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ELOGIO DEL CURIOSO

>> jueves, 10 de enero de 2013

Caricatura de Schopenhauer


Días antes de Reyes “acompañé a un compañero” a La Casa del Libro para ayudarle a encontrar los regalos con los que agasajar a sus familiares. El hombre andaba un tanto desmotivado y, según me reconoció, no le hacía mucha ilusión hacer regalos. Yo ante esto siempre pienso lo mismo: “Si no te apetece regalar, no regales… porque, regalar así, a tontas y a locas, nunca suele funcionar.” Lo que debería de ser algo bonito acaba convirtiéndose en un mero trámite que hay que pasar, como cuando se cruza la frontera y hay que justificarlo. Cuando me preguntan: “¿Qué quieres que te regale…?” o “¿Qué te haría ilusión como regalo…”? entonces automáticamente contesto: “Nada”. Me sale como un resorte. Así pasa lo que pasa, que este amigo acaba siempre regalando cosas que a él le gustan, no cosas que les gustarían a aquellos a los que se les va a regalar. Así se matan dos pájaros de un tiro, pues son dos los regalados (tú y el otro). “¿Y no se nota un poco tu intención cuando haces esto?” le pregunto, a lo que me contesta que francamente le da igual, porque a sus padres o hermanos también les debe de dar igual… No obstante, traté que ese año mi amigo recuperase la ilusión o, al menos, no gastase el dinero sin ganas (aunque nadie gasta su dinero con ganas, todo sea dicho), y traté de guiarle a la hora de escoger las que serían sus adquisiciones como ser humano que de repente se convierte en tres (en tres reyes magos, quiero decir). Encontramos, además, cosas con las que no contábamos (como suele pasar cuando vamos a comprar buscando algo, que volvemos llenos de compras con las que no contábamos y al final nunca compramos aquello que originalmente buscábamos). Por ejemplo, dimos con un librito de Schopenhauer titulado “El arte de tener siempre razón”. Mi amigo quiso comprarlo y yo, envidioso, le imité, acabando siendo yo solo el que acabara comprándolo, paradójicamente. “Léetelo y luego me lo dejas para que yo lo lea” me dijo. Yo, ingenuo de mí, pensé: “Esto me lo leo de vuelta a casa en el autobús, parece pequeñito.” Schopenhauer nunca es pequeñito, aunque aparentemente tenga pocas hojas. Lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Lo cierto es que aquel título nos cautivó. Un compañero había estado a punto de dejarlo con su chica justamente por regalarle por su cumpleaños un libro de Schopenhauer titulado: “El amor, las mujeres y la muerte”. El filósofo, al parecer, no dejaba en muy bien lugar al género femenino, y esto debió de sentar un poco mal a la chica sobre la que recayó aquel “presente”. No obstante, traté de ser diligente y cumplir con mi palabra lo antes posible, de modo que acabé leyéndomelo, sino en un viaje en autobús, en tres o en cuatro. Lo que Schopenhauer cuenta, a modo de prologo, es más o menos lo siguiente: El hombre debería defender en toda discusión la verdad por encima de todo, pero lo que acaba haciendo debido a su ego y vanidad, es defender “su verdad” (expresión tan de moda en estos tiempos), tratando de demostrar que el otro con el que discute está equivocado, valiéndose de todo tipo de argucias dialécticas. En este sentido, Schopenhauer trata de justificar lo que a continuación vendrá, es decir, una serie de estratagemas con las que desarmar al contrario a toda costa. Para ello, debe de utilizarse la razón, una razón que puede deformarse o trampearse, haciendo creer al otro que lo que uno defiende es cierto (lo sea o no lo sea). Hay que saber engañar valiéndose de una confusión que aparentemente no parece tal.




El pensamiento, que es muy caprichoso, es capaz de enlazar una serie de elementos, aparentemente sin ninguna relación entre ellos, para dotarlos de consistencia. Lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Así, por ejemplo, puede convertirse una mentira en verdad y una verdad en mentira haciendo uso de una lógica engañosa. Schopenhauer recalca también que al ser humano le cuesta muchas veces discernir la realidad de las cosas, y esto puede jugar a favor del contrincante. Siempre se parte de la base que uno tiene razón en su tesis, y a partir de ahí puede uno empecinarse en defenderla, aún cuando se acabe llegando a la conclusión de que no es así, o por el contrario puede dejarse convencer por el otro de que no está en lo cierto. El “sólo sé que no sé nada” de Sócrates muchas veces dignifica ante los demás. Reconocer la imperfección propia es un valor añadido y recubre de humildad al sujeto en cuestión.
Hay algo que uno siempre teme hacer, aunque esté tentado a ello: con miedo a convertirse en estatua de sal, mira hacia atrás y descubre su pasado como persona pensante, encontrando que sus antiguos juicios eran mucho más inconsistentes que los actuales debido lógicamente a su falta de experiencia, a encontrarse en un proceso de formación todavía en estado larvario. Muchos renuncian a sus antiguos escritos que en otra hora consideraron brillantes. Uno camina hacia delante, pero teme que el pasado le alcance y le desmorone. Muchas veces, desencantándome de escritos que en otro tiempo escribí, me da la sensación que aquello que consideraba sólido ahora es inestable, y que lo que ahora escribo puede carecer de valor con el paso del tiempo del mismo modo. El escritor pretérito, ponía un mayor empeño en las cosas que escribía fundamentalmente por una cosa, a mi juicio: el modo de proceder en la escritura no era tan sencilla como ahora. En la actualidad, el ordenador permite escribir con mayor facilidad, convirtiendo letras que antes tenían que fabricarse mediante la escritura con una pluma en simples pulsaciones de tecla que evitan trabajo a la mano. Podemos equivocarnos en lo que escribimos porque tenemos la posibilidad de volver atrás y borrar digitalmente lo que antes debía de tacharse, obligando a empezar de nuevo a escribir en un folio nuevo en el empeño de fabricar una hoja sin errores. Por ello, antes se pensaba más en lo que se iba a escribir (incluso escribiendo a máquina, pues los errores no se podían borrar salvo con el typex, que ciertamente no dejaba de ser una chapuza.
Yo siempre me he valido, a la hora de escribir, de la lógica de asociación: es decir, de la capacidad de reunir una serie de ideas mediante una asociación entre ellas, como el cemento une los ladrillos. Volviendo atrás, me he dado cuenta de que esa argamasa muchas veces acababa resquebrajándose, anulando mis tesis. Lo malo es que uno nunca acaba de estar seguro de que su lógica es correcta, por lo que siempre está en peligro de sabotearse a sí mismo. Si existiese la palabra, podría decirse: “Auto-suicidio”. El escritor debe de ser un doble suicida, atreviéndose a enfrentarse a  la crítica de sus lectores (que también pueden estar equivocados, aunque esto nunca lo sopesamos sino que les atribuimos una autoridad de jueces) y a la crítica del tiempo… pues las ideas cambian como las mentalidades.

Jorge Wagensberg

Para escribir filosofando hay que ser, ante todo, curioso. Jorge Wagensberg en su libro “Ideas sobre la complejidad del mundo”, propone lo siguiente: cogemos una escultura griega y la dinamitamos. Al reducirla a escombros estamos “invirtiendo el orden de la materia de la que está constituida”. Hemos desordenado la escultura. Podemos seguir dinamitándola cogiendo esos escombros, una y otra vez, hasta tratar de que ese primer orden vuelva a constituirse. Y yo me pregunto: ¿Y a quién se le ocurriría dinamitar tantas veces como fuese posible a una escultura con el fin de devolverle su orden primigenio? Pues al curioso, que no hace sino jugar con la materia… o con las ideas… hay que probar, realizar múltiples combinaciones hasta dar con lo buscado. Como el teorema del mono infinito, que afirma que un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado durante un periodo de tiempo infinito casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier libro que se halle en la Biblioteca Nacional de Francia. 



La paciencia es la madre de la ciencia, dicen, y solo a base de equivocarse se puede aprender, por mucho que esto duela a nuestro ego.
Esta paciencia (unida a cierta tozudez, que nos hace creer firmemente en que vamos a ser capaces de encontrar algo que creemos que existe y que es cierto, demostrándoselo a quien no nos creían) nos vuelve meticulosos y produce auténticos descubrimientos, como el reciente descubrimiento del Bosson de Higgs. Mi ordenador, que no reconoce este descubrimiento porque es más antiguo, se empeña en corregir estas palabras para poner: “Bolsón de higos”. Pues no, hay que convencer al ordenador de que esto no es una errata, de que esto es real como la vida misma… hasta que alguien nos demuestre lo contrario, claro.
De este modo se trata de dar con el origen perdido. Hace poco, un estudioso creyó haber encontrado al autor de “El lazarillo de Tormes”, libro hasta ahora anónimo. ¿Y cómo? Pues, comparando este texto con otros de autores de esa misma época. Incluso de autores ya con nombre y apellidos como Lope de Vega, pueden descubrirse cosas, como las amantes que tuvo. ¿Y cómo? Recurriendo a sus textos, encontrando guiños escondidos en sus poemas a los nombres de las mujeres de las que anduvo enamorado. Incluso si nos ponemos puñeteros, podemos ser capaces de psicoanalizar el sentido de algunos relatos, como el de Drácula: Drácula no es sino una metáfora: la criatura creada por Bram Stoker no es sino la representación de la aristocracia, la cual se encontraba por entonces en decadencia y transmitía sus genes por la vía de la sangre… como Drácula. Van Helsing, el cual persigue a la bestia para acabar con ella, es contratada precisamente por la burguesía, la cual está en contra de lo oscuro y promociona los avances de la ciencia, para aprovecharse de ellos económicamente. Drácula no es sino la pesadilla de un pueblo al cual llega por barco desde su Transilvania. Drácula representa, como las pesadillas, esa liberación de nuestros miedos y traumas. Drácula limpia de escoria esa sociedad hipócrita con la que entra en contacto. Saca a relucir sus secretos más ocultos. ¿Las mujeres a las que hinca el diente el vampiro son verdaderamente hipnotizadas por él o acceden gustosamente a este acto tan relacionado con lo sexual?
                                 

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