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"THE MASTER"

>> domingo, 20 de enero de 2013




La leyenda de Paul Thomas Anderson crece. Tras piezas monumentales como “Magnolia” o “Pozos de ambición”, su nuevo film había provocado en el público unas expectativas que finalmente han sido satisfechas con creces. Y es que, cuando alguien solo progresa en su currículum, cada vez resulta más difícil volver a poner una pica en Flandes, hablando mal y pronto. “The Master” es una propuesta sencilla y a la vez compleja que, desde luego, no deja indiferente a quien la ve. En su receta encontramos ingredientes culturales que nos recuerdan desde a la “generación beat” hasta a Faulkner. Anderson se ha propuesto retratar distintas épocas de la sociedad americana: En “Boggie nights”, se nos presentó la década de los setenta en los cines porno, y cómo la llegada del video acabó con dicho negocio. En “Pozos de ambición”, el inicio del siglo XX y la obsesión por el “oro negro”. En “The Master”, nos encontramos en los años cuarenta, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Si bien en su penúltimo film pudimos echar en falta una segunda persona que acompañara los monólogos de Day-Lewis, en esta última encontramos nuestras súplicas satisfechas. La película cuanta con dos protagonistas de excepción: Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. Si bien en Hoffman encontramos una interpretación que nos recuerda a los personajes orsonwellianos, en Phoenix directamente somos testigos de una de las actuaciones más memorables y magistrales que puede dar un actor. Freddie Quell (Phoenix) es un personaje que ha sido “tarado” tras haber luchado en una de las contiendas bélicas más duras de la Historia. No obstante, su personalidad ya se advierte “peculiar” mucho antes de dicha experiencia: hombre primitivo donde los haya, constantemente parece sabotearse a sí mismo haciendo uso de la violencia como forma para solucionar cualquier tipo de problema. Además, necesita dar salida a su libido constantemente. Estos son los dos mundos en los que se mueve, siendo incapaz de integrarse en una sociedad que, a su vez, está tratando de reconstruirse. Toda esta parte del film resulta un prólogo magistral y nos conduce al meollo principal de la cuestión: la entrada de Quell en una secta, como Alicia entró en su mundo maravilloso. Casi de la misma forma. Hay que recalcar que, por aquel entonces, muchos buscaban encontrar un sentido a sus vidas, las cuales habían quedado a la deriva (como el barco de la película). La necesidad de sentirse “en el mismo barco” con otras personas, dio lugar al nacimiento de una serie de organizaciones que aprovecharon esta crisis como modo de “reclutamiento humano”.
Dicen que Anderson, en un principio, quiso contar en una película la historia de la Cienciología. Aunque el resultado final puede resultar una amalgama de varias sectas, es evidente que hay elementos claros que nos conducen hacia esta concretamente.
Lancaster Dodd (Hoffman) es la cabeza pensante de esta en la que nos encontramos, y pronto se hará amigo de Quell, apadrinándolo prácticamente. Todo el film será un intento de Dodd por domar a Quell, pero la naturaleza de éste acabará definiéndole como un espíritu libre incapaz de mantener un compromiso claro con nada en concreto. El film muestra con una lucidez extraordinaria el funcionamiento de este tipo de organizaciones. La mujer de Dodd será la perfecta Lady Macbeth, y su hija hará también gran parte de ese trabajo.
El film, enigmático de por sí, plagado de imágenes sugerentes (incluyendo algunas oníricas) y acompañado de una música hipnótica e inquietante – de las más originales que he escuchado en este sentido-, deja muchas puertas abiertas para el análisis del espectador, que podrá (o no) llenar las celdas que considere vacías a su gusto.
De reseñar algo no tan favorable, quizá fuese la excesiva duración de la película, que la hace en algunos casos pesada (sobre todo en la parte del final). No obstante, en ella no parece haber nada gratuito, y esto es de agradecer y de esperar en quien sabe manejar con maestría el lenguaje cinematográfico.
Puede que haya quien considere el film como inaprensible. No obstante, insisto en que creo que éste no exige del espectador más de lo que muestra. Con lo que en él hay, podemos elaborar una narración lógica. Lo cierto es que el espectador medio se ha vuelto menos intelectual con el tiempo, exigiendo del cine cada vez más facilidades. Esto es lo triste. El cine debería hacer trabajar al espectador, hacerlo activo y participante de todo cuanto sucede en la pantalla. Es un compromiso que debería contraer quien decidiera dedicarse a este trabajo para no sentirse culpable de lo que hace. El cine es y será un modo de comunicación, una ventana a otros mundos, pero también algo que plantea y pregunta, un dialogador para con quien desea comunicarse con él.   

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