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UN VIOLENTO RELATO SEXUAL

>> jueves, 1 de noviembre de 2012


Se hacían llamar “los alegres muchachos de Ruthavara”, y si alguien quería encontrarse con ellos debería de frecuentar los ambientes nocturnos de la gran ciudad. “Ruthavara” era un local de copas donde se podía escuchar música y conocer gente de todo tipo. Conocer en el sentido más superficial del término. El grupo de los “alegres muchachos” estaba conformado por cinco individuos que no excedían los veinte años. Todos estaban solteros (o, mejor dicho, todos habían perdido recientemente a sus parejas). De entre ellos, el más timorato de todos era sin duda el más pequeño. Éste, en su fuero interno ansiaba alejarse de las jaranas que sus compañeros organizaban, pero su ausencia de personalidad- ligado a una ausencia crónica  de voluntad- le impedían volverse a casa las noches de fin de semana. No entendía tal desmadre de testosterona, por eso había recibido hace tiempo el cariñoso apelativo de “el semin-arista” (un claro juego de palabras entre la asociación de lo clerical y del fluido sexual masculino). Él consideraba a sus amigos como hombres embutidos en formas fálicas y ellos le replicaban de la siguiente forma: “Si a nosotros nos representas como miembros viriles tú serías entonces la cabeza de estos miembros”. Y es que él, según ellos, era el que más necesitado se encontraba de desahogar sus instintos más primitivos. “En todo caso sería vuestro anticonceptivo” respondía. “Por un lado, os prevengo de todo tipo de peligros… os protejo”. Y ellos decían: “Y por otro, no nos permites reproducirnos, no dejas que la ley de la naturaleza siga su curso”.
Quizá tuvieran razón. Hacía más de un año que él se encontraba sin pareja. Era el más veterano en soltería. Cuando trataba de recrear un cuerpo femenino concreto, éste se presentaba en su imaginación cada vez más difuso. Las imágenes que recordaba se presentaban cada vez más débiles. Ya casi no podía excitarse pensando en unos pechos, por ejemplo. Ya casi no podía recordar ninguna escena memorable. Aquel mosaico de imágenes antes perfectamente nítidas se había convertido ahora en un cuadro abstracto. Ahora tenía ante sí un Kandinsky o un Mondrian. Y, claro, esta viva imagen del arte no resultaba lo suficientemente sugerente para sus propósitos.
Una noche de Carnaval, estando todos reunidos en la calle viendo pasar personajes memorables, uno de ellos gritó a una pareja de chicas que pasaba: “¿Y vosotras de qué vais disfrazadas? ¿De guapas?”. Esto molestó sobremanera a las chicas, y con razón. Fueron hasta él y le soltaron cuatro borderías bien expresadas. Y, lo que comenzó siendo un momento de discusión, acabó degenerando en un ambiente distendido. A aquellas chicas se sumaron otras amigas que venían detrás rezagadas, y juntos chicos y chicas recorrieron de pe a pa la ciudad nocturna. Finalmente, llegaron al “Ruthavara” y allí se tramó una de las noches más locas y estúpidas en las vidas de aquellos pobres diablos. Una noche que ya desde el principio exigía ser olvidada a la mañana siguiente. Un divertimento que mezclado con alcohol y hastío prometía un desahogo temporal en aquellos sementales.
El “semin-arista” se marchó pronto. Él era el encargado de aguar las fiestas y esta noche no podía decepcionar en su empeño. Se salió sin ser visto de aquel local cuando tocaban las seis de la madrugada en el reloj de la iglesia de la acera de enfrente.
Mientras caminaba de regreso a su casa, se sintió acosado por voces de ultratumba que le invocaban en el amor. Él decidió negar sus oídos a tales voces porque sabía que podía volverse loco. No obstante, aquellos emisarios del mal no cejaron en su intento y continuaron tentándole, haciéndole recordar lo que e otro tiempo fue dulce y ahora resultaba amargo. De miel pasó a ser cera y él había renunciado a las dos cosas.
Las sombras de su perfil que se proyectaban en los muros de los edificios comenzaron a multiplicarse debido al efecto lumínico de las farolas y él se sintió acompañado en mitad de aquella noche de invierno. Las voces que escuchaba, no obstante, eran femeninas y pertenecían a la misma mujer, como las sombras provenían del mismo hombre. Los sonidos querían abrazar las siluetas negras. Cada uno de estos recuerdos “doblados” representaba un momento de la vida del infeliz. Eran voces también de su conciencia. Voces recordadas y voces inventadas que le confundían, le hacían creer en posibles felicidades… Lo ilusionaban inútilmente, y esto era el culpable de su tortura. No era el chivo expiatorio, sino la realidad.
Cuando por fin llegó a su casa se sintió guarecido al pasar el portal. Fuera quedaron los fantasmas de la noche, que lo esperarían hasta la vez siguiente.
    
            






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