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UNA MEDITACIÓN

>> viernes, 7 de diciembre de 2012



Como ya venía haciendo desde hace tres semanas, una nueva tarde me dirigía hacia el bosque. Había recogido todos mis aperos pictóricos del taller, cerrado la puerta a cal y canto y escondido la llave bajo el peñasco de la entrada (a falta de alfombrilla, como en las películas americanas). Crucé las últimas calles del pueblo, pasé por su puente de piedra y llegué al otro lado del río dispuesto a desaparecer de la civilización escondido entre una tupida masa de árboles. Serían las cinco, más o menos. Si la vida en los pueblos es ya de por sí tranquila, imagínense lo que supone habitar el silencio de sus afueras, de sus campos.
A pesar de los rastros de civilización (postes eléctricos, carreteras apenas transitadas), aquel paraje me resultaba bien sugerente para trabajar. Como si no tuviese bastante con el goce de la vista, me daba por ponerle partitura a lo que me rodeaba, incrementando así mis sensaciones más inexplicables y recónditas, fomentando una atmósfera idónea para el oficio de pintor. Mi exagerada imaginación había tenido a bien en otras jornadas imaginar allí paisajes de Monet, Corot y Van Gogh. Explotando al máximo el escenario, incluso había sido capaz de rememorar el primer movimiento de la Sexta Sinfonía de Beethoven, la conocida como “Pastoral”, un día en el que un rebaño de ovejas bajó de la montaña para rodearme con su olor, ruido y curiosidad (la curiosidad del conjunto de sus integrantes, que olían, mordisqueaban y miraban todo lo que se les presentaba como nuevo en mí). Ese mismo día, también, salió a mi encuentro un corzo perdido, que desde la orilla del río me miraba con más miedo que interés.
Esa tarde, buscando nuevos caminos que transitar, encontré el lugar que elegí como preferido para futuras ocasiones: al fondo del bosque, surgía un claro a su derecha. Para llegar hasta él, había que atravesar el cauce del Aguisejo, ahora seco y solo inundado por piedras. Si uno se ponía a observar el camino trazado por el río, observaba que en partes había más agua, en otras menos, que en algunas su caudal desaparecía violentamente por arte de magia, y que más adelante volvía a surgir para perderse kilómetros abajo. El claro al que me he referido, tenía como fondo, en una elevación de terreno, un ex convento fundado por los franciscanos siglos atrás, y que desde el diecinueve había quedado abandonado debido a las desamortizaciones promovidas por el gobierno. Quedaban en pie tan solo su fachada frontal y un par de muros con alguna bóveda a medio derribar. Este fondo de telón en dicho paisaje produjo en mí una serie de recuerdos lejanos que traté de evocar con la tranquilidad que da tener todo el tiempo del mundo, y con el miedo a la vez (si estas dos sensaciones pueden darse a la vez) de poder perder en cualquier momento, por una traición de la memoria, esta rememoración tan proustiana. Recordé así lugares de mi infancia plagados de musicalidad. Vino a mi cabeza una música que casi había olvidado dentro de mis ficheros actuales: “Una meditación” de Massenet. Imaginé un cuadro en el que un pintor, con las últimas luces de la tarde, trataba de reflejar en su lienzo el lugar en el que se encontraba. Imaginé cómo todo ese paisaje que le rodeaba le envolvía con sus colores, con su aire y su bella luz. Hay obras dentro de la historia de la música que han sido compuestas por parte de sus autores sin saber en muchos casos, que van a convertirse en obras maestras. Los compositores no son conscientes de lo que están creando y, curiosamente, una vez que llegan a la conclusión, no son ya capaces de volver a repetir tal hazaña. Ninguna cosa que puedan escribir podrá igualarse a lo ya hecho. Solo pueden, con esto, retirarse de su oficio, asumiendo la realidad. Tal pudo ser el caso de Vaughan Williams con su  “Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis”, Samuel Barber y su “Adagio para cuerdas”, la “Romanza” de Bacarisse, el “Canon” de Pachelbel, el “Adagio” de Albinoni o la “Meditación” de Massenet.
Con esta extraña capacidad sinestésica que se me presentaba en los momentos más inesperados, dejé caballete, pinturas, paleta y agua sobre el suelo, invadido de plantas secas. Me senté, cerré los ojos e imaginé lo que segundos antes habían visto mis ojos, unido a la música también proveniente de su recuerdo, y sentí con todas las partes de mi cuerpo dónde me encontraba. Como si fuese una especie de pulpo que clava sus tentáculos donde puede y comienza a succionar una especie de energía vital, dejé de pensar y comencé a dejar llevarme por las sensaciones. Sentí entonces la presencia de mi corazón, hasta entonces olvidado, que estaba siendo afectado por algo imposible de describir. Y fue solo cuando la música llegó a su cénit, justo cuando el último rayo de sol cayó, cuando una furtiva lágrima asomó por entre mis párpados y supe que era feliz. Hay pocos momentos en la existencia dignos de ser revividos, y muchísimos dignos de ser olvidados, por su origen doloroso. Lloré, lloré conmovido por la música que rememoraba, por tener la oportunidad de estar donde estaba (un lugar que, visto desde fuera, podría incluso pasarse de largo por el inadvertido caminante). Recobrada ya la conciencia de la racionalidad, volví a pensar en el momento que acababa de vivir y pensé que el ser humano podía presumir de unas pocas virtudes, y que tal vez esta sería una de ellas. Había sacado lo mejor que había en mí y lo había compartido con la naturaleza. La música era otra de esas cosas que enaltecían al ser humano, que lo hacían digno de vivir en este mundo, porque había aprovechado su existencia para algo loable y bueno.
¿Cuánto tiempo había estado en esta quietud, inmerso en este sosiego? Habían pasado cuatro horas y ni me había dado cuenta.
Me dispuse a desandar lo caminado y volver de nuevo al taller para dejar las cosas, para dar por concluida una jornada más dentro de este mes de Agosto en Ayllón.

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