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MAÑANA DE FIESTA

>> lunes, 26 de noviembre de 2012


Sonaron dos golpes secos en la puerta. Con los carrillos teñidos por círculos rojos, al boca igualmente repasada con el mismo pincel untado del mismo color, las pestañas doblando su peso negro, el pelo convertido en paja amarilla, una camisa y unos pantalones con no menos pintas variopintas, y una sonrisa de víctima, Amadeo fue a abrir, ya listo para su juicio.
Quienes esperaban al otro lado habían escogido una indumentaria más sencilla pero no por ello menos atractiva: así, a bote pronto, resultaban dos moles marrones, dos individuos convertidos en dos inmensas patatas. Una tela de saco marrón disfrazaba cada uno de los miembros abultándolos hasta la comicidad. Ni sus rostros se escaparon de ser cubiertos por esta invasiva armadura, y esto hacía que lo cómico resultase inquietante.
-         ¿Estás preparado?- le dijo uno.
-         ¡Menuda facha!- le dijo el otro.
La víctima contestó al primero que “sí” y al segundo “mírate al espejo, si es que puedes”.
Salieron del caserío de la siguiente manera: las dos patatas a los lados de la víctima, como custodiándole. La actitud de los tres era solemne. Todo el pueblo iba a seguirles en su camino hasta la plaza mayor. Ellos eran parte del atractivo de aquel peculiar día. De las casas colindantes fueron saliendo nuevos individuos vestidos también acordemente con el festejo que se celebraba. Todos llevaban el rostro escondido tras telas a través de las cuales respiraban. En lugar de lanzas o bastones, los elementos que portaban y sobre los que se apoyaban para caminar eran siempre escobas. Aquella curiosa civilización que nacía y moría en un solo día se mostraba muda, pues todos conocían su cometido y no necesitaban subrayarlo con palabras. El único sonido que podía escucharse era el de las pisadas casi sincronizadas de la masa general y el de algún cencerro particular que más de uno portaba a la altura de sus caderas como parte de su indumentaria. La comitiva iba haciéndose cada vez mayor a medida que iban sumándose integrantes a cada paso. Eran como los ratones encandilados por el flautín de Hamelín, que en este caso era representado por el hombre custodiado, el único que mostraba a cara descubierta su identidad (eso sí, un tanto maquillada).
En los balcones se asomaban curiosos con cabezas cubiertas por boinas oscuras.
Por fin llegaron al casco viejo y, a continuación, a la plaza. Allí se había levantado una especie de patíbulo y un estrado. Este, se encontraba  presidido por cuatro personajes representantes de una ley igual de esperpéntica que la que podía esperarse de individuos de facha tan singular. Los hombres-patata condujeron al preso hasta dicho tribunal, haciéndole subir al patíbulo sobre el cual se había dispuesto una silla de mimbre. El silencio quedó rasgado cuando, una vez sentado, escuchó todas las acusaciones que se habían vertido por parte del pueblo contra él y que los jueces se habían encargado de recoger para transmitírselas. La plaza se había llenado hasta sus topes.
-         ¿Confirma cada uno de los cargos que pesan sobre usted?
La víctima negó con la cabeza portando en su cara una estúpida sonrisa de muñeco inanimado.
-         Queda condenado a arder en dos fuegos: uno primero, fruto de la hoguera que haremos a continuación, y uno segundo llamado “fuego eterno”, con el que irá expiando durante la eternidad todas sus faltas.
Los “verdugos”, que esperaban obedientes al lado de los jueces, comenzaron a colocar una serie de leños amontonados en el centro del patíbulo. Después, clavaron una estaca vertical en mitad de aquello e hicieron levantarse al acusado para poner su silla sobre los leños, atada a la estaca. Por último, instaron al condenado a sentarse en ella para amordazarlo con la misma cuerda tosca. Alguien arrojó una cerilla sobre el conjunto de maderas para comenzar a hacer funcionar la pira.
¿Cuándo comenzó a percatarse de que aquello comenzaba a salirse de los límites del teatro? Tal vez cuando sintió que el fuego estaba aproximándose peligrosamente a él y nadie hacia nada para impedirlo. De las caras del público se traslucía una sensación de alegría. ¿Alegría festiva o de otro tipo?
La víctima de ficción no quería convertirse en una víctima cierta, y por ello trató por todos los medios de zafarse de aquella cordelería que le mantenía preso de su propio papel dramático. Al fin, logró desclavar la estaca y la cuerda se destensó, cayendo a sus pies. El hombre horrorizado se levantó y el jurado se levantó violentamente, dejando notar su furia. Se estaba desobedeciendo a la ley, y esto era peligroso si servía como ejemplo a futuros casos criminales.
-         ¡Vuelva a su sitio!
El hombre no entendía nada. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Acaso no eran conscientes de que podía haber muerto de verdad? Ante aquella impotencia que le invadía, no supo hacer otra cosa que marcharse de allí. Salir corriendo.
Atravesó calles, callejas, bulevares y pequeñas plazas, subió y bajó escaleras. Por fin llegó al campo. Por supuesto, los que allí había congregados como público popular de aquel juicio, no se quedaron de brazos cruzados. Salieron detrás del fugitivo con el fin de alcanzarlo y devolverlo al lugar del que había huido. Curiosamente, ya en medio de la Naturaleza, el perseguido dejó de sentir a la gente pisándole los talones. El pueblo se había detenido a las afueras del pueblo, mirándole correr. Uno de ellos alzó algo que no era una escoba, sino una escopeta. Apuntó hacia su objetivo y disparó. El hombre cayó abatido, esta vez sí convertido en un muñeco de paja inanimado.
Se había hecho justicia de la forma más discreta. Aquel hombre, odiado por todos sus vecinos, había recibido un castigo decidido en asamblea y bajo apariencia teatral. Nadie más que ellos sabría lo que había ocurrido y todos debían callar por la cuenta que les traía. Y, lo mejor de todo, es que la víctima se había prestado a ser ejecutado, creyéndose actor, cuando en la vida real  había hecho de su propio personaje. Sin saberlo, él mismo había cavado su propia fosa. Una fosa que el creyó ficticia.

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