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ENTRE LA FICCIÓN Y LA MEMORIA

>> jueves, 27 de diciembre de 2012




Situemos la primera parte de los hechos mediante las siguientes coordenadas:

Momento: Sábado por la tarde (el mejor momento, para mí, del fin de semana).
Lugar: Centro Cultural “Quinta del Berro”, Madrid.
Evento: Representación de “la casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca.
Pro: La entrada era gratuita
Contra: A partir de completarse el aforo (sesenta personas) se denegaba la entrada a más gente.


Hará cosa de tres años, acudí a una representación de la ópera de Verdi “Aída” en el templo de Debod. “¡Ópera gratis!” Me dije. La cosa sonaba bien. El resultado, resultó desastroso. Acudió tanta gente que, para ver aquello, había que ponerse casi a un kilómetro de distancia (por supuesto, de pie, puesto que el número de sillas era insignificante). Aburrido de no ver nada (a esa distancia era fácil no distinguir a la soprano del tenor),  y escuchar todavía menos (imagínense el tipo de acústica en un espacio abierto… podría inventarse una nueva expresión para este caso, del tipo de “ponerle paredes al campo”) me marché a los veinte minutos.
Como el ser humano no aprende de sus disgustos, decidí dar una segunda oportunidad a este tipo de eventos. Me consolaba pensar que, al menos, estaríamos en un sitio cerrado, por lo que la cuestión de distancias medidas en kilómetros y el problema de la acústica medida en espacios al aire libre, ya no existiría. Avisé a unos amigos cercanos que sabía que no se enfadarían conmigo si el experimento salía rana. Me imaginé que lo pero de todo sería la espera en la cola (se exigía estar media hora antes de la función). La función se anunciaba a las 18:00. Después de esto, yo tenía que ir a otra cita, ésta a las 20:30. Un concierto de música antigua en una iglesia de Alonso Martínez. Allí me esperaba la hijastra del director del coro, una muchacha simpática y agradable.
Con lo que no contaba era con un problema añadido que no debía de existir, un problema que consistía en contrariar a la propia lógica. La lógica es exacta; el ser humano no, es imperfecto. Sucedió que, finalmente, acudió más gente de la prevista a última hora. Por supuesto, ninguno de ellos quería perderse la obra, por lo que se saltaron a la torera eso de no exceder el cupo permitido y acabaron entrando en la sala y quedándose de pie, pegados a las paredes. Era evidente que estaban infringiendo una norma clara, y los encargados de la sala tuvieron que intervenir avisando a los de seguridad. Éstos no tardaron en llegar para cumplir con su cometido: obligar a salir a aquellas personas que sabían que no podían estar allí. Como en esta época que nos ha tocado vivir, existe cada vez menos respeto por el orden establecido (y no digo yo que sin razón) y, en general, por todos aquellos que nos gobiernan, no es raro que el “pueblo” se rebele en cuanto considera que tiene más derecho para imponerse que aquellos que, legalmente, tienen la obligación de hacerlo. Esta rebeldía, en muchos casos justificada, puede volverse en contra de los propios rebeldes en tanto en cuanto aquello que reclaman acaba convirtiéndose en pataletas de niño pequeño. “Si decía claramente que solo podían entrar sesenta personas ¿a qué volverse ahora los mártires?” pensaba yo. Otra cosa sería hacer la vista gorda, pues poco importa realmente que en un lugar en el que caben sesenta, puedan entrar veinte más. Quizá la cosa iba por los derroteros de ese “hacerse respetar”. Muchas veces, teniendo la buena intención de dar la mano, le cogen a uno el brazo, y esto tampoco puede ser. Y es que, hay mucha gente que, viendo que con ella se flexibilizan las cosas, le coge a esto el gusto y cada vez es más insaciable. Y esto es lo que sucedió: veinte minutos de retraso por culpa de unos alborotadores que “proclamaban la libertad frente a unos represores fascistas” que, por otra parte, no dejaban de ser unos mandados (seguramente preferirían estar a esas horas en su casa viendo un partido de fútbol por la televisión que estando mandando a unos señores a su casa). Hubo incluso recochineo y los invitados expulsados acabaron por entrar aprovechando que la puerta de atrás había quedado abierta (esto es, entraron por la parte de los actores, dándonos un susto de muerte creyendo que ellos iban a hacer la representación- habría sido una revisión lorquiana un tanto extravagante). Hubo incluso quienes pensaron que todo estaba preparado y que algunos de estos espectadores y agentes de seguridad eran en realidad actores contratados para dar la nota. Por fin, la función pudo dar comienzo. La sala, que no estaba habilitada para representaciones teatrales, tenía el supuesto escenario a la misma altura de los espectadores, por lo que los de atrás (es decir, nosotros) no veíamos nada de lo que pasaba delante. Además, había organizados otros eventos en las salas colindantes, y alguna de estas había puesto una música de bachata a todo trapo que impedía una audición normal en nuestra sala (aparte de que la habitación tampoco contaba con una buena acústica… me acuerdo, siempre que pasa algo de esto, de los teatros de la antigüedad, en los cuales podía oírse, desde cualquier punto, el sonido de un alfiler caer al suelo- y estos estaban al aire libre, ojo).
A través de las cristaleras, que hacían de paredes, podía verse lo que estaba sucediendo fuera de la sala. Teníamos dos espectáculos a la vez, a cada cuál más interesante: el drama lorquiano y el otro drama, este quizá más realista, el cual podía verse también dificultosamente (los cristales estaban decorados con rayas horizontales negras, por lo que veíamos el otro lado codificado).
Los actores, que formaban una compañía amateur, comenzaron un poco flojos (quizá todavía sorprendidos por el espectáculo paralelo que se organizó), pero poco a poco fueron introduciéndose en sus roles llegando a concluir más que satisfactoriamente. La mejor, la actriz que hacía de Bernarda Alba.
La función, evidentemente, concluyó más tarde de lo debido, y tuve que pegarme una carrera para atravesar medio Madrid (en metro, eso sí). Al retraso de veinte minutos hubo que añadir otros derivados de los propios del metro, los cuales últimamente son ya habituales. De O´Donell llegué a la Iglesia del Perpetuo Socorro en tiempo récord. No obstante, el concierto ya había comenzado (por lo que yo ya había quedado mal en una primera cita). Tras pensar en entrar o no, decidí hacerlo y allí encontré a la persona con la que me había citado, en los últimos bancos, acompañada por su prima y un amigo. Al contrario de lo que creía que iba a suceder, ella no estaba enfadada, todo lo contrario. No me dejó ni que le diera una explicación, y esto me extrañó. Al finalizar el concierto, le propuse de ir a tomar algo y ella rechazó la oferta, justificándose con que se encontraba un poco acatarrada y que solo tenía ganas de meterse en la cama. Si esto hubiese podido ficcionarse, desde luego yo, como creador, habría decidido otro final:

Entré en la iglesia veinte minutos después del supuesto inicio del concierto. No tardé en darme cuenta de que, como estamos en España, las cosas acaban retrasándose. Poco importaba que el director del coro fuese británico, pues la impuntualidad ibérica se imponía a su cultura de origen, y no había más que hablar. Me acerqué hasta el banco donde se encontraba ella. Dije un “hola” tímido, el cual quedó en el aire y murió mientras se elevaba a los altos techos de la iglesia. No hubo respuesta alguna por parte de aquella  a quien tenía al lado. Era de esperar (lo contrario me habría chocado e, incluso, indignado). Si las cosas iban por su cauce, la persona en cuestión debía de enfadarse conmigo. Era su obligación. Yo, de ser ella, me habría enfadado conmigo. Por supuesto. No soporto la falta de impuntualidad, y más en la primera cita. Claro que… ¿Aquella cita existía o solo estaba en mi cabeza y no en la de ella también? A lo mejor el único que creía tener una cita con la otra persona (en el sentido que todos entendemos por “cita”) era un servidor. A lo mejor me había ilusionado antes de tiempo y me había puesto a elaborar sueños de lechera en mi cabeza. Es como ese chiste viejo en el que un tipo dice: “Tengo novia, pero ella no sabe que lo es”.
-         ¿Es que no vas a decirme nada, aunque solo sea un insulto?
-         Te diré que más te vale tener una buena justificación… ¿Tú sabes la cara de tonta que tenía mientras te estaba esperando ahí fuera? ¡Veinte minutos con esa cara, Dios mío!
-         Lo siento… es que he estado viendo una obra de teatro que ha empezado tarde por culpa de unos graciosos que…
-         ¡Muy bonito, hombre, muy bonito! Así que en el teatro ¿eh? Y ni me has dicho nada… Algo como “¿te apetecería venir conmigo al teatro?” Claro, el “señorito” prefiere ser invitado que invitar…
-         Te aseguro que hubiese sido mucho peor… la obra ha sido un desastre… no te habría gustado.
-         ¿Y cómo sabes lo que me gusta y lo que no? ¡No me conoces!
-         Bueno, mujer… pero para eso estamos aquí… para seguir conociéndonos…
-         Te aseguro que se me han quitado todas las ganas… Si eres capaz de hacer esto en la primera cita ¿qué harás después, en las otras?
-         ¡Te estoy diciendo que no contaba con ese retraso! Yo soy una persona muy puntual, de hecho peco de llegar demasiado pronto a los sitios… Y, si no, que te lo digan mis amigos…
-         ¿Qué amigos? Yo no les conozco, es muy fácil escudarse en ellos para defender una tesis…                                  
-         ¡Es una forma de hablar, mujer!
-         ¿Ah, sí? ¡Pues yo tengo esta forma de hablar: Vete a la mierda!
Finalmente el concierto concluyó y yo dejé de sentirme incómodo. Cuando fui a marcharme, ella me cogió del brazo para retenerme y me dijo: “¿Te apetece ir a tomar algo?”

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