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LA VISITA A UN FAMILIAR

>> martes, 25 de diciembre de 2012




Y allí estaba yo, una tarde de diciembre, en un piso diminuto del casco histórico de la ciudad, con alguien que podría ser habitante histórico y declarado por patrimonio, además, bien de interés cultural. Era tía de mi madre y, desde hacía ya bastantes lustros, había dejado de pertenecer a la familia, o así lo parecía por el desinterés que mostraban hacia ella todos sus parientes. Todos menos yo. Aunque, una vez pasados diez minutos en su compañía, comenzaba a comprenderse el ostracismo al que la habían condenado.
Aunque tenía ya una edad que rondaba los noventa años, poseía una vitalidad que la permitía vivir sola, sin necesidad de nadie que la cuidara. El interés que despertaba mi tía en mí venía de su pasado, puesto que su presente resultaba bastante decepcionante. No obstante, ella trataba de volverlo atractivo, pero cualquier anécdota que te contara referente a su actualidad podía haberse contado o no. Daba igual. Prescindible, intrascendente, inútil… Estas son solo algunas palabras con las que definir la aburrida monotonía en la que vivía. Yo acudía a verla por un sentimiento no de piedad (¿Quién soy yo para sentir piedad, para “tolerar” o “soportar” a alguien? Que yo sepa, nadie me ha concedido el privilegio de ponerme por encima de cualquier persona y subir o bajar mi dedo pulgar como un césar en un circo romano) sino de familiaridad. ¡Algo tenía que unirme a esta persona, no podía dejarla de lado como hacían el resto de personas a las que pertenecía dentro de mi árbol genealógico.
Una vez, tratando de sonsacarle cosas del pasado, me mostró una fotografía en la que se representaba un “Belén” de hace cincuenta años, montado en esa misma casa, en ese mismo salón. La fotografía era en blanco y negro y su tamaño era tan diminuto que tuve que hacer uso de una lupa para tratar de discernir lo que en aquel escenario se había dispuesto: allí estaba el portal de belén, el castillo de herodes sobre unas montañas, el río correspondiente, los pastorcillos, las casitas de corcho, el papel con el paisaje pintado y las estrellas de cartón clavadas…
Tras unos cuantos días de pesquisas, comencé a descubrir en la fotografía elementos nuevos: en el portal de Belén había unos músicos, con sus panderetas, sus gaitas, sus flautas… ¡sus guitarras y sus flamencos bailando ante el niño! ¡Menudo barbarismo, menudo anacronismo! Lo mismo que cuando se pone al “caganet” con su barretina o la nieve correspondiente cayendo sobre una tierra que, más que ser desértica, era todo un vergel.
El día en el que comenzaba este relato, como ya hemos dado a entender, era día de Navidad. La tía me había dado una grata sorpresa y había vuelto a montar ese belén  que desde hace cincuenta años ya no se había vuelto a montar. No tardé en darme cuenta que aquel belén no era aquel que figuraba en la fotografía. Las figuritas, las casas, todo cuanto conformaba la escenografía, había sido regalado a vecinos, amigos y parientes. El belén que la tía había montado era alquilado. “¿Quién te ha dejado todo esto, tía?” le pregunté. “Lo he comprado en el mercado de Navidad de la Plaza Mayor.” La tía había tenido un detalle conmigo, como en señal de agradecimiento por ser el único familiar vivo que todavía acudía a visitarla (sin decírselo a nadie, en absoluta clandestinidad). “Los belenes napolitanos, esos sí que eran bonitos…” dijo la tía. Se notaba que las figuritas del antiguo belén fotográfico eran de peor calidad que las que ahora había comprado. No obstante, eran más cálidas que las actuales. Lo de antes parecía un belén humilde hecho con amor. Lo de ahora parecía todo menos algo navideño, por extraño que parezca. “Le pedí al hijo de la portera que me ayudase a montarlo, yo ya no sirvo para esto”. Al parecer, el “artesano” belenista no había montado nunca un belén, y eso se notaba en el montaje: algunas figuras aparecían en escenarios que no les correspondían, y algunos escenarios se unían a otros sin ningún sentido: así, por ejemplo, el castillo de Herodes se había situado frente al portal de Belén. ¿Se imaginan que Herodes hubiese tenido frente suya, como vecino, al Mesías que quería eliminar de la faz de la Tierra? ¡Qué forma más fácil de solucionarle el conflicto!
Le propuse a mi tía volver a recolocar el belén, pero tratando de ser más cuidadoso. Comencé por ocultar las partes en las que el “papel montaña” dejaba ver su reverso color de plata. Luego, escondí mejor los cables eléctricos que daban luz a las casas. Seguí poniendo más atrás las figuras más pequeñas para que la distancia las proporcionase respecto a otras más grandes. Por último, eché más serrín en el suelo del escenario para ocultar las partes del mantel que cubría por debajo la mesa. Una vez hecho todo este trabajo, recoloqué algunas casas (el molino y el castillo los puse arriba, en la montaña. Curiosamente, aparecieron figuras que representaban otros momentos de las Sagradas Escrituras: la Virgen subida en el burro y San José tirando de él, representando la “Huída a Egipto”, los oculté en cierta forma para no mezclar diversos momentos de la Historia en el mismo tiempo.
Con todo esto, concluí la obra de ingeniería. Me separé para verlo a cierta distancia y comencé a conformar mi propia historia dentro de mi cabeza. Cambié mi tamaño por el de uno de aquellas figuritas y comencé a pisar sobre el serrín por el que ellas caminaban. Lo primero que hice fue pasar por delante de la cueva de los pastores. Estos, se encontraban presenciando la aparición del ángel, el cuál les avisaba del nacimiento de Cristo. Me “sentí”, como ellos, espectador privilegiado, y me “senté” cerca de la hoguera, para aprovechar su calor (mi sitio estaba justamente, entre el pastor tumbado y el pastor que, medio arrodillado, señalaba al ángel. Después, advertí que en el fondo de la cueva había un lago, y me zambullí en él esperando ser cazado, como si fuese un emperador, por un pastor pescador despistado que no había sido consciente de que sus compañeros acababan de recibir la visita del ángel. El pescador, que era una figurita de barro pero no era tonto, me dijo que me saliera de ahí, que le espantaba la pesca. Yo le dije que ahí no había peces, y que ese “lago” era en realidad un trozo de cristal que simulaba ser una superficie de agua. Él, que no estaba dispuesto a salirse de su dimensión ficticia, hizo caso omiso de mis palabras de artesano belenista y me obligó a salir por la fuerza de allí. Al salir de la cueva, me percaté de que los pastores ya no estaban allí, que se habían ido con sus ovejas a buscar el portal de Belén (el cuál se encontraba a medio metro de la cueva en la realidad, pero a varios kilómetros en la ficción. Mientras caminaba, no miraba al suelo, y esto me hizo caerme de la mesa en la que estaba puesto el belén. Aquí, por contradecir a Galileo, la Tierra sí que era plana (por lo que también había un finis terra). El gato de la tía me encontró husmeando por el suelo y me recogió con su boca. Yo grité desesperado “¡auxilio!” pero mis gritos eran tan diminutos como yo, y nadie me escuchó. Ni siquiera yo mismo, mi otro yo, que me encontraba a escala real imaginando todo esto ante el belén, me percaté de aquella escena que paradójicamente había imaginado. Afortunadamente, mi tía sí se dio cuenta de la travesura de su felino y me recogió, creyéndome figurita, para meterme en un bolsillo de su albornoz. La gracia de todo esto es que yo, en mi vida imaginaria de figurita, iba disfrazado de soldado romano, y la tía me confundió con un soldadito de plomo. Acabó poniéndome en una vitrina de la entrada de la casa, donde había réplicas de figuritas de tropas francesas, alemanas e italianas. Allí estaba yo, encerrado en un lugar extraño, esperando que alguien me liberase. Por desgracia, el “yo” real no tenía ninguna intención de rescatarme. Es más, construí una nueva historia para un nuevo “yo” imaginario, dejando al anterior prisionero de por vida en la cárcel de mi imaginación.

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