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5. DE CÓMO CONVERTIR UNA LARGA TRAVESÍA POR EL DESIERTO EN UN AUTÉNTICO PLACER

>> jueves, 28 de febrero de 2013



Escena del film "Encuentro en París": Audrey Hepburn tratando de comprender a su compañero guionista, interpretado por William Holden

Quería dedicar un par de minutos de este texto a reflexionar acerca del oficio de grabador. Sin duda, en el mundo del arte, el artista grabador ha sido tenido menos en cuenta que el artista pintor, que el artista escultor… e, incluso, que el artista dibujante. A esto, además, hay que añadir que muchos de aquellos artistas polifacéticos tan renombrados que decidieron en algún momento de su vida dedicarse al noble arte del grabado, nos mintieron. ¿Y por qué? Por la sencilla razón de que existían una serie de personas en la sombra dispuestas a hacer el trabajo sucio que a ellos no les apetecía realizar (quizá por falta de tiempo, por falta de tacto, o porque no les daba la real gana pasar por ahí). Me estoy refiriendo al proceso del grabado concretamente. El artista era el autor intelectual del diseño del dibujo, pero después había que hacer que ese dibujo se convirtiera en un grabado. Es decir, que sobre la plancha en la que se grababa había después que entintar y pasar por el tórculo. Esto, señoras y señores, se ha llamado siempre “trabajo sucio”. Dicha denominación, a mi juicio, resulta injusta por otro lado, ya que para acometerlo se precisa de una limpieza en la ejecución envidiable. Y para esto, hay que estar dispuesto a aprender el oficio. No obstante, todos estos artistas a los cuales no nombro porque soy un caballero, decidieron no aprenderlo. Y les funcionó. En el caso del guionista, no hay posibilidad de delegar la parte más dura y compleja a “otros”. Esta travesía por el desierto, hay que hacerlo uno mismo. ¿Ha existido alguien capaz de pedirle a otro que le suplantara para hacer su  “Camino de Santiago”? No señor. Si hacemos ese camino, lo hacemos por algo, porque tenemos fe en ese final que colmará todas nuestras expectativas y nos hará olvidar cualquier suplicio anterior.
El oficio de la escritura debe de convertirse en un auténtico placer. El escritor debe de sentir ese deseo de no abandonar su trabajo, de olvidar el lugar y el tiempo en el que se encuentra. Perder hasta el apetito. Y, como en una ocasión me dijo un profesor, “ser capaz de dejar a la rubia despampanante con la que estás para encerrarte en un cuarto a solas con tu máquina de escribir”.

Dalton Trumbo en su salsa

Hay una fotografía maravillosa de Dalton Trumbo en la que aparece dentro de una bañera, cubierto de espuma y escribiendo una posible historia. Si el momento del baño es un momento placentero, no lo es menos el momento de la escritura.
La escritura de un guión puede considerarse como un trabajo de carpintería en toda regla: debemos armar nuestro armario, serrar las maderas y lijar los maderos, medir bien las piezas para que encajen. Y, cuando lo tengamos, llegaremos a descubrir incluso que aquel primer diseño puede mejorarse: podemos descubrir que a esta puerta le conviene tener la bisagra a ese otro lado porque esa no es su posición, que aquella otra que iba a abrirse de un modo concreto ahora resulta que se ha convertido en una puerta corredera…
Para los lectores descontentos con el ejemplo anterior, tengo este otro: la construcción de un guión, su escaleta, puede compararse a otro trabajo de carpintería: Necesitamos, por ejemplo, subir de un muro que mide tantos metros, pero éste es liso y no podemos hacerlo por nuestros propios medios. ¿Qué se nos ocurre, entonces? Sin que nadie nos vea, construimos una maravillosa escalera y nos valemos de ella para llegar a la “cima”. Después, hacemos desaparecer dicha escalera y decimos “¡alehop!” La gente, entonces, nos mira y nos pregunta: “¿Cómo has llegado ahí arriba?” Y ahora, llega lo mejor: No les contestamos.
Todo ese trabajo invisible previo está ahí. La gente tiene que encontrarse solo con el guión y, a ser posible, ni siquiera con eso. Si en una película se advierte el texto que se encuentra debajo, su guionista habrá fracasado en la concepción de dicha historia.
Un guión es lo menos literario que existe. Sus palabras deben de ir al fondo del asunto, limitarse a ser exactas. Las frases deben de acabarse de un solo tirón, yéndose directas al punto y obviando las comas. Lenguaje espartano. Luego vendrán las imágenes provocadas por aquellas líneas. Y estas imágenes deberán de sugerir multitud de cosas a quien las vea. Serán literatura pura y nadie será capaz de encerrar en un lenguaje literario su sentido. He ahí la magia del cine. Aquello de que una imagen vale más que mil palabras resulta bien cierto.
Los escritores aprenden su oficio leyendo mucho y viendo mucho cine también. Después, si un escritor sobresaliente desea escribir un guión, ha de conocer sus reglas, olvidarse del lenguaje barroco y limitarse a describir lo más claramente posible, viendo imágenes y acciones.
Cuentan que cuando Raymond Chandler acudió al despacho de Billy Wilder con el fin de escribir el guión de “Perdición”, el director le preguntó si sabía realmente a lo que se estaba enfrentando. Raymond Chandler le contestó que sí, que escribir un guión era la cosa más fácil del mundo. Billy Wilder desconfió de su seguridad, pero le dio vía libre. Cuando el escritor le trajo un primer guión, Billy Wilder lo leyó, lo tiró a la basura y le mandó a aprender el oficio.
Escribir un guión no es solo contar una historia entretenida e interesante: es transmitir al espectador ideas nuevas, hacerle plantearse una serie de cosas. Y, sobre todo, es no dejarle pensar. Porque cuando un espectador que va al cine acaba abstrayéndose de la película que está viendo para ponerse a pensar en cosas de la vida que ha dejado fuera de la sala, pueden pasar dos cosas: que la película es un desastre o que la vida de este espectador es mucho más interesante que cualquier cosa que pueda pasar en el cine. Lo normal es que pase lo que sucede en la primera opción. Una película debe de hacer olvidar, a quien la ve, su aburrida vida cotidiana. Porque el cine es algo maravilloso, algo que no se nos puede contar de otra forma. Es la ventana a otros mundos, a otras historias (historias que tienen que ver con las cosas que a nosotros nos pasan, ciertamente). A eso vamos al cine: a pedir que nos cuenten historias, historias que, si no nos marcan, al menos deben de ser distintas de aquellas que ya conocemos.
En un guión hay mucho de su creador: El artista tiende a retratarse a sí mismo, o bien a enmascarar recuerdos de su vida utilizándolos en una historia donde cobren un nuevo matiz. El mejor de todos en este sentido fue Federico Fellini, que más que ir en busca del tiempo perdido, perdió el tiempo buscando. Y lo perdió de la mejor de las formas posibles: creando aquellas maravillosas historias. 

Autorretrato de Fellini manejando los hilos de sus criaturas


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