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LA EXPOSICIÓN VACÍA. CRÓNICA DEL DESASTRE

>> lunes, 17 de diciembre de 2012




Siendo ya un señor licenciado (como pudo serlo ese al que Cervantes llamaba “Vidriera”), echo la vista atrás y viene a mi memoria un suceso aciago que me dio breve e inmerecida fama en la facultad de Bellas Artes. Me convertí en héroe y en enemigo al mismo tiempo y a mi pesar, encontrando polémica allá donde no creía haber provocado nada en realidad. Todo salió al revés por culpa de un acto que en un principio creí coherente. Esta coherencia, por lo visto, solo la veía yo, mientras que los demás encontraban en mí a un delincuente en potencia, poco más o menos. La cosa fue así:
El nuevo vicedecanato de la facultad, dentro de una serie de actividades que había organizado con el fin de regenerar ese interés perdido del alumnado, más preocupado en sacar adelante sus estudios (y algunos, ni eso) que en sentirse miembro de una gran familia universitario-artística como pretendía ser la antigua escuela de bellas artes de San Fernando, organizó una exposición participativa titulada: “La exposición vacía”. La propuesta consistía en que la exposición si abría sin ninguna obra que mostrar, con los muros blancos desnudos. Cualquier alumno que quisiera podía entrar en dicho espacio y, valiéndose de botes de pintura y pinceles, podía pintar lo que se le antojase sobre dichos muros.
Una tarde tras las clases, pasaba yo por allí con Fede, un amigo. Éste, se percató de la existencia de dicha exposición y me propuso entrar a ver lo que se cocía por allí. Una vez dentro, nos encontramos con algunas paredes ya pintadas y, de éstas, nos llamaron la atención algunas “obras” en concreto. A mí, personalmente, me atrajo una que consistía en una esvástica y en un texto que decía así: “esta esvástica es una obra de arte porque está en una sala de exposiciones”. Algo dentro de mí me dijo: “¿Por qué no intervienes sobre esto que estás viendo?” Cogí pintura negra con una brocha y dibujé, sobre la esvástica, lo que pretendía ser el rostro de Rita Hayworth. Sobre el “Heil Hitler” reescribí un “Hi, Gilda!”.
Al día siguiente, comenzaron a suceder cosas extrañas: Gente a la que no conocía me saludaba por los pasillos para proferir amenazas tan inquietantes como “te vas a enterar de lo que vale un peine el lunes”. ¿Qué iba a pasar el lunes? Estábamos a viernes, lo recuerdo perfectamente. Pronto supe el significado de aquellas palabras: alguien que también estaba en la sala me había vigilado mientras realizaba aquella intervención. Ese “alguien” era amigo de aquel que había ejecutado aquella obra sobre la que intervine. La noticia de mi intervención había sido transmitida por el sistema “boca a boca” y ahora me había convertido en alguien más famoso que Duchamp (y digo esto porque ninguno de los que participó en aquella exposición seguramente conocería al francés, no por otra cosa). La noticia había llegado hasta las altas esferas, acabando por  promoverse, en pos del orden social,  una reunión el próximo lunes en el que deberían asistir los “artistas intervencionistas” en cuestión para dar explicaciones (mi amigo Fede también había aportado su granito de arena interviniendo sobre otras obras). Todo esto llegaba a mis oídos por la mañana. Al llegar la tarde, saliendo de una clase, notamos nuevamente un revuelo por los pasillos en relación con este suceso, para mí tan aciago: al parecer, alguien había vuelto a intervenir sobre los muros. Nuestras intervenciones habían sido tachadas, eliminadas, y en su lugar habían aparecido esvásticas gigantes que cubrían las paredes, acompañadas de frases amenazantes hacia mí y hacia mi amigo. La esvástica, había dejado de ser un juguete artístico para convertirse en una amenaza real. Ya no había excusa posible: aquellos artistas que habían disfrazado sus tendencias políticas de obras de arte, ahora se descubrían tal como eran dejando salir su rabia y odio a través de las paredes. Eso, o simplemente eran críos que no sabían ni lo que significaba realmente aquel símbolo y simplemente lo habían utilizado como mera provocación. Según mi opinión, los autores se encontraban más cercanos a la segunda cosa que a la primera.
Algunos de mis amigos, al enterarse, me mostraron todo su apoyo y a algunos les hizo gracia el asunto. Hubo uno, Ricardo, que realizó su propia obra de arte e hizo de ella carteles para pegarlos por toda la facultad en señal. La obra en cuestión, jugaba con la frase de la obra de Magritte, poniendo en su lugar el bigote que Duchamp pintó a la Gioconda y retitulándolo: “Esto tampoco es arte”.


El debate se ponía interesante. El lunes acudí con Federico y unos amigos al lugar del crímen. Allí estaba casi toda la facultad, incluido profesores (hubo uno de sociología que se dedicó a tomar notas de todo lo que pasaba) y responsables del centro. Los autores de la esvástica y de las otras obras eran estudiantes de primer curso. Yo me encontraba por entonces en quinto, lo que me daba cierta ventaja a la hora de construir mi discurso. Lancé al aire preguntas como las siguientes: “¿Qué es arte y qué es gamberrismo?” “¿Por qué consideráis que lo que he hecho estaba mal?” “¡Nadie puso en las normas de la exposición que no pudiese intervenirse sobre lo que ya estaba hecho!” Algunos de ellos argumentaron que lo que habían hecho eran “obras de arte” y que nadie tenía derecho a pintar sobre ellas. “¿Obras de arte? ¿Estamos locos?” pensé yo. Y entonces recordé dónde estaba, en Bellas Artes, allí donde hay más egocéntricos por metro cuadrado que en ningún otro lugar de Madrid. Después del “yo, yo y yo” cabe además otro yo. Entonces dije: “¿Llamáis obras de arte a aquellas que se realizan en una exposición que es de todos y sobre paneles que después se van a volver a repintar de blanco? ¿Vosotros habláis de obras de arte, que estáis en primero y que os estáis formando? ¿Y qué vais a dejar cuando tengáis cuarenta años? ¡”Obra de arte”, qué tres palabras más imponentes!” Para terminar de tocarles en su fibra sensible, mencioné a los Hermanos Chapman y sus obras en las que repintaban sobre grabados originales de Goya. ¿Son ellos unos delincuentes? ¡Por lo visto, a ellos les pone en un pedestal la crítica y a mí me ponen en mitad de un juicio sumarísimo. Para demostrar la catadura cultural de la que estaban hechos aquellos personajes, diré que uno de ellos me contestó: “¡Hermano Chapman tu puta madre!”. Por último, empleé el argumento que antes he mencionado, aquel en el que las esvásticas son utilizadas como amenaza y dejan de ser ya una “obra de arte” como ellos decían. El autor de la esvástica, al que también puse cara en aquel lunes, era un triste punky al que sus padres tenían que haber puesto en su sitio cuando niño, y no lo hicieron.
Otra de las cosas más curiosas de aquel día fue que, un amigo erasmus judío, había pintado cerca de algunas esvásticas la cruz de David, en señal de protesta y reivindicando su origen por encima de intolerancias.  

El resultado fue que todo quedó en agua de borrajas. El debate se disolvió sin conclusión final, aunque mucha gente me dijo que la gente había acabado poniéndose de parte mía. Víctor Zarza, uno de los profesores que había asistido a dicho debate, me dio la mano y me felicitó por lo que había hecho aquel día. ¿Y qué es lo que había hecho yo? Como he dicho al comienzo, tratar de ser coherente. Hubo quien me tildó de “revolucionario”. ¡Yo, que trato de alejarme de follones siempre que puedo!
Cada vez que me acuerdo de aquel día me hace gracia pensar cómo la libertad creativa, al parecer, puede ser censurable en casos concretos por aquellos que se atreven a dibujar esvásticas dentro de una sala de exposiciones.  

2 comentarios:

ignatius 28 de diciembre de 2012, 6:49  

¡Qué tiempos aquellos! XD
Creo que a tú crónica le ha faltado aludir a la encíclica sobre el holocausto que soltó cierta top fe...model.
Fue un malentendido constante que se iba agrandando según participaba más gente (Andrés no podía fallarnos). "El juicio sumario"fue un disparate.
Y pese a todo, como siempre, no hubo ostias.
PD: Como conversé un día con él te puedo asegurar que, sin lugar a dudas, el más intolerante era el judío.

nosoydali 28 de diciembre de 2012, 8:57  

Pues sí, fueron tiempos de esos para rescatar en un diario juvenil o recordar y contar después a nuestros nietos (a falta de guerras, buenas son anécdotas bohemias)

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