Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

“CALLE MAYOR” (Juan Antonio Bardem, 1956)

>> lunes, 11 de febrero de 2013





“Forzosamente el cine tiene que ser entretenimiento, lo que pasa es que no basta solo con que la gente lo pase bien: el cine le tiene que ayudar, le tiene que sacudir como a mí me han sacudido tantas películas que he visto a lo largo de mi vida. Es entonces cuando el cine toma la dimensión que realmente tiene. En el fondo lo que queríamos era modificar una sociedad que no nos gustaba y hacerla mejor”

Esta es la historia de un hombre que estudió para ingeniero, pero que el veneno del cine le hizo tomar otros derroteros bien distintos en su vida: comenzó a escribir para revistas especializadas en el séptimo arte y formó parte de la primera promoción de realizadores cinematográficos españoles. Suspendió el trabajo final de carrera con un cortometraje titulado “Barajas” y, tras una serie de guiones frustrados terminó asociándose con otro joven estudiante para comenzar a filmar algunas películas. Uno de aquellos títulos fue “Bienvenido Mister Marshall”, ese amigo se llamaba Luis García Berlanga y él no era otro que Juan Antonio Bardem. En su filmografía figuran títulos dignos de figurar en todas las listas de mejores películas españolas de todos los tiempos. Por ejemplo “Cómicos” o “Muerte de un ciclista”. Por ejemplo, “Calle Mayor”.
Sus historias se llevaron “la palma” en diversos festivales internacionales (no solo pasó por Cannes, también obtuvo premios en Venecia, por ejemplo). Paradójicamente, la industria española, que siempre sufrió de raquitismo (aunque como el propio Bardem dijo, por lo menos contó con esa “industria”, a diferencia de los realizadores actuales) unida a la política del régimen, que ya por entonces le había cogido ojeriza debido a sus inclinaciones comunistas, le hicieron la vida (profesional y personal) imposible.
Si ya “Muerte de un ciclista” había sido tildada por la censura de su país de “gravemente peligrosa”, para Bardem los problemas comenzaron en “Calle Mayor”:
“La primera caída mía es en el año 1956. Después del día 9 de febrero, se nombra el estado de excepción y ahí caímos muchos. Pensaron que yo era responsable de algo, pero luego se demostró que no era responsable de nada”.



La película, es el magnífico retrato de una época de la cual todavía quedan trazas en la actualidad, pero que hoy en día puede resultar, a las nuevas generaciones, un tanto antidiluviana. Como diría Borau, una España “carpetovetónica”. El argumento, inspirado en la farsa de Arniches “La señorita de Trévelez”, sabe adaptarse a la sociedad actual en la que se rueda, y es precisamente este choque entre esa “supuesta” modernidad y ese “mundo oscurantista” lo que genera la critica que realiza el director. Federico, uno de los personajes protagonistas Interpretado por Yves Massard), encuentra en los pueblos esa “verdad” que no se ve en las grandes ciudades, para él tan artificiales. Ese mundo todavía virgen, sin contaminar por el avance imparable de un progreso tan criticado, tiene también su reverso de moneda. El escenario en el que se desarrolla la historia (que no necesita de parámetros para enclavarse, ya que  puede ser un sitio cualquiera, según el prólogo de la historia) no es ni mucho menos un lugar ideal en el que vivir. Ese mundo tradicional que se hermana con otras tantas zonas de la geografía en ese sentido –de ahí la idea de un lugar universal para el narrador en voz en off del comienzo- puede acabar convirtiéndose en una pesadilla. Son precisamente los hombres y mujeres que se imponen estas reglas ancestrales de comunidad, las que acaban padeciéndolas. Podríamos decir entonces que los habitantes de esta pequeña civilización son precisamente sus propios verdugos. Palabra “civilización” dicha con cierto escepticismo, por cuanto ésta significa. ¿Son civilizados los personajes de esta historia? Algunos sí, los que demuestran una mayor cordura. Otros, simplemente, son víctimas de su propia historia, una historia que se ha quedado atrofiada e infectada, incapaz de avanzar. Solo alguien externo, ajeno a ellos, puede salvarlos. Y ni siquiera esto está asegurado.
En las historias filmadas por Bardem hay siempre un replanteamiento de cuestiones por parte de los personajes que las habitan. Algunos son conscientes de que determinadas actitudes suyas pasadas fueron incorrectas y tratan de ponerlas remedio. Otros, parecen condenados a no poder hacer nada contra esto. Hay una especie de fatalidad en todos estos argumentos, fatalidad que golpea al espectador y le afecta, marcando en él una huella imborrable.
“Calle Mayor” es la historia de un grupo de amigos que entretienen su aburrimiento en un lugar de provincias a costa del daño ajeno. Las “bromas pesadas” son su fuerte y no dudan en ponerse a prueba mediante el ejercicio de las mismas cada vez que surge una ocasión. El elegido dentro de ese clan será en este caso Juan (interpretado por José Suárez) que, como Federico, no pertenece a dicha villa, sino que viene de fuera por motivos laborales. De entre los lugareños, la víctima escogida para la broma será Isabel (Betsy Blair). Será el blanco perfecto, pues toca esta vez jugar al “tenorio” y ella pertenece a ese grupo de las denominadas “solteronas”. Con sus treinta y cinco años, sigue sin haber encontrado una pareja con la que compartir su vida. Día tras día, sale a “pasear” a la calle, esperando que un hombre la detenga o se pare a hablar con ella.
Juan será obligado por sus amigos, dentro del funcionamiento tribal de grupo, a cortejarla. Ésta tarea será asumida con gusto por parte de Juan, que no querrá defraudar a sus amigos, demostrando que es el que mejor puede hacer dicha tarea.



Así, asistimos a un cortejo progresivo por parte del personaje (la busca en la iglesia, la cita en el cine…), y ella va poco a poco enamorándose. Para ella, la llegada de Juan ha sido como una bendición, aunque en todo momento teme que esta felicidad plena que siente no pueda ser eterna. Isabel tiene la teoría de que Dios compensa los estados del ser humano, tratando de equilibrarlos sobre una balanza: así, los buenos momentos deben pesar lo mismo que los malos. Pero ella no espera que esa parte negativa pueda ser la que en verdad es, la que le oculta Juan. Éste, va siendo consciente de la bondad de Isabel, y va sintiéndose culpable de la situación que ha creado. Por ello, decide avisar a su amigo Federico, que acude desde Madrid a ayudarle. “Puedes hacer dos cosas: una, decirle la verdad. Tú saldrías ganando y para ella sería terrible. Otra, seguir con la mentira. Ella sería feliz… ¿Y tú?” Federico defiende la primera opción, pero Juan no hace caso de ninguna de las dos. Piensa en desaparecer o en quitarse la vida. “Has creado una bola de nieve que, de seguir creciendo, acabará aplastándote”. Federico no entiende la actitud cobarde de su amigo. Él defiende que hay que ir siempre con al verdad por delante, en caso de que se hagan mal las cosas. Federico representa esa mirada exterior que observa con clarividencia lo que está sucediendo. Él y Tonia (interpretada por Dora Doll), que es una de las prostitutas de la casa a la que acude Juan a ahogar sus penas.
Al lado de Isabel se encuentran su madre y la señora que trabaja en la casa de las dos. Personajes tan ingenuos y tan solitarios como ella. Luego, está el intelectual del lugar, que pasa su vida encerrado en la Casa de Cultura, habiendo decidido que su carrera literaria ha concluido y que solo le queda descansar. Para Federico, este personaje es tan cobarde como Juan. Federico, tachado también como “intelectual” aunque en el sentido más despectivo por parte de sus amigos, propone al viejo escritor colaborar en la revista de la que él participa, pero éste deniega la oferta aunque admira su actitud. El resto de personajes, representantes de la sociedad decadente que se nos presenta, no son más que decorado necesario para poner en contexto a los protagonistas, definirlos y justificarlos. Hay una escena que define muy bien la tensión a la que se encuentran expuestas las personas que viven en ese mundo: durante una noche de procesión, Juan decide acudir para reunirse con Isabel para decirle que “la quiere”. Para ello, no duda saltarse las filas el público para ponerse a caminar en mitad del cortejo, en el que se encuentra ella. Las mujeres beatas giran sus cabezas hacia el foco de atención de los dos jóvenes y, con mirada reprobatoria, los juzgan sin ningún tipo de compasión. Isabel parece ajena a su contexto, no cabe en sí de dicha. Pero éste será uno de los pocos momentos en que ella se saldrá de esta sociedad a la que pertenece, pues sabe que está condenada a no abandonar el redil, que ha sido educada para seguir a rajatabla las normas impuestas para el buen funcionamiento del mismo.



“Calle Mayor” es ejemplo de un cine que sabe aplicar las instrucciones aprendidas para elaborar un producto de calidad. Influida evidentemente por el neorrealismo (la escena citada recuerda a otra que tiene lugar en “Stromboli” de Rosellini) pero con la idiosincrasia propia del lugar en el que se rueda, contó para su realización con la fotografía de Michel Kelber, la banda sonora de Joseph Kosma (acompañada por fragmentos compuestos por Isidro B. Maiztegui, que colaboró también en “Muerte de un ciclista” y que aporta su punto vanguardista- generando una atmósfera opresiva en las imágenes-) y un reparto internacional. La misma Betsy Blair, que venía de triunfar en América con su interpretación en “Marty”, resultó una piedra clave en el resultado final del film, pero también resultan imprescindibles los papeles interpretados por Yves Massard y Dora Doll.
“Calle Mayor” es una película que sigue conmoviendo y dando que pensar acerca de la condición humana. Un ejemplo que debe de tenerse en cuenta por parte del ser humano para no repetir en un futuro actitudes nefastas de su pasado. 

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP