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EL ARTISTA HONRADO

>> martes, 27 de noviembre de 2012


A diferencia del resto de sus compañeros de caballete, él pintaba siempre sobre metacrilato. Necesitaba una superficie sólida y a la vez transparente. Cuando se ponía manos a la obra, se encerraba en una habitación sin permitir que nadie más ocupase el lugar en el que estaba trabajando. Trabajaba para cubrir una necesidad que le emanaba de su interior. Todos los días se le ocurrían motivos nuevos que plasmar, y no podía permitirse la inactividad física salvo para dormir o pensar nuevas ideas (las cuales a veces le dificultaban conciliar el sueño). Una noche en pleno invierno se levantó, se puso el abrigo y bajó una serie de cuadros recién terminados a la calle. Los dejó allí abajo, apoyados en un árbol, y esperó a la mañana siguiente. Ningún ladrón nocturno (de esos que roban aprovechando la oscuridad y las calles vacías) se los había llevado. Esto le dolió en el alma. Sus cuadros, por lo visto, no merecían las miradas ni de un ladrón. Aparentemente no tenían valor. Entonces, se propuso de ahí en adelante hacerse conocido y volver a dejar sus obras en la calle, cuando su estilo fuese ya reconocido. ¿Qué sucedería entonces? En aquella época, durante su juventud, él ya creía en su trabajo. Sabía que lo que quería contar tenía que ser escuchado, aunque lamentaba que algunos estuviesen ciegos y necesitaran que alguien le dijera “esos cuadros son de alguien reconocido, róbalos”. No soportaba que sus obras viviesen en el anonimato. Uno de sus amigos de toda la vida, que quería dedicarse a escribir novelas para el cine, le comprendía: “Nosotros, los guionistas, pasamos también bastante desapercibidos. Un día, alguien me nombró a un tipo al que yo tenía que conocer. Su nombre no me sonaba en absoluto. Luego, cuando me hablaron de las películas que había firmado, sentí vergüenza. Todos esos filmes los admiraba, y no sabía que ese nombre que no me sonaba había sido el autor de sus historias. ¿Cómo me puedo quejar de que no se nos tenga en cuenta cuando yo soy el primero que no reconoce a las personas de este oficio?” Era cierto. Hay veces que la obra destaca por encima de su autor. Pero eso a este artista no le sucedía. Lo que pasaba con él era algo mucho más terrible: no es que su nombre no se valoraba, sino que ni siquiera su propia obra se tenía en cuenta. Nadie era capaz de apreciar la calidad de su trabajo, y él sabía que lo valía. Algo en su interior se lo auguraba.
¿Por qué pintar en metacrilato? Precisamente por aquello de pintar también a solas. No le gustaba que nadie le mirase mientras trabajaba. Sentía invadida su intimidad. Por otro lado, no quería engañar al público y esconder todo el proceso por el que había pasado cada uno de sus cuadros. No quería engañarle, escondiéndole todas las trampas que se escondían bajo capas y capas de pintura. Por ello, decidió pintar en un soporte como aquel. Dando la vuelta a la obra, mostrando su dorso, podían apreciarse todas las capas que habían sido pintadas y que permanecían escondidas debajo. Alí estaban todos los arrepentimientos del artista, como aquellas patas de caballo borradas que volvían a surgir siglos después en los retratos ecuestres de Velázquez. Exactamente igual. Un artista honrado, por fuerza, debía de ser tenido en cuenta. Y más cuando su sinceridad se encontraba expuesta tan visiblemente.    
Treinta años después, el artista honrado escribía estas líneas en su diario:
“Ya convertido en un artista reconocido, la noche pasada decidí cumplir aquello que me había propuesto treinta años atrás: sacar de nuevo mis obras a la calle durante la noche para comprobar al día siguiente lo que había sido de ellas. Pues bien: ha vuelto a suceder exactamente lo mismo. Los metacrilatos continúan abandonados a su suerte, fracasando en su intento de ser descubiertos y valorados por algún ser sensible. Sorprendentemente, el ser humano continúa dando muestras de su asombrosa necedad, aún con segundas oportunidades…” 
 

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