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“REBECA”, DE ALFRED HITCHCOCK

>> martes, 8 de enero de 2013




Concebir un relato supone para el escritor la realización de un sueño forjado en la mente. Para los personajes que conforman las historias, este sueño significa para ellos una auténtica pesadilla en la mayoría de los casos. La criatura sufre por orden expresa de su creador y “crea” expectativas en el lector, que sádicamente disfruta viéndola padecer. 
Para Daphne du Maurier, más que pesadillas, sus relatos deberían de definirse como sueños góticos aderezados de una buena dosis de romanticismo. Dicha mezcla, heredada de las historias de las hermanas Brönte, atraía en masa a un público, en su mayoría femenino, que se deshacía en expectativas hacia estas heroínas de papel. Es evidente que, para que un relato no carezca de interés, debe de estar aderezado de un sinfín de pruebas, a cada cual, más adversa, que el protagonista de la historia debe de superar. Finalmente, obtendrá o no una recompensa por todos sus sacrificios, pero es evidente que un personaje feliz no resulta interesante.
Uno de los cineastas que más disfrutaba torturando a los personajes de sus historias, era Alfred Hitchcock. Y no solo a los personajes, sino también a los actores que los encarnaban. Personaje poliédrico donde los haya, el denominado como “mago del suspense” siempre atrajo a todo tipo de público, pues quiera o no reconocerse, todos llevamos a un morboso en nuestro interior.
Cuando “Rebeca”, la novela de du Maurier, fue publicada, el director de cine británico ya había realizado un film basado en una de las novelas de la escritora: “La Posada Jamaica”. La adaptación horrorizó a la autora, considerando que “Hitch” se había extralimitado a la hora de adaptar su novela. Lo cierto es que siempre se comentó que Hitchcock partía de novelas y acaba contando sus propias historias, cosa nada extraña en quien tiene su propia visión personal de narrar. Sir Alfred era por entonces, a finales de los años treinta, un consagrado cineasta en su tierra, Inglaterra. No obstante, se sentía atado por la estrechez de miras de sus compatriotas, los cuales consideraban al cine como un arte menor.
David O´Selznick, uno de los productores más afamados de la época, se encontraba terminando de perfilar la que sería una de las cintas más recordadas de la historia del cine: “Lo que el viento se llevó”. Además de esta superproducción, O´Selznick buscaba un nuevo producto con el que continuar trabajando en sus estudios. Pensó en Hitchcock, aunque todavía nos encontrábamos un poco lejos de Rebeca. O´Selznick quería llevar a cabo una película sobre el Titanic. Hitchcock pensaba, curiosamente, que una historia sobre ese barco, nunca tendría éxito. Él tenía en mente, como el productor, llevar a cabo la adaptación de la novela du Maurier, pero la diferencia es que él no tenía dinero para comprar los derechos del libro y O´Selznick sí. Fue entonces cuando decidió aprovechar la ocasión y ofrecerse como director para llevarla a cabo, para firmarla. Había otro problema: aparte de la oferta que acababa de recibir, Hitchcock tenía ante sí una larga lista de peticiones de grandes estudios para trabajar en ellos: la MGM, la RKO, la Fox… Había que decidirse, y como todos sabemos, acabó por decantarse por O´Selznick. 

Hitchcock y O´Selznick

Cuando Daphne du Maurier se enteró de quién iba a llevar a cabo la adaptación de su gran obra, enseguida se puso en contacto con O´Selznick para transmitirle su preocupación. El productor le aseguró que él había comprado “Rebeca” porque quería hacer “Rebeca”. Esto es, O´Selznick quería hacer una fiel adaptación del libro, sin permitir que Hitchcock campase a sus anchas a la hora de elaborar un guión “propio”.
O´Selznick, además, tenía fama de perfeccionista, y pronto sería consciente de ello el director. Reelaboración de guiones, noches enteras discutiendo acerca del punto de vista de la película… e, incluso, la intromisión en los rodajes por parte del productor. A Hitchcock no le interesaba que la sangre llegara al río, por lo que hizo de tripas corazón y tragó. Además, aprovechó que su “tutor” se encontraba enfrascado en su anterior producto. Gran parte del equipo técnico de “Lo que el viento se llevó” acabó parando en el rodaje de Rebeca, a la cual consideraron un divertimento tras la colosal labor de trabajo que acababan de llevar a cabo. “Gone with the wind” fue además la primera película en color de la Historia del Cine. Tras esta, su realizador oficial (en el film hubo hasta tres directores, incluido Cukor), Víctor Fleming, dirigió otro film en el que hizo un uso casi de orfebre del color: “The Wizard of Oz” (“El mago de Oz”).
“Rebeca” es la historia de una evolución: la evolución de la juventud a la madurez de su protagonista femenina, la cual, curiosamente, no tiene nombre ni apellidos. Ella no es “Rebeca”. Ella es denominada simplemente como “Yo”. “Rebeca” es el personaje que da nombre a la historia y que también la habita,  aunque nunca la veremos físicamente. Es un fantasma que pervive en la memoria de la mansión de “Manderley” (la casa puede ser otro de los curiosos protagonistas de la historia). Max de Winter fue su marido, pero esta murió y tiempo después conoció a Rebeca, con la que se volvería a casar. A De Winter y a Rebeca no solo les separa una diferencia de edad, sino la forma de ser: ella es un personaje transparente con el que sentirse identificado como espectador. Él es oscuro, lleno de enigma y misterio.         
Tocaba pues, poner rostro a los personajes de “Rebeca”: para el de Max de Winter, se barajaron nombres como el de Ronald Colman o Leslie Howard, pero finalmente acabó interpretándolo Sir Laurence Olivier, quien por entonces era considerado uno de los mejores actores teatrales británicos. En la lista de candidatas al personaje femenino se encontraba casualmente la gran Escarlata O´Hara. Vivien Leigh era por entonces pareja de Olivier, y no quería perderse la oportunidad de trabajar con él. Por desgracia, todavía tenía Leigh al personaje que acababa de interpretar metido en su piel, y esto no gustó nada a O´Selznick. George Cukor propuso a Joan Fontaine, hermana de Olivia de Havilland. Havilland también estaba dentro de la lista de posibles candidatas y, al enterarse de que su hermana era una de las que se había presentado junto a ella, abandonó el casting. O´Selznick acabó haciendo caso a Cukor (uno de los grandes expertos en trabajar con mujeres dentro del cine) y contrató a Fontaine. Esta apenas había trabajado en cine y se mostraba un tanto ingenua. No obstante, encajaba perfectamente en su rol: como Rebeca, se encontraba pisando un suelo extraño para ella, y esto la hacía mostrar cierto temor y cuidado en todo lo que hacía.
Laurence Olivier, por otro lado, no llevó nada bien el que Leigh no fuese elegida para trabajar con él, lo que provocó que apenas se esforzase en dar vida a su personaje y que mostrase su antipatía hacia Fontaine. Para colmo, ella acababa de casarse con un actor que había rechazado todos los papales que había acabado por aceptar Olivier y que le había llevado al éxito.
Otros actores dignos de mención en Rebeca son George Sanders y Judith Anderson. Sanders encarnó a uno de esos personajes que tanto le gustaba hacer, pero no como le hubiese gustado: por entonces andaba enamorado y se distraía fácilmente con cualquier cosa, llegando a tardar en aprenderse el papel más de lo que debería. Anderson, una de las grandes damas de la escena teatral, bordó su papel de malvada en “Rebeca” (hasta entonces era una completa desconocida en el cine), lo que la llevó a ser encasillada en fututos proyectos. 

Hitchcock, novela en mano, con Joan Fontaine

“Rebeca” es una film americano llevado a cabo por un equipo casi británico en su totalidad. Por entonces, Inglaterra le había declarado la guerra a Alemania y convenía realizar films de sabor inglés como propaganda belicista. Gran parte del equipo, por otro lado, se mostraba inquieto por los sucesos que podían venir, preocupados por sus familias y por su país.
Quizá por esto mismo, por el contexto en el que se realizó la película, los espectadores buscaban un modo de evasión en películas que trasmitieran épocas pasadas y llenas de nostalgia, donde lo oscuro estuviese en la historia de sus personajes y no en sucesos como el de la Segunda Guerra Mundial.
“Rebeca” se presentaba como una película hipnótica, envuelta en una atmósfera poblada de sugerencias y sensaciones, donde desde la dirección hasta los actores, la fotografía o la música, jugaban un importante papel. Hay quien dice que es la película menos personal de Hitchcock (de hecho, la trama policíaca no aparece hasta la segunda parte y pasando casi de puntillas por ella). No obstante, es considerada una de sus mejores filmes y aquel que le catapultó para sucesivos éxitos (incluido el de “Los pájaros”, también inspirado en un relato de du Maurier).
El personaje de Fontaine debe de cargar con el peso psicológico de ser la sustitución de “Rebeca”. Ella siempre trata de resultar correcta, de no fallar en nada para no defraudar a aquellos que conocieron a la anterior mujer de de Winter (amigos, criados…). Pero habrá, de entre todos estos personajes, uno que se convertirá en su perpetua pesadilla: la señora Danvers, ama de llaves de Manderley y devota de la antigua inquilina. Ésta se esforzará por recordale una y mil veces a la “usurpadora” que nunca podrá ocupar el puesto de Rebeca. Lo que el personaje interpretado por Judith Anderson esconde, más allá de admiración o fidelidad hacia su antigua ama, no es otra cosa que un amor secreto aunque latente. La señora Danvers se encuentra profundamente enamorada de Rebeca. No hace falta ser un freudiano para percatarse de esta situación que subyace en la historia.
Concretamente, hay una escena clave en la que el personaje de la señora Danvers se nos presenta con absoluta claridad:

Judith Anderson y Joan Fontaine

“Yo” decide satisfacer a su curiosidad penetrando en la antigua habitación que ocupó Rebeca. Tras cruzar la inmensa puerta que conduce a la no menos grandiosa alcoba, el personaje debe de cruzar nuevamente un nuevo muro, en este caso constituido por unas cortinas a modo de telón. Por fin, tras este último paso, “Yo” accede a la secreta intimidad rebequiana. Mas, aún le queda realizar una nueva cosa para poder contemplar aquel mundo: dejar que la luz penetre en la estancia, totalmente a oscuras. Lo primero con lo que se topa es con un tocador sobre la que hay un gran retrato de Max de Winter. Luego, se dirige a la cama, pero es descubierta por la señora Danvers, que ha entrado también en el dormitorio. “¿Desea algo, señora?” pregunta con su identificable sequedad, mezcla del respeto con el que debe de tratar a “Yo” porque ahora es su ama, unido a ese aire siniestro que utiliza para asustarla. “Yo” se justifica aludiendo a una ventana abierta que acudió a cerrar, teniendo para ello que entrar en la estancia. “¿Por qué dice eso? Yo al cerré antes de irme” contesta el ama de llaves, desmontando dicha argumentación. Añade: “La abrió usted misma, ¿no es cierto?” Con esto, deja totalmente desarmada a “Yo”, habiéndola descubierto en su estratagema, dejando claro que ella, la señora Danvers, se encuentra por encima de “Yo”, aunque en teoría esté allí para servirla. La oscura sirvienta parece dar a entender que nunca aceptará a la joven como su nueva ama. La señora Danvers continúa con su juego psicológico. Lo siguiente que hace es hacer saber a “Yo” que ella está al tanto de todo cuanto ésta piensa y no se atreve a decir por miedo. “Siempre ha deseado ver esta habitación, ¿verdad, señora? ¿Por qué no me pidió que se la enseñara? Estaba dispuesta a hacerlo”. Danvers comienza su relato, perfectamente aprendido: “Es bonita ¿verdad? La más bonita que usted haya visto. Todo se conserva como a ella le gustaba. Nada se ha alterado desde la última noche.” Le enseña los vestidos de la señora que ella se ha encargado personalmente de conservar. Al sacar uno de ellos, se lo lleva al rostro, para sentir su suavidad, para recordar de algún modo la presencia de la que lo llevó. Después, lo lleva al rostro de “Yo”, como tratando que sienta lo mismo que ella siente. “Yo” pone esboza un gesto de desagrado. Danvers continúa la presentación u homenaje a “Rebeca”, optando ahora por hacer ver lo mucho que la apreciaban los demás. “Fue un regalo del señor. Siempre le hacía costosos regalos. Todo el año. Guardo su ropa interior aquí. La hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara”. Y, por fin, se hace evidente ese “fervor” tan íntimo de la señora Danvers por la ausente: “Yo la esperaba siempre, por tarde que fuese. A veces ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido, conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar al baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador”. Danvers sienta a “Yo” en la silla para hacerla pasar por “Rebeca”. Danvers se percata de que “Yo” ha tocado un cepillo y vuelve a ponerlo en la posición en la que estaba originalmente, para no alterar el estado de las cosas previo a la muerte de su señora. Comienza a hacer como que cepilla el pelo a “Yo”, tal y como se lo hacía a “Rebeca”. Después, la conduce a la cama y le muestra una bolsa sobre la almohada con la inicial “R”, que la misma Danvers bordó. “¿Ha visto algo más delicado?” le dice a “Yo” mientras le muestra el camisón. Al ver que ésta se encuentra como abstraída, la saca de su mundo para devolverla al suyo, al que tanto le martiriza. Danvers le muestra ahora la transparencia de la tela: “Mire cómo se ve mi mano”. Pero “Yo” no aguanta más trata de abandonar la estancia. Cuando se encuentra a punto de abrir la puerta, la señora Danvers ya está de nuevo a su lado. Para concluir, recurre a invocar a “Rebeca” para hacer sentir a “Yo” que ésta la vigila: “Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mí, con sus suaves pasos. No podría confundirlos. No solo aquí dentro, sino en toda la casa”. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?”          
            
"Yo" como "Rebeca"

Más adelante, encontraremos otro de los momentos más emblemáticas del film:
“Yo” quiere sorprender a su marido eligiendo un original vestido para la fiesta de disfraces que se celebrará en Manderley. Tras esbozar una serie de figurines creados por ella misma, decide dejarse aconsejar por la señora Danvers, entendiendo que ésta puede conocer mejor al señor por los años que lleva trabajando a su servicio: “No quiero que (de Winter) sepa nada. Quiero darle una sorpresa”.
Lo que “Yo” no termina de asumir es que la señora Danvers se encuentra más del lado de Rebeca que de Max de Winter.
No obstante, la astuta ama de llaves acepta la proposición, aunque cualquier espectador es consciente “a estas alturas de la película”, de que este personaje no es muy amigo de la filantropía, y menos si es para ayudar a una persona a la que detesta.
Danvers y “Yo” cruzan uno de los pasillos de la mansión, sobre el cual cuelgan inmensos lienzos con los retratos de los antepasados y personas allegadas al señor de Winter. De pronto, Danvers se detiene ante uno de los cuadros y dice: “Éste, por ejemplo. Parece diseñado para usted. Seguro que le quedaría bien. He oído decir al señor de Winter que éste es su cuadro favorito. Es su antepasada, Carolina de Winter”.
“Yo” queda encantada, mostrándole su agradecimiento a su consejera, la cual continúa su camino sin decir tan siquiera un sucinto “de nada”.
El día de la fiesta, “Yo” sale de su escondite luciendo el vestido aconsejado por la señora Danvers. Desde el piso de arriba, junto a las escaleras de bajada, observa el ambiente que ha comenzado a formarse entre los asistentes. Allí está su marido, acompañado de dos invitado, de espaldas a ella y conversando amigablemente. “Yo” adopta una pose que cree que puede acompañar al disfraz y comienza a desfilar interiorizado ya su personaje. Poco a poco, va descendiendo por los peldaños, creando una gran expectativa en el público. “¿Cómo responderá de Winter a la sorpresa?” piensa todo el mundo. Ella contiene la emoción al pensar en la dicha que sentirá él al verla embutida en semejante disfraz. ¡Quién le iba a decir a la pobre mucha que la sorpresa se la iban a dar a ella! De Winter se gira y su alegría se torna en enfado. “¿Qué diablos estás haciendo?” Ella trata de hacer uso de su lógica: “… Pero… Lo copié de los retratos antiguos…” todo es en vano. “¿Pero qué pasa? ¿Qué he hecho?” Lo único que recibe por respuesta es esto: “Ve a quitártelo, ponte cualquier otra cosa. ¿Qué esperas, no has oído lo que te he dicho?” “Yo” se ha vestido no como Carolina de Winter sino como Rebeca, que era quien realmente había sido retratada en la obra pictórica.
“Yo” llega abochornada a su estancia, en la que se encuentra la señora Danvers. Viéndola sentirse derrotada en sus esfuerzos por contentar a su marido, la astuta mujer de negro va poco a poco minándole las fuerzas que le quedan, dándole a entender que ella está de más en aquella casa, que no pinta nada tratando de ser una mala copia de Rebeca. Le muestra una única posibilidad: el suicidio.

En cierto sentido, podría decirse que “Yo” es una especie de “Cenicienta”, una muchacha que se encuentra en una situación injusta, siendo tratada como no merece, cuestionada incluso por su situación social, y que termina triunfando al encontrar a ese príncipe azul que la salve de la oscuridad en la que se encuentra inmersa. Para conseguirlo, la “Yo” presente debe “destronar” a la Rebeca ausente de la mejor de las maneras: demostrando que ella merece ser una digna sustituta.

"Manderley"
         

El film resulta redondo hasta en su principio: tras los títulos de crédito, en los cuales ya se atisba el ambiente terriblemente maravilloso de la cinta, la voz en off de Fontaine dice unas palabras que quedarán grabadas en la memoria de los cinéfilos: “Ayer soñé que volvía a Manderley…” Esta ensoñación nos remite a tiempos pasados, a una mansión ya inexistente que la protagonista evoca resucitándola. Todo lo que venga en adelante, no será sino un grandioso flashback.

Claude Chabrol, uno de los jóvenes turcos de Cahiers du cinema, opinaba que, con Rebeca, el toque del “maestro” había pasado de ser un simple trazo a una visión del mundo. No obstante, sir Alfred nunca se consideró satisfecho con el resultado. “No es una cinta de Hitchcock, es una historia más bien rancia, más bien anticuada, una historia que peca de falta de humor. Pero es un filme que, a pesar del tiempo, se mantiene en pie, y me pregunto cómo”.
Truffaut, otro de los cineastas franceses que supo ver en Hitchcock no solo un director de la industria americana sino un maestro del lenguaje cinematográfico, explica en su libro “El cine según Hitchcock” que “Rebeca” supuso un antes y un después en la carrera del cineasta británico:
“Rebeca era una historia poco de acuerdo con su personalidad artística, pues no era un "thriller" ni poseía los suficientes elementos de suspense; se trataba simplemente de una historia psicológica. De esta manera se vio obligado a introducir el suspense en un puro conflicto de personajes, y pienso que esto le sirvió para enriquecer sus películas siguientes, alimentándolas con todo un material psicológico que, en Rebeca, le fue impuesto por la novela”.
Fueron precisamente los fundadores de la nouvelle vague quienes insistieron a través de sus artículos hasta conseguir que Hitchcock ocupara el lugar que merecía en la Historia del Cine. Dejó de ser un director ligero y especialista en películas más o menos truculentas para convertirse en un magnífico narrador de historias de suspense, un creador de atmósferas como nunca antes se habían logrado. De hecho, hoy en día sigue siendo referente a la hora de construir este tipo de relatos, entre el misterio y el terror, con la baza psicológica como una importante herramienta.


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