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LA ÚLTIMA CENA

>> martes, 1 de enero de 2013



PRÓLOGO A MODO DE CITA:

“Terminó el último verso y se sintió saciado en su necesidad de volcar fuera de sí aquello que sentía. No obstante, una duda nació de dentro de él, quebrando su sensación de felicidad: “¿Entendería quien leyese lo que él acababa de escribir, cuál fue el sentimiento que empujó al poeta a la escritura de dicho poema?” No. Sus sentimientos, imposibles de traducir a las “lenguas” de los otros individuos, morirían con él.”


El treinta y uno de diciembre se reunían,
siendo cada vez menos, en torno a la mesa.


Y quiso el joven que ella conociese a su familia.

Parecía aquel salón una barricada
Tratando de impedir que el mundo
Ahora, tan desconocido y hostil,
Penetrase a través de ella.

Sonaban,
tras las campanadas,
canciones antiguas
cada vez más oscuras
con el paso del tiempo.

Era ese momento mágico de la velada
en el que los hombres solo eran almas,
olvidando el momento presente,
renunciando a ese “aquí” y a ese “ahora”,
evadiéndose de todo cuanto les preocupaba
cantando, con violines, voces y guitarras
evocaciones que no comprende la mente.

Ese momento en el que las luces se vuelven velas
Ese momento donde el silencio inunda a la Tierra
Donde cobra sentido la herencia de las generaciones
Y reaparecen, de cuerpo presente, bellos fantasmas
Que nunca, aunque lo parezca, abandonaron su carne,
Estando presentes en cada segundo, minuto y hora.

Y todo esto quería el joven que ella lo comprendiera.
Le desveló este secreto, le transmitió esta confidencia
Como el mejor regalo que mejor puede hacerse
A esa persona con la que se quiere compartir la esencia
¡Hoy son posibles los milagros, hay que tratar que no mueran!

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