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LOS MANDATARIOS RENACENTISTAS

>> viernes, 4 de enero de 2013



Érase una vez un lugar imaginario. Aunque inventado, aquel trozo de tierra acabó siendo gobernado (es decir, que fue sacudido por un duro golpe de realidad) por unas personas que, aunque políticas, se mostraron desde un primer momento culturalmente sensibles (esta es una de las ventajas de crear historias, que uno las construye como le viene en gana, y si quiere poner políticos educados con arte, pues los pone y santas pascuas). Tan preocupados estaban por sacar rendimiento de sus gobernados de la forma más digna posible, que no había un día en el que no hubiese una reunión acerca del asunto. A las tres semanas de tener al pueblo en vilo, se tomó la siguiente decisión: se educaría a la ciudadanía con la historia del pasado (es decir, aquella en la que el hombre no se había convertido en un auténtico bárbaro). Para ello, se tuvo a bien reconstruir la ciudad al estilo de aquellas más antiguas supervivientes: Viena, por ejemplo, se presentaba como un lugar preservado del tiempo en sus calles.
En las escuelas se enseñaba a escribir con caligrafía antigua, a leer siempre a los clásicos y nunca a los contemporáneos, a pintar en talleres con grandes maestros, a componer con melodías armoniosas.
No había coches sino carruajes, no había azoteas sino tejados, no había piscinas sino lagos naturales.
Poco a poco, esta forma de obligar a la gente a volverse antigua fue dando resultados. Aquellas cosas que no se considerasen dignas de belleza fueron suprimidas y, poco a poco, todo fue tomando un cariz nostálgico y sentimental que, hasta a los más reticentes, acabó convenciendo.
La nueva educación fue dando sus frutos y la gente fue abandonando hábitos poco provechosos, aprendió a valorar el precio de la vida en cada minuto de su tiempo; volvió a salir a pasear a los bosques, dejándose inspirar por el sonido del viento o por la belleza de las colas de los pavos reales en los parques. Los niños volvieron a jugar a la rayuela y a las tabas, las parejas volvieron a consolidarse porque aprendiendo a conocerse.
En fin, todo parecía la escena de un tapiz. No obstante, la gente acabó volviéndose tan reaccionaria que acabó por renegar de sus propios adelantos, aquellos que no eran precisamente nocivos, como la electricidad, las medicinas (creían que con ellas malacostumbraban al cuerpo)… Y, pronto, la gete comenzó a vivir menos (siendo menos higiénica, por ejemplo).
Todo acabó volviéndose en contra de los gobernantes que, desesperados, no supieron cómo controlar a la bestia que habían creado. Finalmente, optaron por lo más cobarde: una noche, cuando la gente dormía en sus casas, ellos huyeron en busca de otro lugar en el que poder empezar de nuevo. Un lugar que no estuviese condenado a su propia extinción.
Esta es la historia de los mandatarios renacentistas, y de lo que fue de las gentes que gobernaron.                  

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