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UNA ANÉCDOTA PARA EUDIVIGES

>> domingo, 6 de enero de 2013




A pesar de los años, la señora Eudiviges conservaba ese pasado de juventud en casi todos los aspectos: en su forma de caminar, de sonreír, de vestir e, incluso, de enamorar. Todo el que la trataba extraía de ella una sensación de dignidad solo equiparable a la de las grandes damas que, sin necesidad de aparentar, infundían respeto allá donde pisaban.
Vivía sin ningún lujo en un pisito de las afueras de la ciudad, ayudando a su hijo en las labores de portería que desempeñaba. Un día acudió Marcial, el cartero, a la casa, sin ninguna carta que entregar bajo el brazo. Tan solo le interesaba pasar un rato agradable en compañía de la señora Eudiviges, que pronto cumpliría los setenta años. Los ojos de aquella mujer se encendieron de pronto, mostrándose en su máximo esplendor y delatando un sentimiento de agradecimiento imposible de esconder, dirigido hacia Marcial. La pobre mujer se aburría en aquel habitáculo pegado a las escaleras del portal de la casa.
-         ¿Cómo estamos, “señá” Eudiviges?
-         Pues ya me ves, hijo… Viendo pasar el tiempo entre estas cuatro paredes…
-         Pues ahora que ha visto usted pasar, aparte del tiempo, a un servidor por delante de su ventanuco, no pierda la oportunidad de entablar con él una tonta conversación…
-         ¿Y de qué quieres que te hable? Mi vida no es como para publicarla en un libro… ya ves que ni una biografía tengo para dar en herencia cuando muera…
-         ¡Vamos, vamos, que está usted hecha una chavala! Y además, lo sabe usted perfectamente… No hace falta más que ver cómo se desenvuelve… ¡Habría que haberla visto cuando tenía veinte años! A lo mejor no me atrevería ni a pasar por aquí para no tener que soportar su belleza…
-         ¡Qué cosas tiene usted, Marcial! ¡Zalamero, más que Zalamero!
-         Yo no hago nada… Usted lo hace todo, usted inspira estas pobres palabras de repartidor… Claro, que algo se me ha tenido que pegar llevando cartas y cartas llenas de textos…
La conversación se prolongó un poco más sin cosas dignas de reseña, hasta que llegaron a tratar un asunto que acababa de suceder recientemente: La muerte de Pascual, el vecino del segundo, que tenía una frutería en la misma calle en la que había vivido Eudiviges cuarenta años atrás, y que casualmente había pasado los últimos años de su vida en la casa a la que se había mudado también Eudiviges con su hijo. La misma en la que tenían la portería. Eudiviges se acordó entonces de una anécdota para contarle a Marcial: Sucedió más o menos hace treinta y cinco años. Eudiviges contaba ya con sus treinta años. Todos la llamaban “Eudi”, que iba más a tono con su forma de ser. Eudiviges sonaba más a persona mayor (por lo tanto, ahora sí se la podía llamar así). Por aquella época, siempre que salía de su casa y cruzaba la calle se encontraba con un joven apostado en una esquina que, al verla, se la quedaba mirando sin ningún tipo de vergüenza por ser descubierto. Lucía una gorrilla y una bufanda metida dentro de un abrigo de tres al cuarto. Era lo que se podía llamar un “chulo” presentable. El muchacho no debía haber cumplido ni los veinte años, y parecía no tener más oficio ni beneficio que quedarse ahí parado, esperando a la llegada de “Eudi”. A ella nunca le hizo gracia que ese hombre hubiese fijado su diana en ella. Evidentemente, le halagaba que se fijaran en ella, que apreciasen sus atributos, que no eran pocos. “Eudi” conseguía hipnotizar a primera vista, como esas personas que se conocen por primera y última vez durante un viaje en autobús o en metro. Esas personas que parecen pedir a gritos que el admirador en cuestión las pare y se ponga a hablar con ellas, solo por el mero hecho de tener ese “no sé qué” que las vuelve atractivas.
No obstante, a “Eudi” le molestaba que esa persona concretamente se hubiese fijado en ella. No le gustaban ni sus pintas ni su forma de actuar.
Así estuvieron día tras día durante dos semanas. A partir de ese momento, ella sintió que, a este desagradable espectáculo, se sumaba un nuevo elemento: un silbido a modo de piropo, que resonaba a sus espaldas cuando ella pasaba por allí. No aguantó más que dos días aquella broma, pues al tercero se encaró con el problema de frente, descargando todo lo acumulado de una sola vez: le soltó al muchacho una bofetada que lo dejó sentado en la acera, con la mano pegada en la mejilla agredida y mirando sin comprender el motivo de aquella acción. “¡Ya está bien! ¡Vamos, que una tenga que aguantar a un gracioso a estas alturas de película…! ¡Anda, vete a buscara tus padres, que seguro que te esperan a comer!”
El crío se levantó y se marchó de allí para no volver a pisar el barrio nunca más. Ella pensó que igualmente se lo tenía merecido a pesar de no haber sido el autor del silbido, pues los días siguientes lo volvió a escuchar sin estar presente el “interfecto”.             
Poniendo un poco de atención, “Eudi” localizó el sonido en la frutería de Pascual. En ella, un simpático loro hacía las delicias de las señoritas de buen ver cuando éste las piropeaba al verlas pasar.
-         ¡Estupendo final para su historia!
-         … ¡Y, desde entonces, corrió la leyenda de que hasta los loros se morían por mis huesos!
-         ¡Diga usted que sí, “señá” Eudiviges! ¡Diga usted que sí!      

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