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¿ME PRESTAS TU VOZ?

>> domingo, 13 de enero de 2013




Un sábado por la mañana, saliendo de un examen de inglés, mi amigo y compañero Gonzalo me contó la historia de una extraña epifanía profana de la que había sido testigo. Él, romántico soñador que, como tantos otros, ha sido despojado de esa época a la que debió de pertenecer, se ha resistido a abandonar esa contemplación del mundo tan particular, y esto le ha traído muchos sufrimientos, pero también muchos momentos de gozo.
Una noche, de esas en las que abandonaba su casa para caminar por Madrid, dejándose guiar por la despreocupación, buscó amparo a la luz de las farolas de la Plaza de Oriente. Se había propuesto salir a la búsqueda de algo extraordinario para, al retornar a casa, escribir sobre ello. Gonzalo es un hombre que prefiere “encontrar” en vez de “buscar”, como me pasa a mí. Esto resulta una tarea harto complicada, y hay que dejarla en manos de la contingencia. “Preséntese ante mi aquello que no espero” parecía decir Gonzalo. En una ocasión, me aseguró que, estando sentado en un banco en ese mismo lugar, frente al Teatro Real y acompañado por la estatua de Felipe IV (además de por una serie de parejas que probaban toda la clase de juegos amatorios que lo público les permitía, sufriendo él viéndolas, como el mendigo de “Adiós a la bohemia” de Baroja:
      “Los bancos en los parques, están mojados
Las colillas se estropean en el suelo,
Por todas partes hay parejas
Y ese estúpido cupido, que anda rondando los rincones…”) notó que, en determinado momento, cambiaba la temperatura y con ella el color de la noche. “Las farolas se volvieron más anaranjadas de pronto”. Este pequeño milagro dentro de lo cotidiano resultó bello, mas no era aquel que me quería contar realmente.     
El relato de las farolas anaranjadas sucedió en invierno, mientras que la epifanía en cuestión tuvo lugar en verano. Un hombre de unos sesenta años fue a sentarse junto a él. Iba vestido de forma estrafalaria: pantalones cortos, chaleco y barbas blancas largas. Traía consigo la rama de un árbol que manejaba como si se tratase de un bastón.
Algo le decía a Gonzalo que ese personaje iba a darle mucho que escribir. Se sentía en una especie de encrucijada: por un lado, tenía cierta curiosidad por lo que pudiera sucederle de continuar sentado allí; por otro, de no levantarse quizá podría tener problemas. ¿Qué hacía ese hombre tan extraño a esas horas sentándose en bancos junto a personas a las que no conocía? La indecisión produjo en él inmovilidad, y tuvo que ser una voz exterior la que le desbloqueara.
“¿Me prestas tu voz?” escuchó que decía su acompañante. Él, intrigado, contestó un tímido “sí”. Entonces, vio como aquel anciano comenzaba a hacer movimientos con su palo sobre la tierra del suelo. Al poco, Gonzalo fue consciente de que lo que estaba haciendo era escribir un mensaje. “No me gusta hablar. Prefiero escribir” parecían decir aquellos símbolos dibujados en la tierra. Gonzalo repitió de viva voz lo que había leído, cumpliendo su palabra de dar voz a aquel mudo personaje. “¿A qué te dedicas?” le preguntó. El palo escribió lo siguiente: “Me dedico a asustar a los soberbios”. La cosa parecía ponerse divertida. Gonzalo pronunció aquellas palabras grabadas en la tierra.  Aquella especie de mendigo le resultaba extrañamente familiar, pero no lograba adivinar por qué. Un poco después, su memoria ató cabos y recordó que un compañero de clase había mencionado en algún momento a cierto individuo que se paseaba por Madrid vara en mano escribiendo en el suelo lo que no era capaz de decir por motu propio. Ese hombre, al parecer, había sido anteriormente profesor de filosofía en la universidad y ahora, al parecer, había renunciado a las obligaciones para convertirse en esclavo de sus propias apetencias.
He aquí la epifanía. Gonzalo nunca llegó a escribir nada de esto cuando llegó a casa, y yo, de algún modo, me he convertido en él, pues ahora estoy acometiendo la misma acción que tuvo que hacer ante aquel hombre: transmitir un mensaje, pero a la inversa: de voz a texto. ¡Quién tuviera una vara para escribir sus perecederas obras completas sobre la tierra!

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