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“PIOJOS EN COSTURA”. UNA OBRA DE CÁSCARA ROTA

>> lunes, 3 de diciembre de 2012



Si tuviese que buscar un principio para la historia que ahora voy a pasar a contar, creo que acabaría perdiéndome en la noche de los tiempos. ¿De dónde surgió la idea que acabó convirtiéndose en una obra de teatro como la que este pasado domingo 2 de diciembre tuvo lugar? Sería más fácil comenzar desde mi propio punto de partida. El principio fue el siguiente: Yo estaba una tarde en casa (creo que era viernes). Sonó el teléfono. Era mi amigo Javier Ramírez. Este año se encuentra cursando un master de teatro en la complutense. Estuvo hablándome durante un rato acerca de las obras que se encontraba leyendo por petición expresa de sus profesores: Calderón, Brecht, Buero Vallejo, Pirandello, Chejov… una lista interminable. Yo le comenté que me encontraba leyendo “El teatro y su doble” de Artaud. Entonces, de estas dos historias, surgió una nueva en la que los dos tomaríamos parte: me pidió asesoría para “reciclar” el último texto que su grupo de teatro, “Cáscara rota”, acababa de representar. Su título era “Nada” y era una obra que a su vez había ido evolucionando desde el mismo momento en que nació. De un mismo texto y de una primera forma de representarlo surgieron distintas variaciones que se fueron sucediendo en el tiempo. Cada nueva puesta en escena, cada nueva presentación de cara al público, era una historia diferente aunque, en su concepto, apenas había variado. Pero no solo la historia cambiaba, sino también sus actores y su “director”. En conclusión, creo que podría definirse como un mecanismo de “rotación”. Tales precedentes me hicieron reflexionar acerca de la envergadura del asunto. Por un lado, me sentía halagado. Contaban conmigo para reflexionar acerca de su trabajo. Al parecer, habían considerado que yo era lo más parecido a la figura de un escritor que conocían. Por otro lado, no sabría si sería capaz de dar la talla, de estar a la altura de las circunstancias. Conozco el trabajo de “Cáscara rota” bien de cerca. He sido un privilegiado al poder estar al tanto de cada una de sus gestaciones como grupo teatral. Su trabajo es bien interesante y siempre les he admirado. No quiero que esto se convierta en un elogio descarado. Sólo diré una cosa más: resultan interesantes tanto como grupo teatral como por separado, cada uno desde su ser, como individuos. Dicen que los “raros” tendemos a atraer a más “raros”. Que entre nosotros nos entendemos. Yo he aprendido mucho de ellos (y espero haberles sido útil yo también de algún modo). Inevitablemente en parte tiene la culpa de cómo soy en la actualidad. No sé qué pedacito habrán aportado dentro de mi configuración humana. He coincidido con ellos en mi camino y ahora avanzamos juntos hacia no sé qué destino ni por cuánto tiempo. Espero que tarden en irse de mi vera.
Hubo un tercer factor que me decidió aceptar la propuesta: siempre había querido trabajar con ellos. Es cierto que ya anteriormente habíamos colaborado unos con otros en pequeñas propuestas. Todos venimos de Bellas Artes. Allí nos conocimos, allí trabamos amistad. Un amigo nos presentaba a otro que era su amigo y a la vez este amigo suyo acababa haciéndose también amigo propio. Así, hasta llegar a ser una gran familia. Ahora, todos podíamos decirlo de manera pública, con una excusa teatral.
Comenzamos a quedar en una nave que habíamos alquilado en Nueva Numancia, por Puente de Vallecas. Allí preparamos diversas sesiones de tormenta de ideas. De cada una de ellas, yo me llevaba un saco repleto de sugerencias y elaboraba un texto que tratara de amalgamar todo lo recopilado. La cosa fue creciendo y, de una historia, surgieron varias. ¿Y qué hacer con todas ellas? ¿Cómo amalgamarlas? Pues tan sencillo como alojarlas a cada una de ellas en la habitación de una casa. Una casa de cuento, de esas de tejado de dos aguas y tres pisos de altura (buhardilla incluida). Una casa con una dueña real, Carmen, todo un personaje literario. Carmen, casualmente, es la tía de Andrea, una de estas “caras” amigas (que diría ese italiano tan querido por ella) de las que puedo presumir. Para mortalitos como yo a los que les da pereza sacarse el carnet de conducir, si quieres llegar hasta la “Casa de la Tía” debes de coger un tren que te lleve hasta la estación de Pozuelo. Una vez allí, has de salirte de la “civilización” y llegar hasta una urbanización en la que dicen que vive gente pero cuesta un poco encontrarla. Se respira silencio y se siente una especie de sensación que parece decir: “siéntete protagonista de tu propia aventura”. Para un caminante, la soledad es siempre compañera de viaje, desde el punto de salida hasta el de llegada. Tras una especie de intuición propia del explorador, siento que he llegado a mi lugar de destino. Debe de uno sentirse seguro de que va a llegar allí donde se ha propuesto ir, uno nunca debe de dudar ni mostrar flaqueza. ¡Seguro que esta es la ruta, que no me he salido ni un ápice de ella!
Si en lugar de ser actor resulta que eres espectador y quieres llegar puntual el día de la representación, procura aprenderte bien el mapa. No hay isla del tesoro pero sí casa de la tía. No hay piratas pero sí personas que temen ser desterradas. Todas ellas viven allí, habitan cada uno de esos tres pisos. A la hora en la que se ha citado al público, ya es noche cerrada. Las 19:30, marca el reloj del que también cree, con la misma seguridad del explorador-actor, que ya ha llegado al final del camino. Mira a través del portón y ve un jardín que precede a la vivienda. El camino de tierra llega hasta ella y pueden adivinarse algunas siluetas a través de los cristales iluminados desde el interior. Alguien recuerda la casa del terror de un parque de atracciones. La madre de Norman Bates puede ser aquella que se pasea de perfil por delante de la ventana del segundo piso.
El dedo pulsa el timbre y una voz pregunta: “¿Viene usted por lo del piso, verdad?” El explorador-espectador contesta que sí. Tras un ruido eléctrico, la puerta de la verja se abre casi a la vez que la puerta de entrada de la casa. Allí está Ricardo (personaje interpretado por Adrián) que va recibiendo, en calidad de agente inmobiliario, a los interesados en alquilar ficticiamente alguna de las habitaciones de aquella casa. Una vez dentro de la casa, los “interesados” más puntuales han de esperar en el vestíbulo a que el resto de invitados lleguen por fin y pueda comenzar la visita teatralizada. Ricardo-Adrián debe aquí sacar el máximo partido a su capacidad de improvisación, tratando de mantener entretenido al público con su mejor herramienta: el humor. Cuando la lista de asistencia se completa, el agente inmobiliario comienza a mostrar la casa: primero se atraviesa un pasillo que conduce a las escaleras. En dicho pasillo hay una cocina. En ella se encuentra Azucena (personaje encarnado por Lara), la primera de todos los personajes que el público conocerá (la primera de una larga lista de nombres de plantas). Ella vive en este espacio, y ha ideado una forma de integrarse en él: confeccionando un vestido de cuadros blancos y azules a juego con las baldosas de las paredes. Así, nadie notará su presencia, nadie sabrá que hay un inquilino más, un polizón a bordo. La siguiente habitación será un pequeño cuarto de baño. En él viven “Las Marquesas”. Con este apodo denominan el resto de inquilinos a Hortensia y a Rosita (interpretadas por Carmen y Pilar), dos mujeres ya mayores que, a pesar de encontrarse a “dos velas”, no pueden evitar dejar de aparentar lo que una vez fueron y ya nunca más serán. El público observa cómo suena el despertador dentro del baño, cómo “las Marquesas” se despiertan y comienzan a realizar sus acciones cotidianas: se lavan, hacen sus necesidades, realizan sus ejercicios matutinos (todo con una mímica que acaba resultando grotesca debido a que apenas hay espacio para todo ello y deben de encontrar la forma de adaptarse con sus cuerpos y sus movimientos) y se marchan a comer a comedor social vestidas con sus mejores galas.
En el piso de arriba hay tres habitaciones a escoger y un baño para usar como comodín. En él se encuentra Abedul (papel realizado por Santi), un hombre vestido de árabe y metido dentro de una gran bañera. El espacio ha sido reciclado y adaptado como lugar para la relajación o meditación. Como iluminación, unas velas situadas en algunos puntos. Abedul registra los pequeños sonidos del espacio (goteras, agua) en un magnetófono, coleccionándolos para crear una sensación atmosférica llena de los ecos de la casa.
De las cuatro puertas de los cuatro habitaciones, solo una se encuentra entreabierta e, inevitablemente, la gente más curiosa penetra en ella. En un primer momento, parece que no hay nadie en ella. Al poco, una cabeza asoma por el agujero de una manta en una cama que parecía vacía. Se trata de “Margarita, la mujer colchón” (interpretado por Andrea). Ella es la inquilina más antigua de la casa. Envejecida por el paso de los años, nunca salió de aquella habitación. La casa pertenecía a sus padres, que tenían un negocio de flores. El jardín de la casa se encargaba de mantenerlo Ricardo, que había sido contratado por ellos. Los padres, al morir, dejaron la herencia a Margarita, que incapaz de encargarse de sus obligaciones decidió dejar que todo acabase cayendo por su propio peso encerrada en su habitación, recluyéndose del mundo. Temerosa de que cualquier día menos esperada vinieran a embargar la casa y a desalojarla, había ideado un sistema para camuflarse dentro de la habitación: escondiéndose dentro del colchón de la cama (una actitud parecida a la de Azucena). Lo que ella no sabe es que Ricardo, que la ama, se ha hecho cargo de las tareas de las que ha renegado Margarita y ha conseguido, hasta ahora, evitar que el barco se fuera a pique. Margarita, en su confusión, confunde al público con todos esos héroes anónimos que, día tras día, evitan desalojos reales en un mundo al que ella ha dejado de pertenecer por voluntad propia. “Margarita” ha decidido dejar de hacer, aunque todavía no dejar de ser, como “Bartleby el escribiente”.
En otra de las habitaciones viven Violeta y Jacinto, una pareja de recién casados que no tiene con qué pagar el alquiler que les ha pedido Ricardo y buscan a una persona, entre el público, que se ofrezca a convivir con ellos. Así, con el dinero de un tercero, todo estará solucionado. Una solución un tanto difícil de asumir por parte de la pareja, pero que no le queda más remedio que afrontar (en ausencia de una idea mejor) recurriendo al instinto de supervivencia.                
En la habitación numero tres viven “Clavelito” (encarnado por mí) y otro al que todos llaman “cariñosamente como “El capullo” (interpretado por Javier). “Clavelito” es un tipo optimista y sonriente que apenas es consciente de la realidad en la que vive. Tiene trabajo pero no cobra por él. “Clavelito” hace todo lo que puede para hacerle agradable la vida a “el capullo”, de naturaleza pesimista. La actitud de “El capullo” no es gratuita: lleva en paro largo tiempo, pero paradójicamente lo que cobra de subsidio de paro es lo que hace posible que tanto él como “Clavelito” puedan pagar el precio que Ricardo les pide por su habitación. Son unos personajes muy “Becketianos”, muy de “Fin de partida”. La convivencia es bien complicada, pues “El capullo” no soporta la actitud de “Clavelito” y “Clavelito” no consigue contagiar sus “vibraciones positivas” a “El capullo”.
Por fin, el público llega a la buhardilla. Allí viven dos personajes rescatados de “Luces de bohemia”: Madamme Collete y Claudinita, viuda e hija del poeta Max Estrella. Cuando Ricardo llega con el público arriba, descubre que ambas se han suicidado al no poder hacer frente a las deudas ya contraídas por Max. Poco a poco, los inquilinos van subiendo desde sus habitaciones para hacerse eco de la funesta noticia. Pronto llegarán las lamentaciones, seguidas por una realidad: Con dos personas menos, ya no van a ser capaces de poder sustentar económicamente la casa. ¿Qué hacer? Mirar al público y tratar de convencerles para que se queden allí… mientras “Las Marquesas” deciden por su cuenta y riesgo mudarse de su habitación a ésta, que es más cómoda y es más acorde a personas de su clase social…
Toda esta sátira agridulce se convierte en espejo de una realidad actual derivada de la crisis: el embargo cada vez más extendido de viviendas a sus habitantes, incapaces de hacer frente al coste de éstas.
“Piojos en costura” es también reflejo de un teatro contemporáneo cada vez más extendido. Un teatro en el que desaparece el escenario y en el que el público se acerca a los actores, convive con ellos en su mismo espacio. Un teatro donde la cuarta pared es derrumbada.

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