Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

¡ALFREDO, ALFREDO!

>> jueves, 6 de diciembre de 2012


Me encontraba en un supermercado atestado de gente. Las cajas echaban humo con sus correspondientes encargados poniendo una falsa cara caritativa que parecía querer decir: “Que sepa usted que le atiendo pero porque me pagan”. Nos encontrábamos en la tercera semana de diciembre, la cual había sido creada –como todo el mundo sabe (solo falta que lo incluyan en los libros de escuela)- para todos aquellos que dejan para el último día las compras navideñas. Yo no pertenecía a ese nutrido grupo de incondicionales, pero he de reconocer que por “pi o por equis” las cosas se me habían acumulado en estos días y no había podido disponer de días más desahogados, a diferencia de otros años (lo juro, no es una excusa pobre).
En la planta sótano, donde yo me encontraba, había menos gente que en las otras (debía de ser porque esta planta era la de los libros y no la de los perfumes, ni la de la comida, ni mucho menos bisutería, electrodomésticos, informática o juguetes… ¡en efecto, habían condenado a los apasionados de las letras a la planta sótano!) pero no por ello la masa informe dejaba de resultar menos amenazante. Había codazos para conseguir el último best-seller, como en las rebajas cuando hay peleas por un par de calcetines. Menos mal que yo habría procurado este año pensar en un autor de nombre impronunciable, de esos a los que el Premio Nobel les puede caer de un momento a otro y mientras tanto no les conocen salvo en su casa a la hora de comer. De repente, de entre toda aquella marabunta de incivilizados intelectuales, una cara se fijó en mí. Era la de una señora que debía de tener mi misma edad, es decir, unos cuarenta y algo. En un principio, no me fijé mucho en ella, pero cuando ví que insistía en fijar sus ojos en esta cara bonita, comencé a darle cierta importancia. Desde aquí lejos tenía un aire a Mariví, una antigua amiga de la carrera de la que había sido un gran amigo pero de la que hace tiempo que no sabía nada de ella. Luego su rostro se me antojó como el de Rosa, una compañera de mi antiguo trabajo. No, tampoco podía ser ella. Y así llegué a la feliz conclusión de que a esa señora, por mucho que me mirase, yo no la conocía. ¡Solo faltaba encontrarme a un conocido en un lugar tan poco dado para este tipo de situaciones! ¡Qué incómodo habría sido! ¿Por qué no en un parque al atardecer, o en una gran avenida, esperando el interminable momento en el que un semáforo se ponga en verde?
La señora empezó a gritar “¡Alfredo, Alfredo!” Éste hecho me libró ya de toda sospecha. Yo, desde pequeñito, recordaba llamarme Joaquín, por lo que ese toque de atención seguramente iría dirigido a un señor con más cara de Alfredo que yo, y que seguramente se encontraría pegado a mí, buscando un libro de Schopenhauer o algo así. Poco a poco, iba acercándome a ella, pues iba en esa dirección. Ella se encontraba parada, como esperando a que el tal Alfredo llegase hasta ella. Seguramente el tipo estaría deseando que yo le dejase llegar hasta donde ella estaba (es lo que tiene estar en medio, que se molesta).
Pasé junto a aquella mujer busca-Alfredos sin tan siquiera mirarla. ¡Pufff! ¡Ya había pasado de largo, por fin! Tenía ya cerca la estantería de autores de nombres impronunciables. Entonces noté que la boca que decía “¡Alfredo!” comenzaba a gritar hacia mí, cerca de mi tímpano. Me giré y ví lo que tenía que ver, a la señora de antes. Lo único es que me miraba a mí. “Señora, yo no me llamo Alfredo, yo soy Joaquín de toda la vida” le dije. Ella siguió emperrada: “¡Tú eres Alfredo, no me engañes!” Vaya, hombre… ya me habían dado las navidades… No sé por qué me acordé entonces de alguien que llamó hace dos semanas al telefonillo de debajo de mi casa diciendo: “Ábreme, soy yo…” Y yo el dije: “¿Pero quién es yo?” a lo que me contestó “Pues yo soy yo, ¿quién voy a ser si no?” Situaciones delirantes que no tiene más final que su principio.
La señora comenzó a seguirme cuando yo decidí dar por perdida la conversación. Volví a pararme para decirle: “Vamos a ver si nos entendemos… ¿Por qué piensa usted que soy Alfredo?” La señora me contestó que porque como su “Alfredo” no había dos. Entonces tuve que ponerme a su altura e inventarme posibilidades remotas: “Puede ser que yo tenga un hermano gemelo que nunca haya conocido… Hay quienes afirman que todos tenemos una réplica, un “sosias” o como se diga….” La señora comenzó a perder la paciencia. “Vamos, Alfredo, esta broma ya está llegando muy lejos…” ¿Cómo podía demostrarla que yo no era ese “Alfredo” tan querido por ella? “Vamos a probar una cosa. Usted me va a hacer una pregunta cuya respuesta conozca ese Alfredo y yo trataré de contestarla.” La señora entonces me preguntó que cómo se llamaba mi hermano. Yo le dije entonces que no se llamaba de ninguna manera, porque yo era hijo único. “¡Ya lo sé, ya sé que eres hijo único, Alfredo! ¡Era para ponerte a prueba!” La cosa comenzaba a resultar preocupante. “Está bien, hágame usted otra pregunta más complicada”. Me preguntó entonces si tenía alguna cicatriz en el cuerpo. Yo le contesté que tenía una en una pierna…” Y ella concluyó mi frase “…porque un día te caíste por una montaña rodando y uno de los huesos se te medio salió” Yo me quedé a cuadros. ¡Era verdad! Pasé de la perplejidad al miedo en cuestión de segundos. ¿Quién era esa mujer, por qué sabía esa anécdota sobre mí… y por qué me tenía que llamar Alfredo?
Lo más impredecible, ocurrió. Ella empezó a gritar “¡Inocente, inocente!” Yo le contesté que para el veintiocho de diciembre quedaban todavía seis días (por no responderla, “¡Idiota, idiota!” de la misma forma como ella lo hizo). Todavía me quedaba una cosa por saber “Si esto ha sido una inocentada frustrada y usted sabe que no me llamo Alfredo, ¿cómo sabía lo de la pierna?” Ella entonces dijo, un tanto turbada: “Joaquín, soy Mónica, tu amiga de los boy scouts… Yo estaba contigo el día en que te caíste por esa montaña…”

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP