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BLANCANIEVES: UN CUENTO RENOVADOR

>> miércoles, 20 de febrero de 2013



El año pasado, año 2012, tuvieron lugar dos fenómenos curiosos dentro del panorama cinematográfico: por un lado, la película “The Artist” barrió en taquilla y en los premios Óscar, lo que supuso un retorno por parte del público a la nostalgia de los orígenes del cine. Por otro lado, se realizaron tres adaptaciones del cuento de “Blancanieves”. Dos de ellas, realizadas al otro lado del charco por Rupert Sanders y Tarsem. Una tercera, llevada a cabo en nuestro país, por Pablo Berger. Para remontarnos a su concepción, deberíamos viajar ocho años atrás. Esta “Blancanieves” no solo se apoyaba en cierta forma en lo que se apoyó “The Artist” (es decir, en el lenguaje específico de un cine histórico) sino que iba más allá. La película de Hazanavicius no dejaba de ser un mero homenaje, una metapelícula como mucho. Los más cinéfilos podían remitirse para hablar de ese “cine que hablaba sobre el propio cine” a “Cantando bajo la lluvia”. El musical ahondaba en el problema que supuso el advenimiento del sonido en la industria del cine, y esto lo volvía bien interesante (siendo, curiosamente, la parte que menos se recuerda de la película). “Blancanieves” es, ante todo, un cuento, y como tal se sirve de ese lenguaje mágico del cine mudo para envolvernos en una atmósfera bien particular.



Como invento de la técnica, el séptimo arte no podía escapar de los avances que traía el progreso. Por ello, fue enriqueciéndose, pero a la vez fue desprendiéndose de elementos bien valiosos, de lenguajes que ahora han quedado arcaicos. Cada uno de ellos, aunque solo sea por su condición de pieza de museo, de reliquia, continúa poseyendo una personalidad que lo caracteriza y nos lo hace interesante para quienes vivimos muchas décadas más adelante. A veces retornamos a ellas para preguntarles y sonsacarles sus pequeñas perlas de sabiduría. En el caso del cine silente y en blanco y negro, muchos elementos de su estética no nos han abandonado realmente. En realidad, se han disfrazado, pero permanecen allí como piezas fundamentales de una forma de expresión concreta. Quizá una de las cosas más difíciles sea aquella de decir las cosas pero sin decirlas, de expresarse renunciando a un lenguaje y escogiendo otro. Lo que viene conociéndose con la aséptica definición de “comunicación no verbal” es en realidad un regalo del cielo, una prueba para que el individuo haga uso de su esfuerzo y camine, aún con muletas. La música era parte esencial de dicha comunicación. Debía hacerse hablar a las imágenes, traducirlas de otro modo. Los compositores impresionistas sabían cómo hablar de una noche de tormenta garabateando un pentagrama. Podían transmitir un sentimiento valiéndose de una melodía. Esta especie de mundo onírico, este lugar de evasión al que recurrían los curiosos que se acercaban a una barraca de los Lumière era, en resumen, la puerta de entrada a un mundo desconocido y prodigioso. Así, los cuentos también resultaban tentadores para quienes se hallaban hastiados del aburrido mundo cotidiano. Necesitaban entrar en contacto con los grandes relatos, con sus maravillas y sus terrores. “Blancanieves” se presenta con estas luces y con estas sombras (e incluso las partes más oscuras se presentan sin la censura que los cuentos se obligan a emplear hacia los niños- aunque luego puedan ser todo lo crueles que quieran de este otro modo).
El film de Pablo Berger resulta hermoso por todo cuanto posee de puro. Como los “niños” a los que se supone que va dirigido. Esos niños que fuimos alguna vez y que después dejamos de ser a medida que fuimos madurando. Crecimos cuando fuimos descubriendo que el mundo no era tal como nos lo pintaban, que se encontraba lleno de incongruencias y preguntas sin respuesta que debíamos de aceptar. Con el dolor, el desengaño y la desilusión nos hicimos mayores. Muchas de esas cosas estaban ya en los cuentos, pero nosotros las mirábamos con los ojos de quien cree que lo que le cuentan solo es fantasía. Blancanieves, como tantos otros personajes, evolucionan de una infancia a una juventud tras pasar una serie de pruebas, tras atravesar un camino que les arrebata su ingenuidad primera.
Sin duda, esta versión es la más original de las tres que se han llevado a cabo. Todo se descontextualiza: la época (que en realidad en el cuento no es ninguna), el lugar, los personajes… Todo cambia para seguir siendo lo mismo al fin y al cabo. Todo se renueva, que al fin y al cabo es lo que venimos haciendo desde tiempos inmemoriales: utilizar algo que ya existe para contarlo de una forma distinta.
Tal vez sea la simplicidad de los cuentos unida a esa otra simplicidad del cine originario lo que, uniéndose, crea un material bien interesante en “Blancanieves”: todas sus escenas hacen gala de una sencillez magnífica, lo que provoca de alguna forma que nos reencontremos con ese “yo” nuestro fundacional que creíamos perdido. Alguien dijo que el cine era algo inmoral porque conseguía hacer aflorar en el individuo sus más recónditas pasiones, dejándolo “desnudo”. De igual a igual, así parece hablarnos este cine al que solo le cabe expresarse con los medios más rudimentarios, con los que se invocan nuestros sentimientos también más primigenios. La expresión del expresionismo unida a la impresión del impresionismo. Música e imagen: Murnau frente a Debussy. Imagen y sonido frente a un receptor ávido de historias.

Pablo Berger, con la manzana de la discordia

Cuando a una persona creativa le preguntan acerca del origen de su don, tal vez no encuentre respuesta. Con ello se nace, y no hay más. No obstante, esta facultad puede atrofiarse si no se la espolea correctamente. Es en la infancia cuando nuestra imaginación posee unas alas incombustibles, y solo tiempo más adelante se comprueba si estas alas se deshacen (como las de Ícaro al acercarse al sol) o perduran en el ser adulto. A esta época de nuestra vida volvemos continuamente, pues representa ese momento en el que todo cambia en nosotros. En este momento, dejamos de creer en los cuentos que nuestros mayores nos contaban. En este momento ya no es todo posible. Pero si hay unos posibles espoleadores, esos son nuestros padres, que se preocuparon por hacernos más comprensible nuestra existencia, aunque fuese con fantásticas mentiras. Quisiera concluir, pues, con unas palabras del propio cineasta. Berger, al salir al estrado para recibir uno de los diez goyas que recibió en la noche aciaga del 17 de febrero (concretamente el de “mejor guión original”), dijo estas maravillosas palabras: “A todos los padres y madres que todas las noches les cuentan un cuento a sus hijos. Mis padres me contaron muchos cuentos: por ellos”.     


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