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LAS PALABRAS SE VAN DE VACACIONES

>> domingo, 16 de diciembre de 2012



"La muerte y Jorge Luis Borges". Collage de  Luis Canicio


A Luis Canicio

El periodista Lisendo Martín llegó a su casa tras una jornada de trabajo en la oficina. Debía de ponerse a buscar nuevas noticias sobre las que escribir para el siguiente número del periódico en el que trabajaba, pero lo que hizo en cambio fue coger dos o tres ejemplares atrasados del diario que habían quedado sobre la mesa del salón y se sentó a leerlos.
Uno a uno, repasó los artículos que él mismo había escrito referentes a asuntos nada trascendentales que él tendía a denominar como “ecos de suciedad”.
Los textos se presentaban como hileras de hormigas disciplinadas que no se atrevían a salirse del camino marcado. Como si fuese un niño pequeño, Lisendo actuaba con las palabras igual que con las hormigas, poniéndoles palos o piedras delante para obligarlas a desviarse hacia otro lugar. Creyéndose una especie de Dios, jugaba a alterar de este modo la Naturalezala Naturaleza en las palabras, claro. ¿Pero qué podía hacer él? ¡Éste era su trabajo, volver el léxico aburrido, en lugar de explotar su poética! Le pagaban por ello, por contar en un lenguaje llano noticias aburridas que, al parecer, interesaban a todo el mundo… y, como todo el mundo tenía que leerlas, no podía dárselas de genio creativo y escribir con un lenguaje no tolerado para menores. Un lenguaje llano para gente llana… o con pocas ganas de complicarse la existencia. De querer estrujarse el cerebro, seguramente en lugar de leer este tipo de prensa lo que harían sería coger un tomo de obras completas de Proust… o algo así.

"Sin nuevas perspectivas, camino de formas breves de tristeza". Collage de Luis Canicio

Lisendo se creyó brujo sin carnet oficial y decidió organizar una noche de magia en su propia casa, en aquel mismito salón.
Se levantó para dirigirse a la habitación contigua, de donde regresó con una gran cartulina blanca. Volvió a sentarse ante la mesa y puso la cartulina frente a los periódicos abiertos por dichas crónicas. Concentrándose lo máximo que pudo, dijo en voz alta la siguiente consigna: “¡Palabras, yo os libero de vuestro yugo! ¡A partir de este momento exacto, os concedo una merecidas vacaciones! ¡Levantaos y jugad!”
En los periódicos comenzaron a advertirse ciertos movimientos literal y textualmente hablando. Las letras fueron despegando su tinta del papel y fueron aterrizando en la cartulina, aparentemente de forma anárquica. Lo que comenzaron a expresar fue cuanto menos sorprendente. He aquí algunos ejemplos maravillosos:

“Sin nuevas perspectivas, camino de formas breves de tristeza”.
“El espejismo flota tras el verano”
“La reinvención del miedo: Memoria rozada de sueños en calles clandestinas”

Había que resaltar sobre todo la complejidad de aquellos collages, puesto que las combinaciones de palabras eran limitadas y debía de hacerse buen uso de la creatividad para sacar el máximo partido de ellas. No obstante ¿quiénes mejor que las propias palabras para explotar de la mejor manera dicho talento? Solo ellas podían pensar mejor que el ser humano, puesto que ellas eran la herramienta fundamental. Sin las palabras, sería más complicado pensar y conformar juicios coherentes. Ahora, ellas se habían independizado de los hombres, de aquellos que las habían creado para aprovecharse de ellas en su día a día.
Lisendo Martín apagó la luz de la habitación dejó que las palabras siguiesen jugando solas. Estaba cansado y mañana debía de olvidar todo lo que había sucedido aquella noche para poder desempeñar su trabajo correctamente. ¿Se imaginan que, en mitad de la escritura de un nuevo artículo, se hubiese puesto a pensar en aquellas palabras saltando sobre el papel, conformando frases ingeniosas y sugerentes? No habría sido capaz de llevar a cabo su labor como debiera, tan distraído como se hubiese puesto. Habría dejado de creer en su trabajo, terminando por abandonarlo y optando de ahí en adelante por morirse de hambre mientras veía divertido cómo sus criaturas se lo pasaban en grande. Podría haber creado un circo de “palabras” callejero y haber vivido de ellas (y de las limosnas de los curiosos transeúntes). ¿No había acaso circos de pulgas? ¿Y por qué no “de palabras”? Aquellas pulgas no se solían ver, sí en cambio sus palabras, que eran una realidad visible y patente.
Ya lo estaba viendo: ¡“Gran Circo Lisendo Martín!” ¡Con letras grandes y doradas!
Y con estos pensamientos, se despertó, tras una larga noche de resaca.  

"La sonámbula". Collage de Luis Canicio

     

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