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SUSTANCIALES DIFERENCIAS

>> domingo, 30 de diciembre de 2012




Anton Bruckner

En más de una ocasión, escuchando a Bruckner, me he preguntado sobre la extraña sensación que me sugerían sus evocadoras composiciones. Me refiero al Bruckner de la época en la que decidió abandonar la música religiosa para entregarse a la composición megalómana. La mejor definición que he encontrado en mi mente ha sido la siguiente: “Lo que hubiese hecho Wagner de haber realizado sinfonías”. Y es que Bruckner dejó de ser el mismo tras escuchar la ópera “Tristan e Isolda”. Las sinfonías de Bruckner inspiran los últimos paisajes románticos, aquellos influidos todavía por Friedrich. Vastos dominios de frondosos bosques, interminables montañas que apenas dejan percibir más allá de sus fronteras, ríos caudalosos que llevan el agua a diferentes pueblos perdidos en la inmensa geografía germana, donde apenas la civilización puede contarse mas allá de veinte personas por lugar habitado (y donde todos los habitantes se conocen entre ellos). Bruckner canta al misterio y a la grandiosidad de la Naturaleza, siempre desde la sencillez y austeridad de un hombre humilde, que vivió previamente encerrado por voluntad propia entre cuatro paredes en las cuales se entonaban himnos a Dios. Volviendo a Wagner, quizá Bruckner represente lo mejor del compositor de “Tanhausser” o “Parsifal”. Las inmensas óperas wagnerianas fueron concebidas sin duda para un público que invertía sus tardes en el teatro, teniendo la música como único ocio cotidiano. A medida que han pasado los años (y los siglos) la gente ha convertido su vida en un complejo tangram compuesto de diversas piezas que apenas le permite entregarse al descanso, a la delectación o a la meditación. Ahora resulta casi imposible asistir con tranquilidad al relato de un mito tradicional nórdico. Wagner y su “Obra de Arte Total” cada vez se vuelve más complicada de digerir en su totalidad. Sus interminables pasajes donde los personajes, más que cantar, recitan y recitan textos inconmensurables, hace que el público, al cabo de un rato, comience a ser consciente del lugar en el que se encuentra, abstrayéndose de la ficción que se le ofrece y sintiendo la incomodidad de una dura butaca, de un espectador que no puede evitar toser o de una espalda que le pide cambiar de postura a gritos.
A Wagner se le recuerda desde la memoria del melómano por sus pasajes de preludios y oberturas. Aquellos pueden entonarse perfectamente y representan la esencia de la totalidad musical de la obra en cuestión.
Bruckner nos habla de esos preludios y de esas oberturas donde la voz humana no existe, tan solo la voz sobrenatural que creó al humano y, con ello, su voz humana.


Pintura de Friedrich



Estos paisajes postrománticos nada tienen que ver con esos otros que pintaría Otto Dix de trincheras tiempo después, habiendo pasado ya una Primera Guerra Mundial y presentando una Segunda, la cual sí que dio de lleno a Alemania. Dix contraría después que se vió obligado a pintar paisajes tras ser repudiado por el régimen nazi al negarse a pintar cuadros oficiales para su causa. Estos paisajes realizados por Dix pretenden ser placenteros como los contados por Bruckner, pero en ellos no hay sino resignación: resignación de un pintor que ya no puede pintar lo que quisiera, cuya obra pasada en parte ha sido pasto de las llamas por considerarse “degenerada”. ¡Si los alemanes consideraban ya parte de las pinturas impresionistas como “degeneradas”, habría qué imaginarse lo que pensaban de aquellas otras posteriores, obra de los expresionistas, mucho más personales y desgarradas que aquellos cuadros ingenuos de Auguste Renoir!
Con Dix murió una época y nació una nueva. Él vivió los convulsos años treinta, momento de vanguardias y auge de totalitarismos, quizá auspiciados precisamente por grupos rompedores como el “futurismo”. Todos aquellos prostíbulos retratados por Dix desde su “New objetivity”, en los que se mostraban prostitutas a cada cuál más desagradable, hombres tullidos (víctimas de la Primera Guerra) pagando por ellas e incluso algún que otro cliente con más intención de asesinarlas que de pagarlas tras el acto sexual, desparecieron. Los ambientes exóticos occidentales como cabarets, salas de jazz, hablaban de una vida de desenfreno y diversión, la cual muchas veces cegaba a quienes participaban de ella, impidiéndole ver lo que en el mundo se estaba gestando. Tras los años cuarenta, ya nadie podía mirar al mundo con esa ingenua pureza bruckneriana. Todo cambió: la música, la pintura, la literatura, la arquitectura… Y es que, el mundo, cada vez avanzaba más rápido y presentaba más cambios. Todo parecía ir más rápido mientras las personas (de nuevo, una paradoja) vivían más.


Pintura de Otto Dix


Cada vez más lo anterior se volvía exótico, siendo por ejemplo una composición de Beethoven más una pieza de museo que un deleite. El hombre parecía tener cada vez menos capacidad para “sentir”, siendo cada vez más una máquina (una máquina “perfecta”). Así todo parecía volverse cada vez más mecánico.
Lo que más me preocupa es esa ausencia de replanteamientos, esa no necesidad de “renacer”. Cada vez más miramos hacia delante sin valorar lo que dejamos atrás. Como en “Viaje a la luna”, parecemos  ese cohete que solo puede tener como destino estrellarse sobre el ojo del astro: y ese ojo somos nosotros mismos.

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