Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

NOCHE DE AMOR Y DOLOR

>> jueves, 17 de enero de 2013



No sé por qué, pero abrí los ojos justamente en ese momento. Ningún tipo de ruido se había producido para que yo abandonase ese estado de inconsciencia en el que me encontraba. El primer recuerdo que conservo de esa noche, son mis ojos abiertos como si hubiesen sido prevenidos por algo anticipatorio, mirando fijamente desde mi cama a la puerta del dormitorio que poco a poco iba cediendo empujada por una mano que había al otro lado. La grieta de luz, proveniente del pasillo, se fue haciendo cada vez más fuerte hasta que llegó a cegarme. Había una chica morena, en pijama, que me miraba desde allí. Era aquella muchacha por la que había suspirado durante tanto tiempo. Una mujer misteriosa y bella, capaz de reunir en un imposible triunvirato timidez, coquetería y un fuerte carácter que la hacía ser madura y niña a la vez. Durante semanas había estado jugando con fuego, sabiendo que no debía de alimentar una posible relación que podría acabar resultando complicada. Pero lo hice y, aunque ella apenas dio señales que dieran a entender su receptividad, yo sabía que ella no podía hacer mucho más para demostrarme sus sentimientos. Tiempo después, en Toledo, ella lloraría amargamente mientras trataba de contarme la leyenda de “el pozo amargo”. No podía evitar pensar que, aquellos dos enamorados de la historia, éramos también nosotros dos. Yo la miraba, sentada en aquel mismo pozo, tratando de articular una serie de palabras lógicas, intentando luchar contra su tormento interior. A ella la separaba de mí, no unos padres como en aquella leyenda, sino unas creencias. Creencias ancestrales e irracionales que la impedían ver las cosas de forma lógica. Como ella, dentro de mí se había producido una erupción que me obligaba a vomitar lava por los lagrimales. Pero ella no podía verme, porque estaba a años luz de mí. Mirando hacia un paisaje inexistente, ella ya no estaba en Toledo. Ella, simplemente, no estaba. Todo esto podía haberlo adivinado aquella noche, pero hay veces en los que los sentimientos son más poderosos que la razón, y yo mismo me amordacé para impedirme actuar como debía de haber actuado. Como ella, me encontraba sujeto a una fuerte creencia: mi creencia era el amor… la fe en él, el deseo de estar con ella por encima de todo.
Llevaba ya un tiempo detenida ante mi puerta. Eran las seis de la mañana  en aquel hostal en el que estábamos hospedados junto a otro grupo de compañeros. Cosa extraña, nosotros dos habíamos sido los primeros en recalar allí al final del día. El resto del grupo se había quedado por el pueblo, festejando a un dios al que ellos mismos desconocían. Ella había decidido quedarse allí aquella noche. Yo había salido, pero me había vuelto pronto, sobre las doce. Aquellos sueños que había debido de tener durante las seis horas que permanecí dormido no dejaron poso en mí. Tan solo me debieron servir para descansar, para alejarme de la locura a la que uno se va acercando si no duerme. Ahora la miraba a ella, entre curioso y temeroso. “¿Qué podía hacer ella a esas horas en mi habitación? ¿Por qué no hablaba?” Tras un tiempo de incómodo silencio, ella dijo por fin lo siguiente: “¿No has oído esos ruidos?” Yo entonces le pregunté: “¿Qué ruidos? Yo no he oído nada.” Ella dijo entonces: “He oído ruido de cristales rotos… la puerta del baño está cerrada por dentro… Hay en este lugar una especie de violencia contenida… ¿Tú no lo sientes así?”
En mi bendita ignorancia, nada de esto había llegado a mis oídos. Había estado durmiendo como un lirón todo ese tiempo, ajeno a lo que en el mundo sucedía… ajeno incluso a lo que a pocos metros estaba sucediendo. La cara de esta chica reflejaba una seriedad que trataba de esconder cierto temor. “¿Me dejas estar aquí contigo?” fue lo siguiente que salió de sus labios. Yo le dije que sí, que podía hacer lo que quisiese. Sabía que estaba asustada y que buscaba protección. Había venido a mi habitación porque aquí, a mi lado, se sentía más segura, más cómoda. Todo esto me lo diría tiempo después, aunque yo ya me lo imaginaba. Se sentó a mi lado, sobre la almohada, mirando hacia el frente en mitad de la oscuridad. Sabía que ella no podía hacer más que eso, pero ella no sabía que yo lo sabía. Todavía no me había confesado su vida secreta, pero yo ya la conocía. Alguien me había advertido de ello, por mi bien, al haberme visto enamorado. “lo mejor será que no pienses más en ella” me dijo esta persona que me estimaba y quería lo mejor para mí. Pero yo, que debo de sentir placer por el riesgo, seguí adelante.
Ella, aquella mujer que ahora compartía conmigo habitación, era una mujer de otro tiempo, como yo. Yo por nostalgia, ella por creencias. Ella valoraba en mí cosas que creo que son positivas, aunque ahora la mayoría de la gente carezca de ellas. Por eso creo que se fijó en mí. Tenía en cuenta mi “caballerosidad”, mi “cultura”, mi “saber estar”, mi “paciencia”… Todo eso me lo dijo pasando el mismo puente en diferentes días. Cada uno de ellos, sacaba a relucir una de estas cosas. Me admiraba, por decirlo de alguna manera. Pero yo no quería esto. Yo lo que quería era a una persona que simplemente me tuviese en cuenta y valorase mis cosas buenas… tolerando también, a su vez, las malas. Esto era la idea que yo tenía de una relación.
Al rato, alguien más llamó a mi puerta. Era la segunda persona que más valoraba en aquel lugar. Mi mejor amigo. Había venido a verme a mí también, asustado. Me sentía como Julie Andrews en “The sound of music”, cuando los niños acuden a ella en la noche de tormenta. Pensé en aquellas cortinas verdes con las que hacer vestidos, ya fuese para niños austriacos o para una diva como Escarlata O´Hara… pero esa era ya otra película.  
¿Qué es lo que sucedía? Mi amigo nos lo aclaró todo: al parecer, una chica a la que había invitado a pasar unos días con nosotros, había perdido los papeles demostrando una agresividad que nunca se le hubiera sospechado. Había comenzado a romper los cristales de una ventana a golpe de puño, y todo el hostal se había levantado de la cama. Al parecer, yo era el único que faltaba por levantarme. Fue una noche misteriosa que tardaré en olvidar, una noche agridulce llena de dolor y amor, ambas cosas cogidas de la mano. Era verano, un momento del año en el que todas las cosas pueden suceder, como un sueño con una duración de cuatro meses. Y yo, aunque esa noche desperté, realmente había decidido seguir dormido.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP