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JARDÍN SIN FLORES

>> domingo, 4 de noviembre de 2012


Una extraña luz penetraba en la oscura capilla. Los pasos de la muchacha resultaban inseguros sobre aquel suelo de madera crujiente. Caminaba sobre tumbas de religiosos, y sobre algunas tablas todavía se podían leer los nombres de aquellos que reposaban debajo. El tiempo parecía haber sido magnánimo en el interior de aquella iglesia o cripta. Era domingo y en el pueblo cada vez quedaban menos devotos… bueno, menos devotos y menos gente en general. Apenas algunas plazas en los bancos habían sido ocupadas por ancianas devotas que eran incapaces de levantar la cabeza, tan abstraídas se encontraban en sus oraciones. Solo un hombre había entre el coro de fieles. Ella se acercó hasta donde él se encontraba y le puso un brazo sobre su hombro. Él giró su cabeza poblada de barba y cabellos y la miró. “¡Hija mía!” dijo en soto voce. “¿Podemos salir de aquí, por favor? Me ahogo…” le dijo ella. El padre accedió asintiendo y agarró a su hija del brazo para cruzar el pasillo hasta la puerta. Pronto se percató de lo incómodo que le resultaba a su acompañante pisar aquel suelo. A la salida, se sentaron en uno de los bancos de piedra que quedaban enfrentados al cementerio y, entonces, ella se confesó:
“No soporto caminar entre muertos”
El padre esbozó una sonrisa y le dijo algo digno de un personaje barojiano: “¿Te asustan los muertos? ¡Esos ya no pueden hacer nada! Los vivos, esos sí que son peligrosos…” La hija apenas había atendido a aquellas palabras de consuelo. En su cabeza habían aflorado unas terribles imágenes de ella hundiéndose bajo aquel suelo de madera que, por fín, había cedido al paso de los años. Al extinguirse el polvo que todo lo cubría tras el accidente, se había visto cubierta por momias embutidas en trajes religiosos raídos.
Sobre la valla del cementerio, un cartel rezaba temible:
“Templo soy de desengaño y escuela de la verdad. Donde todo a la vez en grito implora: ¡¡Piedad, piedad!!”
Debajo de estas letras, un “R.I.P.” acompañado del dibujo de una calavera sobre dos tibias cruzadas.
“Te agradezco la visita… Hacía tiempo que no venías a verme. Ya sabes que aquí en el pueblo apenas hay distracciones. Yo soy hombre de acción y siempre encuentro cosas con las que mantenerme entretenido, pero a veces uno no puede evitar acordarse de las personas a las que se quiere… e, hija mía, tú eres la única persona que me queda en este mundo de vivos tan temible…”
La hija sonrió tímida, como manifestando un agradecimiento codificado por gestos a su padre. El padre, continuó:
“Quizá sea una pregunta incómoda, pero debo hacértela… ¿Has venido por algo en concreto?... No dudo que en tu gesto haya habido una intención de visitar a tu padre… pero, no sé… te he notado en este poco tiempo que estamos juntos, algo extraño en tu forma de ser… Tú no eres así por regla general… ¡Y yo te conozco como si te hubiera engendrado!”
Los dos rieron abiertamente. Después, ella transicionó su sonrisa hacia un gesto serio al mirar a través de la valla del cementerio.
“¿Ves el camposanto, padre?... Puede ser una bonita metáfora para definir lo que me ocurre, porque, como tú bien dices, algo me pasa. Siempre has sido un buen psicólogo…”
El padre trató de adivinar lo que su hija quería decirle mirando allá donde le había indicado. Al no poder desentrañar aquel mensaje, ella le ayudó:
“¡No hay flores! ¡Es un jardín sin flores, padre!... Así me siento yo…”
Una lágrima brotó de uno de sus ojos. El padre no acertó a verla, ni siquiera a adivinarla. Siempre había tratado de hacerla ver las cosas fuera de toda sentimentalidad, pero había veces en que la naturaleza era más poderosa y conseguía doblegar la voluntad. No obstante, el padre no quería ver ningún signo de derrota ni abatimiento en su hija y trató de desviar la atención con otro de sus comentarios:
“¡No sé de qué puedes quejarte, sinceramente! Si quieres que hablemos de flores, te diré una cosa: Estás en la flor de la vida, hija mía. Eres bella y posees una personalidad arrolladora. Eres inteligente, en todo encuentras un razonamiento lógico, quieres y te haces querer… ¿Dónde está el problema?”
Aquellas palabras llenas de optimismo no lograron el efecto deseado. Ella seguía en sus trece, aunque razonando:
“Quizá el problema no esté en mí sino en los demás… Quizá este mundo se haya vuelto excesivamente ilógico y ya no baste con todas esas cosas para tener fortuna…Vosotros, tu y mamá, siempre me educasteis en una lógica que, al parecer, no funciona en el mundo real. El mundo se rige por unas normas invisibles difíciles de desentrañar. No sé, temo no haber comprendido las normas de este juego…”
El padre mostró un enfado fruto de cierta impotencia. El no poder ayudar a su hija con su experiencia le hizo ser todavía más combativo, luchar con más ganas en su empeño por lograr calmarla:
“Tú lo estás haciendo bien… Quizá todavía no haya llegado el momento de tu felicidad… porque hay muchos tipos de felicidad y la que te falta quizá sea la más enrevesada de todas…”
Y ella lo miró con los ojos ya enrojecidos por el dolor de su otra impotencia, la de no comprender lo que le rodeaba. Dijo:
“No, padre… Siempre creía que tarde o temprano ese futuro del que me hablabais iba a llegar. Ese futuro que ya os llegó a ti y a mamá y que os unió durante tanto tiempo… Yo siempre he creído en el amor perdurable, en la unión de dos personas que nunca se iban a cansar de estar juntas… Tanto era su amor, su fidelidad, su cariño, su devoción… Pensaba que esto le llegaría a todo aquel que lo deseara, que era algo tan inevitable como las canas o las arrugas… Pero no. Si la vida de cada uno puede convertirse en obra de teatro, el público de la mía aplaudió antes de que acabara, impaciente o cansado de esperar al final. Aplaudió para que los actores se vieran obligados a concluir la obra, ahogadas sus voces por el estruendoso ruido de los aplausos. Así me siento yo, padre… Como una obra de teatro sin el final esperado…”
Del rostro del padre brotaron unas lágrimas inesperadas. Lágrimas de un pozo amargo que había estado tratando de contener durante muchos años.
“Hija mía. Saldrás de esto. Ahora estás como obcecada, obsesionada con esa idea. Pero tienes que desbloquearte y ver la luz, que es mucha en ti. Yo confío en ello.”
La cogió la mano entre las dos suyas. Sus miradas se encontraron al fin mientras la gente comenzaba a salir de la iglesia. Dos ancianas se quedaron mirando al padre y a la hija y se dijeron entre sí:
-         Es la hija de Perico… Hacía tiempo que no venía por aquí… Siempre fue una niña muy descastada…
-         La ciudad, que todo lo corrompe… Aquí, al menos, las cosas se retienen más fácilmente… ¡Las cosas que nunca deben de abandonarse! Las buenas costumbres, los valores…        

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