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UN MATRIMONIO ADELANTADO A SU TIEMPO

>> miércoles, 7 de noviembre de 2012


Esta es una historia de época. Una época con sus palacetes y jardines. En uno de estos palacetes rodeado por jardines vivía un matrimonio. Dicho matrimonio llevaba una buena suerte de años casados, y ninguno de ellos había sido manchado por mácula alguna. Todo el mundo se preguntaba cómo podía ser esto posible, pues hasta las parejas más loables de puertas para afuera conocían, de puertas para adentro, sus debilidades.
Llegó un día, un día que pudo ser fatal. En ese día, las amigas habían sido invitadas por la mujer, con toda la pompa y circunstancia, a tomar el te a su palacete. “¿Qué se traía entre manos?” se preguntaron algunas de ellas de camino. Cualquier cábala fue superada por la situación real: la mujer quería enseñarles un cuadro que acababan de instalar ella y su esposo en el saloncito, presidiendo la mesa colgado en la pared. El cuadro estaba ciertamente bien ejecutado. El problema era su asunto: un desnudo. Un desnudo, para más inri, femenino. Las amigas, al contemplarlo, guardaron para adentro lo bello que les parecía y sacaron para afuera lo escandaloso del mismo. La mujer hizo gala de sus ideas avanzadas: “señoras, lo que aquí ven es arte en estado puro… ¡Todas hemos nacido desnuditas y todas nos hemos visto en el espejo algún día al salir del baño! No sé de qué se asustan…” Una de las amigas dijo que una cosa era eso y otra bien distinta lo impúdico de mostrar dichas impudicias, orearlas a la vista de todos. “Esto, querida amiga, es arte, no pornografía. El asunto está bien tratado y no hay en ello ningún exhibicionismo”. Tenía razón y sus argumentos consiguieron medio convencer a la concurrencia allí reunida. “¿Y qué piensa de esto tu marido, cariño?” le dijo otra falsa amiga. Ella dijo que había sido idea de él y que a ella le había parecido muy bien. Que estaba de moda, que ya no solo podían verse estas cosas en cuadros de asuntos mitológicos o religiosos. “Ahora la desnudez es impresionista”.

Una tarde, estando ella pelando mazorcas en la mesa del salón mientras contemplaba el cuadro, escuchó de voz de su marido que se iba de caza y que volvería a la noche. Ella le preguntó: “¿Y dónde vas?” y él contestó “Ya sabes donde voy, donde siempre…”
Resultó que la mujer acabó por recordar una pequeña anécdota que le hacía pensar que aquellas palabras del marido no podían ser ciertas. “Mi hermano me pidió su escopeta hace un par de días y yo se la dí sin decirle nada… Como él tampoco me preguntó después dónde estaba su escopeta, acabé por olvidar el decírselo hasta hoy. Hoy se ha ido sin ella”. Después, otra idea más tranquilizadora vino en su ayuda. “Quizá haya quedado mi hermano con él para devolvérsela… Sí, eso es… Los dos van al mismo lugar a cazar…”
Por si las moscas, aquella avanzada mujer decidió pasarse por el campo para terminar de aclararse. Una vez allí, encontró a su marido, pero no a su hermano. Su marido iba acompañado de una escopeta y de una linda mujer. “¡Hola, querida!” dijo el marido. Ella le contó la historia de su hermano. Él entonces dijo “te presento a Fiorella, la novia de tu hermano”. Ella se quedó un tanto sorprendido al no saber que su hermano tenía novia. Fiorella dijo que acababan de conocerse, de intimar, y que quizá por eso él todavía no hubiese dicho nada, prudentemente. “A pesar de no saber que mi hermano tenía novia, lo cierto es que tú me eres familiar. A lo mejor te he visto en su compañía en alguna ocasión pero no he caído en la cuenta, no he atado cabos”. Claro, eso debía de ser. ¡Qué mala memoria!
Tras volver a casa tan sola como de ella se había ido, la mujer avanzada volvió a sentarse a la mesa para pelar mazorcas de maíz. Miró al cuadro y chilló. Allí, delante de ella, se encontraba retratada Fiorella. Fue entonces cuando la mujer avanzada pensó muy seriamente hacerse puritanista como el resto de sus amigas.

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