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DELIRIUM TREMENS

>> miércoles, 12 de diciembre de 2012



Estamos a 12 de diciembre. Es decir: a doce del doce del doce. He querido, en esta fecha tan enigmáticamente perfecta, escribir un texto de esos que me gustan tanto, de esos que amenazan con definir mi estilo (si es que poseo de eso). A algunos les gustaría encuadrarme dentro de la siguiente definición: “él anovela la realidad”. Esto es cierto y falso, puesto que mi intención no es tanto anovelar como entretener. La realidad siempre se encuentra a un pasito de la ficción, y a mí me gusta situarla en esa línea que separa las dos fronteras, haciéndola confundirse. A mí me gusta hablar así del mundo dentro y fuera de esta página digital (y, por lo tanto irreal y perfecta) del documento Word. Me gusta volver el mundo más interesante de lo que puede ser en su cotidianeidad. Me gusta que quien tenga a mi lado vibre con mis delirios. Cuando esa página digital se vuelva real en una impresión y en un ejemplar que rece así: “Delirios reunidos de Javier Mateo Hidalgo”, entonces será señal de que alguien de los que se ha empeñado en definir mi estilo se ha preocupado además por mí y me ha editado, porque considera imprescindible darme a conocer más allá de Internet, “modernez” ésta en la que no cree como buen intelectual europeo de la vieja escuela. Me hace gracia hablar de estas cosas pequeñas tratando de imitar el estilo de Javier Marías, novelista que quisiera ser filósofo como su padre. A él seguro que le resultaría simpático eso de “la página digital que se vuelve real al convertirse en un libro”. Lo siguiente también sería de su agrado: “Un libro cuyo dueño se preocupa de hacerlo distinguir de otro ejemplar de imprenta de la siguiente manera: subrayándolo, doblando alguna esquina a falta de marcapáginas con el fin de encontrar fácilmente el lugar en el que se había quedado la siguiente vez que lo coja. Los libros se ensucian, se manchan, se vuelven personales (a pesar de su ausencia de personalidad).”
Pues sí, de delirios va la cosa. Hace cinco días sufrí un ataque de virus cuando la fortaleza aparentemente inexpugnable de mi cuerpo se encontraba absolutamente desprevenida: en viernes por la tarde y en mitad de un puente festivo. Resultó que acabé teniendo gastroenteritis. Por la noche, comencé a notar cómo subía la fiebre, cómo comenzaba a no ser consciente de la realidad. Antes que acabase delirando realmente, y no literariamente, me dio tiempo a pensar una cosa: “El Doctor Jekyll y Míster Hyde” fue escrita por Stevenson en una situación parecida a la mía. La diferencia es que al escritor le dio tiempo a coger papel y lápiz y yo no pude ni levantarme, quedándome convaleciente en la cama, como tanto le gustaba a Virginia Wolf. Es bonito leer a Woolf pero “estar enferma” (en este caso enfermo) no me hace ninguna gracia. Hay quien disfruta de su convalecencia, sabe sacarle el máximo partido. En mi caso, el delirio fue quien trabajó por mí sin pedirme permiso. Lo que me pasó fue lo siguiente: Había acumulado una cantidad ingente de elementos sobre mí para sofocar ese frío repentino que había inundado mi cuerpo: me encontraba embalsamado de sábanas, edredones, mantas, edredones, etcétera. Llegó un momento en el que me había movido tantas veces sobre la cama que, todas aquellas cosas, en un principio más o menos ordenadas (con el orden que le es posible a alguien enfermo y cansado que le cuesta incluso articular dos palabras seguidas) habían acabado descabalándose. Así, mi mente, que este año se había vuelto un tanto guionista por el master que me encontraba cursando, comenzó a elaborar una elaborada historia: cada ropa que me cubría y que había acabado por mezclarse en una masa informe y pegajosa, había acabado alcanzando un estatus de personaje. ¿Y por qué “un estatus de personaje”? Pues porque, como en las historias, los personajes tendían a liar el argumento cruzándose unos en el camino de los otros. La historia, en este caso, era la cama. Así, una manta tenía una identidad y una biografía, al igual que un edredón o una sábana. Cuanto más luchaba contra ellas, más se rebelaban estas contra mí. ¿Acaso era yo el protagonista? ¿Yo, el único personaje real de carne y hueso?
Mientras me hallaba ante estas preguntas sonó mi teléfono. Se me había olvidado apagarlo y ahora bramaba desde mi mesilla, marcando desde su pantallita las cuatro y media de la madrugada. No sé cómo pero llegué a cogerlo. Era un amigo, un tanto borracho (es decir, en el mismo estado de realidad que yo). Lo primero que me dijo fue digno de ser recordado: “Pensaba que no lo cogerías, por las horas que son”. Yo me pregunté bastante racionalmente: “¿Si no esperabas que lo cogiese, para qué llamas entonces?” El amigo me preguntó entonces si iba a ir con él al cementerio de San isidro pasado mañana. ¿Qué preguntas son esas a las cuatro y media de la mañana? ¿Sería real lo que estaba viviendo? Al parecer, sí. Le dije que según me encontrase, que en estos momentos me encontraba con fiebre fruto de una gastroenteritis. Él em contestó que estaba seguro que para el domingo ya me encontraría repuesto, de modo que lo dio por hecho.          
Y allí estaba yo, el domingo, a las once de la mañana, en Marqués de Vadillo, con un frío de mil demonios atacando por los cuatro puntos cardinales de un Madrid ya casi invernal. Tenía entre mis manos la “Sonata a Kreutzer” de Tolstoi, en una edición de esas hecha por alguien que odia ser editor de libros. La portada provocaba bastante dolor de ojos a cualquier persona con un mínimo de gusto estético, y, para más INRI, el retrato que figuraba del supuesto Tolstoi no era el del susodicho autor sino de otro ruso, llamado Dostoievski. 


La portada del libro, con su correspondiente errata


La sonata a Kreutzer me había venido deprimiendo desde que la cogí. Por fortuna, alguien me había dicho que su final era maravilloso. En ella, el autor empieza a filosofar acerca del amor por boca de una serie de personajes que se encuentran durante un viaje en tren. Las conclusiones no son muy halagüeñas. Una vez, alguien me preguntó “¿Tú crees en el amor?” a lo que yo contesté “Sí, y tú también crees en él o quieres creer en él. Nos conviene creerlo, porque si no, no comenzaríamos ninguna de esas aventuras que luego terminan tan mal. Te dirías: “Si no funciona, si esa idea tan maravillosa que he forjado del amor es pura invención y luego la realidad es mucho más zafia y deprimente ¿para qué lo voy a intentar?”. Y ahí te quedarías, sin cruzar el charco.”
Del desengaño del amor a la visita de un cementerio. ¡Qué bonito panorama! Mi amigo, que a su vez venía con otro amigo, se retrasó cerca de veinte minutos. Un tercer amigo, el que le había animado a él para iniciar esta aventura, fue el único que no apareció. ¡Tiene guasa! En otra ocasión, me sucedió que una chica que nos había invitado a mí y a otros a su cumpleaños fue la única en no acudir a su propio evento. Y no, no se trataba de una broma. Debió de ser que un lobo la entretuvo de camino, por el bosque.
El amigo que venía con mi amigo fue el primero en aparecer (se adelantó al otro, los dos iban por libre), y juntos iniciamos el camino hacia el cementerio. Una vez allí, nos quedamos en la puerta a esperar a que el otro apareciese. Por fin, ya los tres reunidos, atravesamos las puertas de entrada dispuestos a disfrutar de una agradable mañana de domingo. 




¿Qué hay de malo en visitar cementerios? Hay quien hace rutas por el mundo solo buscando los cementerios de cada lugar. Por ejemplo, sin esperarlo, me di de bruces contra el Panteón de Goya. Bueno, de Goya, y de Moratín, Meléndez Valdés y Donoso Cortés. Todos ellos en uno solo, cada uno de ellos orientado hacia una latitud, muy feng shui. San Isidro se presentaba como una pequeña civilización dispuesta para aquellos que ya no la podían disfrutar. Más allá de ese imaginario de los cementerios que teníamos concebido en la cabeza (seguramente heredado de las imágenes misteriosas de los cementerios llenos de niebla y exentos de luz de los países más nórdicos) la Sacramental se nos presentaba como un escenario optimista, alejado de todas esas connotaciones que parecen cargar de negatividad estos lugares, infectándolos de malos augurios. Cada construcción competía con la que tenía más cerca. Todas resultaban megalómanas, dignas para quien deseaba un descanso eterno sin muchas molestias. Yo no sabía que sólo en Madrid había habido tanto marqués, duque, o conde. Ninguno de ellos me resultaba conocido. El papel cuché de la época no fue sin duda como es el de ahora. Aparte de aquellos cuatro eminentes hombres de artes y letras mencionados en primer lugar, tan solo tuve el gusto de rendirle mis respetos a una persona más: “La Fornarina”. Sobre su lápida alguien había colocado una fotografía suya de estudio en la que aparecía portando una curiosa marioneta. Con ella me puse a departir en el silencio más absoluto. Largo rato le hablé yo “de las letras humanas que me había enseñado la muda naturaleza”, que diría Calderón y su verso abigarrado.
Le pregunté qué se sentía en aquel escenario para ella tan extraño (más extraño que para nosotros), su último escenario. Ella, que no poseía una voz privilegiada pero sí un nombre artístico que evocaba poéticamente a Byron. Ella, que nunca debió imaginar su carne putrefacta, porque no le convenía. Antes e marcharme, le canté a sotto vocce “Clavelitos”.


La "Fornarina"


Una música comenzó a sonar. Una música de charanga. Como un fondo sonoro contradictorio para este paisaje. ¿De dónde podía provenir? Se oían tambores, trompetas y ritmos que harían revivir a un muerto. No, no creo que se tratase de ninguna danza macabra. Habría sido divertido y a la vez aterrador encontrarnos con Raska-yú agitando sus tibias a la vuelta de una esquina, tratando de seguir el compás.¡Y qué goyesco habría sido, por otro lado! Un capricho… Eran las doce de la mañana, hora en la que en la obra de “la Gradiva” de Jensen, (la hora en la que el sol está en su punto más alto, cuando los objetos no proyectan sombra) el protagonista presencia la aparición casi fantasmal de aquella mujer. Una mujer que se ha convertido en su obsesión, aquella que ha dejado de ser bajorrelieve escultórico para convertirse en mujer carnal. Si no fuese Raska-Yu, tal vez sería una de aquellos espíritus marmóreos que coronan cualquiera de aquellas fosas. Un muerto, al fin y al cabo (da lo mismo), alguien que sirvió de modelo y que ahora pervive en la eternidad de una piedra esculpida.

¿Y que diría Bécquer de estar aquí? Diría: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”  

Atravesamos una calle más bien romana, surcada por templos que se alzaban como contenedores de tumbas menos pudientes que aquellas que hasta entonces habíamos visto. Todavía me encontraba con la influencia de “La Gradiva” y no veía más que arquitectura mediterránea muerta ya, habiendo expirado su época, inhabitada. Las trampillas que conducían a nuevos mundos subterráneos plagados de nuevos nichos animaban a mis compañeros a introducirse en la aventura. Yo preferí observarles descender a los infiernos tibios de sepulturas empotradas, como aquellas de los reyes en El Escorial, salvo que un poco más modestas. En uno de los huecos, todavía sin tapiar por ninguna losa vertical, habían dejado un papel que ponía: “Reservado”. ¿A quién esperaban? En otros, sin embargo, no había ya sepulcros, y se utilizaban como casetas donde almacenar material. Las paredes de estos lugares quedaban, por tanto, liberadas de cuerpos que alojar, y se aparecían vacías como estanterías abandonadas de fondos oscuros e impenetrables, como hornos de pan.





En algunos panteones resultaba fácil entrar. Sólo había que tirar un poco de la puerta. Resultaba extraño que algunas de sus puertas, construidas en otro tiempo con todo el lujo posible, se mostrasen ahora cerradas tan solo con un sucio alambre que unía ambas hojas de forma chapucera. Pero no solo la labor del orfebre se detectaba desde el exterior: Todos los panteones tenían su capilla y sus esculturas de ángeles custodios. Daba la sensación de que un escultor, por aquellos tiempos, debía de ganar más aceptando trabajos de este tipo que con encargos oficiales, destinados a ensalzar su nombre como artista.
El cenotafio escultórico más interesante fue uno que encontramos conformado por un grupo de tres esculturas: las que había a los lados representaban dos personajes de la mitología, siendo una Hermes, reconocible por el casco alado, y la otra evidentemente también representativa de algún mito, pero que nosotros no supimos descifrar. La obra representaba a una mujer que portaba una gran pala. Mi amigo, haciendo uso del humor que siempre le ha caracterizado, dijo: “¡Está claro! ¡Se trata de “Palas” Atenea!” Todos aplaudimos su ocurrencia con unas risas poco adecuadas para este lugar en el que nos encontrábamos. Parecía que faltásemos al respeto de un lugar que se presentaba lleno de tabúes. Y no solo era lo que la gente que pasaba pudiese pensar de nosotros, si no lo mal que nos podíamos sentir por dentro.    

Hubo un mausoleo que se nos presentó muy luminoso. Desde fuera, podía observarse como un extraño pedrusco brillante que irradiaba desde dentro haces de claridad. Su fulgor provenía de su inexistente techumbre. Al penetrar en la cripta, descubrimos que parte de la bóveda se había desprendido, quedando el suelo bañado de cascotes maravillosos. A mí se me antojó una “brillante” imagen, la de que el muerto hubiese conseguido escapar de su encierro mediante su ascensión a los cielos. Como el pasaje de la resurrección de Cristo, en el santo Sepulcro. Vinieron a mí unas imágenes procedentes del documental de Julio Caro Baroja “Las cuatro estaciones”. De niño me dejaba fascinado una escena que se desarrollaba de la siguiente manera: durante unas fiestas de Semana Santa, se representa en un pueblo español este momento de las Sagradas Escrituras en el que Cristo es llamado por el Señor para reencontrarse con él. Su cuerpo desaparece del Santo Sepulcro, y este momento sobrenatural es representado de forma que los soldados que custodian el lugar caen dormidos al suelo. Ver a unos soldados caer inconscientes por obra de un milagro me resultaba incomprensiblemente maravilloso, una escena onírica muy buñueliana (aún a pesar de no saber todavía quién era Buñuel).
  
La música parecía cesar durante algunos momentos de la mañana para luego resurgir todavía con más fuerza. Una señora mayor que acababa de depositar unas flores en la tumba de un familiar, se quedó mirando con extrañeza otra tumba que había al lado y que mostraba los signos inequívocos de que su inquilino debió ser masón. En la lápida ponía que falleció a finales del siglo diecinueve. La escuadra y el compás siguen resultando curiosos a día de hoy. A nosotros, los humanos, nos encanta cubrir todo de un halo de misterio, inventárnoslo si es necesario. Forjar leyendas, historias que, de poder elegir entre creerlas o no, preferimos la primera opción. Además de esta tumba masónica, encontramos otra más adelante que lucía un crismón en su lápida. Ese símbolo cristiano precedente al de la cruz, que también se nos aparece ahora como de civilización perdida y milenaria.
Una última tumba digna de mención en aquel día sería la que encontramos en la parte del cementerio más contemporánea. Una tumba kitsch, hecha por alguien que tiene mucho dinero y no sabe cómo invertirlo bien. Alguien con poderes, pero sin gusto. Un hombre, de raza gitana, aparecía en la fotografía incrustada en la medalla que presidía aquella especie de tarta blanca decorada por mil ribetes y toques dorados.
    A la salida del cementerio, un gato gris salió a nuestro paso de dentro de la caseta del vigilante. Se pegaba a nosotros pidiendo arrumacos, alegrándose de encontrarse con alguien vivo aún y que no fuese su dueño.
Pensé en “El entierro de la sardina”, de nuevo acordándome de Goya de paso, haciendo referencia a ese pescado tan suculento para el felino y, cómo no, volviendo a escuchar aquella música pachanguera que hacía de aquello una pantomima digna de los personajes de Gutiérrez Solana.           
Los restos del pintor de Fuendetodos llegaban a la Sacramental desde Francia en un coche fúnebre tirado por caballos y conducido por un hombre adusto que lucia sombrero de copa. Así imaginé el que sería el final del último viaje del sordo genial. Tras el coche, una procesión de pinturas negras hacía de cortejo y callaba murmurando en su masa pastosa de óleo. Cuanto más me alejaba con mis compañeros, más oscura e imprecisa se volvía aquella escena. Finalmente se convirtió ante mis ojos en puro humo gris, dejando como recuerdo el manchurrón que queda en la pared de una chimenea cuando se extingue el fuego.  



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