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ANGÉLICO

>> miércoles, 9 de enero de 2013




Sucedió durante la Navidad. Los dos hermanos estaban con su cuidadora, matando los ratos, ya de por sí muertos, haciendo uso de su imaginación. Porque no era aquella jovencita de apenas veinticuatro años la que se encargaba de dirigir a los niños, si no más bien ellos los que decidían dónde había que poner la tilde y dónde el punto. Eran niños absolutamente creativos: Angélico, tres años mayor que su hermana Marcela, era el más peligroso de los dos, pues era el que conseguía convencer a su hermana de que sus ideas eran mejores.
Un día llegó una caja de tamaño considerable a la casa. Los padres habían mandado a los niños, durante su ausencia por viaje de negocios, una colección de prendas a modo de anticipo de regalos de reyes. Ellos no iban a ser menos que sus majestades, y así se lo demostraban año a año a sus hijos. Isabella firmó el recibo, despidió al cartero y se dirigió por el pasillo hasta el comedor, depositando sobre la mesa la gran caja. Una vez hecho todo esto,  llamó a  los niños, que se encontraban en sus habitaciones, para que acudieran a disfrutar del regalo. Cuando llegaron, quedaron como extasiados: “¡Qué bonita caja!” parecían decir aquellos cuatro ojos. Isabella les conminó a abrirla, pero ellos parecían no escucharla. “¡Es… como un pájaro!” dijo Angélico. Isabella le dijo: “¿Qué es como un pájaro?” Angélico soltó lo siguiente en respuesta: “¡Pues qué va a ser! ¡La caja!”
Desde aquel día, Angélico esperaba que la caja quedase por fin vacía, esto es, inútil, para convertirla por arte de artesanía en dos grandes alas. Isabella, una vez enterada del deseo de Angélico, hizo todo lo posible para hacerlo realidad. A Marcela también, poco a poco, le fueron entrando ganas de ver convertida aquella caja en un bonito disfraz. Sí, esa era la palabra para definir lo que pensaba Marcela: “disfraz”. No obstante, Angélico no veía exactamente en aquel proyecto un disfraz. Un par de tardes tardaron Isabella, Marcela y Angélico en destrozar aquella caja para metamorfosearla en dos grandes alas de cartón blanco. El resultado fue mejor de lo que Isabella y Marcela esperaba. No así para Angélico, cuyo diseño mental coincidía a la perfección con el que finalmente salió de entre tanta tijera y pegamento.
Una noche, Angélico llamó a su hermana Marcela a su cama. La niñita salió de entre sus sábanas para reunirse en la cama contigua con su hermano.
-         ¿Te gustaría volar, Marcela?”
-         Muchas veces he soñado que volaba, pero sólo en sueños…
-         ¿Te gustaría, sí o no?
-         … Bueno…
-         ¿Cómo que bueno? ¡Tienes que tomarte esto en serio!
-         ¡Bueno, sí! ¿Pero cómo?
-         … Pues… ¡con las alas!
-         ¿Con las alas de cartón?
-         ¡Sí, exactamente!
-         ¿Tú crees que podremos?
-         Las he estado retocando esta tarde, mientras tú estabas en los columpios… Ahora tienen un mecanismo con el que las podemos hacer volar…
Angélico tenía pensado marcharse de casa volando. Irse muy, muy lejos, en busca de aventuras que le apartasen de la monotonía en la que sentía estar viviendo. Marcela también quería, pero había un problema: solo había dos alas.
-         No te preocupes. ¡Primero me iré yo, y luego, mandaré a las alas de regreso para que te recojan y vengas a mi lado!
Marcela creía en la autosuficiencia de dos alas de cartón, pero no creía en el plan de su hermano. Ella pensaba que nunca podría ponerse esas alas, porque le pertenecían a él. Angélico, a la vista de Marcela, no había diseñado a un pájaro de cartón, si no que se había facilitado dos alas con las que ser autónomo. Angélico, como su propio nombre indicaba, no era un aprendiz de Leonardo: era un ángel.
Cuando le contó esto, Angélico le dijo que no tenía razón, que él nunca podría abandonarla. “Yo te quiero mucho, Marcela… Nunca me separaré de ti…”
No tardó Marcela en chivarle todo a Isabella, la cual, al parecer, nunca dejaría de salir de su asombro con aquellos chiquillos. “¡Vaya con los niños! Con tal de no estarse quietos son capaz de inventarse la más absurda fantasía…” Isabella confiaba en que el tiempo fuera borrándoles de la cabeza aquellas ideas, aquellas niñerías (originalísimas, eso sí...)
El veinticuatro de diciembre, muy temprano, llegaron los padres de Angélico y de Marcela a la casa para celebrar las fiestas con ellos.  Estaban agotados. Isabella bajó media dormida a recibirles, pues no esperaba que llegasen tan pronto. Arturo, el padre le dijo que fuese a avisar a los niños.
Cuando Isabella abrió la habitación de Marcela y Angélico, no los encontró allí. Las camas estaban deshechas y la ventana abierta. “¡Vamos, salid de donde estéis! ¡Ya habéis conseguido asustarme! ¿No era eso lo que queríais?” Pero aquello resultó ser cualquier cosa menos una broma infantil. Isabella entonces vio en el horizonte del paisaje de la ventana algo extraño: parecían dos puntos diminutos (uno encima de otro, como unidos) perdiéndose en el cielo. “Demasiado grandes como para ser dos pájaros” se dijo Isabella. ¿Demasiado imposible tal vez como para que fueran dos niños?     

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