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ROTWAG Y LICAÓN

>> jueves, 1 de noviembre de 2012


Tratando de establecer nexos entre el personaje de LICAÓN, perteneciente a la mitología griega, y una segunda figura ligada a la ficción narrativa cinematográfica, he encontrado en Rotwag (del film “Metrópis” de Fritz Lang) un digno exponente.
Licaón, rey de Arcadia, desafió a Zeus poniéndole a Prueba. Zeus, haciéndose pasar por campesino, entro en el palacio de Licaón, y éste, tratando de averiguar si dicho campesino era en realidad Zeus, le ofreció para comer la carne de uno de sus hijos sacrificados (algunos autores afirman que Licaón llegó a tener cincuenta hijos). Zeus, al descubrir tal desafío, convirtió a Licaón en lobo como castigo e hizo destruir su palacio.
Rotwag es el prototipo de científico que vuelca sus esfuerzos en tratar de crear vida a partir de la muerte. Como el doctor Frankenstein, que trató de construir un hombre partiendo de restos de cadáveres, Rotwag aplica sus conocimientos científicos para dar vida a una creación más futurista: un robot con el alma de una mujer, de nombre Hel. Rotwag trabaja a las órdenes de Fredersen, dueño y señor de Metrópolis, una ciudad de concepción megalómana que funciona gracias al mundo obrero, el cuál vive en los subterráneos del lugar. Fredersen y Rotwag tienen en común que ambos amaron a Hel y que tanto uno como otro desean devolverla a la vida. Rotwag es un ser en el cual habitan el rencor y el odio hacia Fredersen, puesto que este le arrebató a Hel cuando él estaba con ella. El mundo obrero subterráneo es explotado despiadadamente por Fredersen y ansían poder amotinarse contra él. No obstante, encontramos a un tercer personaje, María, a la cual consideran su líder espiritual, y que les calma prometiéndoles que algún día llegará un personaje, “el mediador”, capaz de resolver sus problemas restituyendo la paz en Metrópolis.
Fredersen descubre lo que sucede en el mundo subterráneo y trata de provocar un motín entre sus trabajadores para poder tener una excusa con la que reprimirlos. Así, encuentra la siguiente forma: dotar al robot de la apariencia de María, inculcando a la máquina unos valores negativos que acaben provocando las iras de los obreros. Rotwag aprovecha este encargo para vengarse de Fredersen y trata de utilizar su creación para destruir “Metrópolis” en su totalidad.
Con esto, tenemos que Rotwag no solo no desafía al Dios creador tratando de suplantarle al ser capaz también de crear vida (vida, además, perfecta) sino que además se propone utilizar su criatura para destruir una civilización entera. Metrópolis representa un mundo de ficción, pero un mundo al fin y al cabo. Su casi perfecta estructuración posee, no obstante, unos pies de barro, debido al afán materialista occidental del hombre. María representa esa parte espiritual que sobrevive en esas catacumbas obreras, dentro de una especie de templo donde dicha líder espiritual habla a las masas trabajadoras.
En “Metrópolis” hay además toda una serie de elementos que asociamos con la corrupción del hombre que ha olvidado a su Dios: están representados los siete pecados capitales o la misma Torre de Babel (que es, en sí mismo, un desafío).
María, representación del bien en la tierra, toda ella espiritualidad, es suplantada por el robot creado por Rotwag, tratando de provocar que los trabajadores que la siguen renieguen de ella, renegando así del Bien.

Finalmente, Rotwag recibe su castigo muriendo al caer de lo alto de la catedral de la ciudad. Quien lo empuja a dicho abismo es Freder, hijo de Fredersen, que se encuentra enamorado de María y lucha a la vez contra el despotismo de su padre. No es Dios, por tanto, quien actúa contra Rotwag, pero sí podríamos decir que este “merecido” que recibe proviene de una especie de justicia terrena asocia directamente a ese concepto de bien y de mal universal originario de ese “Dios” al que se remite. 
   
      
 

        

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