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PENETRANTE SONORIDAD

>> martes, 27 de noviembre de 2012


Cada tarde, Nagg esperaba casi con ansiedad la llegada de Nell. Permanecía sentado en la mecedora del salón de su pequeño piso, impulsándose hacia atrás y dejando que el mecanismo del artefacto le devolviese a su posición inicial. Así pasaba la espera, desde que salía su hijo Hamm para dirigirse al trabajo y hasta que llegaba ella. Ella entraba empujando la puerta que había quedado entreabierta, la cerraba tras de sí, llegaba hasta la habitación en la que se encontraba Nagg, saludaba con su maravillosa voz, se sentaba, dejaba su abrigo colgando en el respaldo, sacaba un libro del bolso y comenzaba a leer. Algunos días, las historias eran romances medievales que sugerían historias de caballeros y damas en castillos; otros, la temática versaba sobre ríos que corrían por aldeas en tardes de verano. Pero hubo un día en el que la historia superó cualquier expectativa de Nagg: ese día, el cuento narraba las vicisitudes de un niño cuya biografía resultaba exacta a la de la niñez de él. Nagg recordó pasajes de su historia casi borrados. Pudo reconstruir las imágenes deshilachadas gracias al buen criterio que Nell había tenido al elegir aquel relato. Tras sus gafas oscuras, los ojos de Nagg parecían ver como nunca habían sido capaces de mirar. Aquellos globos cristalinos hasta ahora inanimados parecían poseer una clarividencia inusitada. Nell comprendió esto y tuvo que dejar de leer.
-         ¿Qué sucede? ¿Por qué has detenido la lectura?- preguntó Nagg.
Nell le contestó entonces con una nueva pregunta:
-         ¿Qué te sucede?
Hamm entonces le contó lo que le había sucedido en su interior.
-         Gracias a ti he vuelto a revivir algunos de los momentos más dulces de mi existencia. ¡Gracias!
Cuando dijo esta última palabra, apenas cabía Nagg de gozo dentro de sí. Nell sonrió. No era consciente de que había otro hombre en la habitación. Se trataba de Hamm, que había estado escuchando la voz de Nell. Aunque ya la había oído en otras ocasiones, a Hamm le había sucedido algo parecido a lo que le sucedía a Nagg: le sonaba distinta, por primera vez. Esta especie de milagro acontecido en dos personas diferentes en el mismo espacio y en el mismo tiempo, no podía ser fortuito.
Pero lo verdaderamente milagroso no estaba en la voz de Nell, sino en Nell misma. Parecía haber salido de un planeta recóndito todavía sin identificar. ¿Por qué aquella voz sonaba como si ya hubiese sido escuchada en varios sitios y situaciones distintas? ¿Por qué Hamm conocía esa voz antes de haber conocido a Nell? Ella no era hermosa, pero su voz resultaba cálida y sensual, digna de la más bella imagen posible de imaginar. Tal vez por eso, a parte de dedicarse filantrópicamente a acompañar a personas invidentes y leerles historias maravillosas, Nell trabajaba como locutora en la radio. Su voz podía escucharse en una emisora no muy conocida, aunque sí lo suficiente como para que Hamm la sintonizase en el coche cada vez que se dirigía al trabajo. Llevaba sintonizando aquella emisora diez años. Cinco años antes, ella había aparecido en su casa diciendo: “He leído el anuncio del periódico y quiero trabajar para usted. De lunes a domingo iré a su casa y durante dos horas entretendré a su padre ciego con narraciones dignas de su capacidad inventiva.” Hamm se había enamorado de Nell desde aquella primera vez que la había visto. O, tal vez sería mejor decir, desde aquella primera vez que la había “oído”. Hasta entonces no había podido comprender qué motivos le habían hecho enamorarse de una mujer que físicamente resultaba tan poca cosa. Él estaba enamorado de su voz. Desde la primera vez que la había oído en la radio nunca había dejado de sintonizar su emisora. Y esa tarde, había relacionado la voz de la radio con la voz de Nell y ya comprendía. Por muy extraño que resulte, a veces necesitamos un tiempo largo para comprender cosas que aparentemente saltan a la vista o al oído.
Nagg valoraba en Nell su sexto sentido para penetrar en los corazones. Esto Hamm no lo había valorado, a pesar de que el programa radiofónico destacara de su locutora principalmente dicha virtud. Si ella era capaz de llegar a todos los coches, ella sería capaz de llegar al interior de los conductores de estos coches. Por eso, no eran capaces de cambiar de emisora. Nell cautivaba no solo por su voz, sino por su psicología.



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