Carlos Estrada de violonchelista resulta pésimo (¿no le dijo alguien que había que mover un poco más los dedos sobre el mástil del violoncello?), pero es que además parece que cada uno de sus compañeros de orquesta está tocando una obra distinta. No creo que hubiese sido tan difícil cambiar de profesión al personaje de la historia. Insisto, es un detalle insignificante (todo es mejorable).
Hay una serie de elementos en la película  que parecen encontrarse fuera de esta, como representando mera decoración, pero que en realidad poseen un fuerte peso. Por ejemplo, los que atañen a cierta mirada “política”: Conversaciones de trabajadores acerca de sindicatos, una copia del Guernica de Picasso en la habitación del personaje del alemán… Pequeños detalles que, mirándose bien, no pasan desapercibidos.
Hay otros más generales que no atañen solo a este aspecto crítico y que podríamos enumerar: que el protagonista sea un compositor, que su mujer acuda a un recital en el Ateneo de canto y piano con música de Schubert… todo esto subraya además el perfil intelectual que Borau quería mostrar al público. La música de Luis de Pablo, otro de los artistas emergentes que apostaron por la renovación del arte español (banda sonora cuya melodía repite el personaje principal al principio, cuando se encuentra componiendo ante el piano). Podríamos incluso incluir los homenajes a su admirada Imperio Argentina, mediante los carteles de sus películas de la etapa republicana sirviendo como elementos estéticos en la tienda del afinador: Tanto “Morena clara” como “Nobleza baturra” (los ojos de la actriz aparecen medio escondidos tras una puerta, hipnóticos y plásticos gracias al pincel de Renau). Todo este “atrezzo” construye de forma aparentemente superficial pero a su vez ambienta y va personalizando la historia.



Aunque resulte de Perogrullo, para poder contar una historia hay que conocer ese ambiente a tratar. Pretender abordar un género de este tipo sabiendo moderar la ambición, con una historia que se adecue a los medios de los que se dispone sin traicionarla.
Quienes nos sentimos atraídos por el lenguaje cinematográfico y nos atrevemos a hacer alguna que otra incursión tras la cámara (es decir, participando de un sueño propio y ajeno), creo que películas como la que aquí se presentan puede sernos útiles, aprender de ellas. Seguramente hacer ahora “Crimen de doble filo” sería posible desde nuestra humilde posición de profanos, estaría a nuestro alcance mucho más fácilmente que en la época en la que se hizo, no solo económicamente hablando. Los medios para hacer cine se han democratizado mucho más que antes pero, claro está, no basta con poseer las herramientas físicas: hay que conocer bien el lenguaje cinematográfico, es decir, trabajar desde el intelecto. No todo el mundo puede crear imágenes tan fácilmente. Se precisa de una intuición, de una cierta sabiduría a la hora de aplicar las “instrucciones de empleo” (instrucciones, por otra parte, siempre abiertas a sugerencias, en constante renovación).     
Por todo ello, sopesando todos los elementos aquí presentados y extrayendo una media general, a mi juicio “Crimen de doble filo” debe de figurar dentro de la lista de mejores películas españolas de todos los tiempos. Se respira en ella un trabajo loable, una labor artesanal propia de un creador en ciernes que posee una gran cultura visual y sabe cómo adaptarla en su propio contexto. Borau hace de la necesidad virtud, agudiza el ingenio ante la pobreza logística. Y, ya que la cosa va de dichos, ya se sabe que no es mejor creador quien más medios tiene a su alcance sino quien menos cosas necesita para llevar a cabo su empresa.  
   

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