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Algunos consejos de Juan Cavestany

>> miércoles, 19 de diciembre de 2012



Juan Cavestany, en un momento de su clase

Juan Cavestany llegó a la Escuela Tai “con un cierto miedo como escritor”. Según el guionista y director, él escribe, entre otras cosas, para no tener que ponerse delante de un público y hablar. “Conozco a pocos escritores que sean a la vez buenos oradores. Yo escribo para esconderme.”
La biografía de Cavestany es toda una montaña rusa que nunca ha dejado de dar sorpresas: comenzó como periodista en El País para después meterse a guionista y reconvertirse a autor teatral. En su segunda etapa, probó la experiencia de dirigir sus propias historias y, en la actualidad, ha realizado dos largometrajes experimentando con el formato, que le han reportado muy buenas críticas en los ámbitos más exigentes.
Entres sus títulos de su filmografía, podemos destacar “Los lobos de Washington” o “Guerreros”. Con el grupo “Animalario” ha realizado piezas como “Urtain” y sus trabajos más personales los encontramos en “Dispongo de barcos” y “El señor”.
Cavestany nos habló acerca de sus proyectos pasados, presentes y futuros, llegando a pedir incluso opinión acerca de alguna idea de última hora.
Para él, el drama es la materia prima, “lo que sucede entre dos o más personas en un lugar y en un momento. Esto es la esencia, el querer saber, el interés que sentimos por una idea y que nos hace ponernos a escribir. Da igual que sea un guión, un relato o una historieta. El único guión que me interesa es aquel en el que ocurre algo. Como un tren que avanza en la noche inexorablemente y con peligro”.
Cavestany habló también del momento en el que decidió comenzar a escribir sus propias historias: “Cuando era periodista, hablaba de cosas que otros hacían, era un intermediario: trabajaba con una fuente y la comunicaba con el lector. Llegué a la conclusión de que quería dejar de hacer esto para ser yo el que hiciera las cosas y que otros hablasen de ello. Lo que no sabía es que iba a acabar haciendo algo parecido: trabajar sobre una nueva fuente (la de un personaje inventado) para darle el material a un espectador (o un equipo técnico). Esto, en cierta forma, es un poco tramposo, pues ese personaje en el que me tenía que inspirar solía tener mucho de mí. No obstante, como decía Harold Pinter, cuando un personaje está bien construido, nunca puedes obligarle a decir lo que no quiere decir.”

"Dispongo de barcos"

Su primer trabajo, “Los lobos de Washington”, lo escribió siendo todavía periodista en Nueva York. “Me decidí a escribir sin haber estudiado nada de cine ni de escritura. El carecer de formación tuvo dos efectos para mí: me libró del peso de comparar mi trabajo con ejemplos teóricos y me llenó de limitaciones de las que era esclavo.” Por aquel entonces ya era amigo de los integrantes de “Animalario”, que por entonces se encontraban formándose. “El texto, que iba a ser una obra de teatro, llegó a manos de Alberto San Juan, y éste se lo pasó a Mariano Barroso, quien todavía estaba estudiando cine. Barroso decidió hacer una película con mi libreto y Javier Bardem hizo posible que la película se llevase a cabo. Es una película que en la actualidad sería imposible de hacer y en su época resultó un rotundo fracaso.”
Contó que decidió viajar a España cuando empezó a rodarse y que, una vez allí, en plató, dijo dos frases que todavía recuerda: “¿Por qué hacen eso?”, refiriéndose a que no entendía por qué habían decidido interpretar el texto y filmar las escenas de aquella manera, y “yo aquí no pinto nada”, porque nadie le pidió opinión para nada. “Los guionistas somos personas que sobramos en esos momentos”.
Según él, “la escritura es una contradicción: parece que es un ejercicio que el escritor hace solo para ordenar sus ideas y para aclararse, pero luego acaba convirtiéndose en algo cuyo fin es que sea leído por alguien”.
Aseguró que una de las cosas que siempre teme como guionista es que el guión se lea en la propia película, que resulte demasiado literario y se descubra por parte del espectador: “El guión es la base, el punto de partida y algo que debe de desaparecer, que debe de ser destruido. El guionista es una especie de suicida”.

Cartel de "Urtain"

Con “Urtain” sucedió lo contrario que con “los lobos de Washington”: Comenzó siendo una película y terminó siendo una obra de teatro: “Morena films” me pidió hacer una película sobre el boxeador Urtain, lo que me llevó a realizar una exhaustiva investigación acerca del personaje. El proyecto finalmente no cuajó pero yo por entonces ya tenía un tratado sobre Urtain: me había recorrido hemerotecas, preguntado a familiares y allegados del protagonista… Pero era consciente de que no tenía un producto interesante, porque no había sabido darle un enfoque literario, solo tenía hechos de una biografía. Además, si la historia era ya de por sí sórdida, terminaba con el suicidio de Urtain, y esto era demoledor. Pensé entonces en reescribir la historia del siguiente modo: pasar de contar la historia tópica de un boxeador noble al que todos engañan y acaba malogrado a la historia de un personaje que deja de ser pasivo para convertirse en activo. Urtain quería algo, necesitaba algo. Tenía que ser él quien moviese la historia, no los demás los que la movieran. Su acción sería su perdición, haciendo de la historia una tragedia. Además, solucioné el problema del final terrible del suicidio contando la historia al revés: empecé con el suicidio y culminé con el nacimiento de Urtain. Así, la historia se contaba cronológicamente de esta manera: Suicidio-olvido-gloria-nacimiento.”


"El señor"

Cavestany resaltó la dilatación de sus proyectos, llegando a durar (a aquellos que considera más importantes) la friolera de diez años, desde su concepción hasta su realización. “Urtain” o “Dispongo de barcos”, por ejemplo. Este último surgió como un sketch. “Unos amigos planean un robo que nunca va a poder llevarse a cabo debido a que existe una falta de comunicación entre ellos evidente.” Esta obra y “El señor” so resultado de la unión de una serie de fragmentos, de historias que fueron apareciendo. En el caso de “El señor”, Cavestany apostó por no escribir la historia, sino que esta fuese surgiendo a medida que se rodaba. Ambas costaron cero de presupuesto y fueron filmadas con cámaras caseras, contando con amigos y con lugares improvisados. Dicha ocurrencia se debió a la dificultad de reunir un dinero considerable para llevar a cabo los proyectos. “Tal y como los concebí, me podía permitir estos rodajes tan disparatados.”
Según el creador, el problema del cine en España es que su industria nunca se ha preocupado por los guionistas, no los ha tenido en consideración como debiera tenerlos. “Por eso, yo os aconsejo que, siendo estos tiempos como son los que nos han tenido que tocar, os arriesguéis a escribir la historia que queréis contar, la perfiléis hasta creer lo suficientemente en ella y buscar a productores con el guión en la mano y con mucha seguridad de lo que estáis haciendo”.

Tomando apuntes durante la masterclass: De atrás a delante: Javier Mateo, José María Santos y Zoilo Carrillo

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