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DJANGO DESENCADENADO

>> domingo, 3 de febrero de 2013




Parecía que el género del western se encontraba totalmente liquidado. Parecía. Ha tenido que venir Tarantino para demostrarnos que la cosa no es así, que solo hace falta un poco de imaginación. Él, que es un experto en coger de aquí y de allá para fabricar obras novedosas y rompedoras. Su bagaje cinematográfico, procedente de horas y horas invertidas en el videoclub, le hace jugar con ventaja y proponer nuevos desafíos dentro de lo que llamamos séptimo arte. Pero la cosa no acaba aquí. El bueno de Quentin es capaz de conformar una pieza con una duración de tres horas y conseguir que el espectador no sea capaz de apartar la mirada de la pantalla. “Django desencadenado” es otra de esas obras excesivas y disparatadas de su director, plagada de diálogos hilarantes como sólo él los sabe hacer y con un alto contenido de violencia. De hecho, su empleo es tan excesivo que llega un momento en el que ya no nos llega a resultar “violencia” como tal, sino una especie de despliegue de fuegos de artificio sorprendente que acaba anulándose a sí mismo, anestesiando a la mirada que lo contempla.                                                                                  

Quentin Tarantino bebe, para ser más exactos, del western del spaghetti italiano (concretamente se basa en el film “Django”, que Sergio Corbucci), sin olvidarse referentes como Sam Peckinpah, pionero en el uso de una estética agresiva que podríamos denominar como “tremendista”. De hecho, no es casualidad que el cineasta se considerase admirador de novelas de Cela como “La familia de Pascual Duarte” (a partir de la cual se acuñó dicho concepto de “tremendismo”). Pero antes que Peckinpah, habría que mencionar a Arthur Penn y su film “Bonnie and Clyde”, concretamente la escena final del asesinato de los dos gansteres con sus cuerpos estremeciéndose a cámara lenta mientras son acribillados por un sinfín de balas.
En “Django”, Tarantino demuestra una vez más que todavía le quedan historias que contar, que su frescura permanece intacta aún pasando los años. Para realizarla, no ha dudado en rodearse de viejos actores conocidos como Samuel L. Jackson o Christoph Waltz (que ya le había dado un resultado excepcional en su anterior film “Malditos bastardos”) además de otros que resultaban una baza asegurada, como Jamie Foxx o Leonardo DiCaprio. En esta revisión tan posmoderna del género del oeste, llaman la atención recursos visuales como el de los zooms a gran velocidad, o los sonoros, introduciendo música e interrumpiéndola de golpe (eso sí, con toda la coherencia), desde la clásica (“Dies Irae” del Réquiem de Verdi) o actual (rap). No podía faltar Ennio Morricone, ni la banda sonora original de la película del mismo nombre ya mencionada en la que se basa Tarantino para realizar el film.

Christoph Waltz y Jamie Foxx

“Django” es una crítica a la época esclavista en Estados Unidos, antes de que Lincoln cambiase las cosas tras la Guerra de Secesión. El título hace alusión al nombre del personaje protagonista (interpretado por Foxx), el cual es rescatado por King Schultz (Waltz) cuando se encuentra siendo conducido junto a otros esclavos negros a través de Texas. Waltz es un antiguo dentista reconvertido en caza recompensas que necesita a Django para encontrar a unos hombres que busca y que sabe que él conoce. Django, por su parte, busca reencontrarse con su mujer Broomhilda (Kerry Washington). He aquí el primer chiste tarantiniano de la película: el nombre de ella corresponde al del personaje de la mitología nórdica, acabando por resultar curioso que una mujer de reza negra tenga nombre germano e incluso hable alemán. Django, que en este caso representaría al Sigfrido de la Broomhilda legendaria, realizará este viaje cinematográfico para reencontrarse con su amada, quien, como él, ha sido vendida como esclava. Este viaje será doble, pues también pensará vengarse de todo hombre blanco que pasó por su vida y la convirtió en un infierno. El segundo chiste de la película es el de un caza recompensas negro que caza blancos (algo insólito en la época en la que se desarrolla el film). Una de las escenas más memorables es la de la parodia que Tarantino hace del Ku-Klux Klan, y que resulta una revancha a la escena final de “El nacimiento de una nación” de Griffith. Tarantino reconoció, en recientes declaraciones, que para esa escena tomó precisamente como fuente de inspiración dicha escena de Griffith. Recordó, además, que uno de los figurantes de esa escena fue John Ford, refiriéndose a él en estos términos:

“Es gracioso, la verdad. Obviamente, John Ford no es uno de mis héroes del western americano. Decir eso es poco. Le odio. Olvidémonos de los indios sin rostro que mataba como a zombis. Es gente como él quien mantiene viva esta idea de la sociedad anglosajona como modelo de comparación con el resto de las sociedades, sean de donde sean. Y la idea de que esta forma de pensar es una sandez es bastante reciente, en términos relativos. Y se puede ver en el cine de los 30, 40 e, incluso, de los 50”.

Cabría refutar a Tarantino como una forma de justicia cinematográfica: y es que Ford fue precisamente uno de los primeros directores en incluir a actores de color en sus películas (anteriormente, para representarlos, se pintaba a actores de raza blanca para que simularan ser negros). Además, sin Ford no existiría ni Peckinpah ni “Django”. Ford supo crear un lenguaje cinematográfico propio y sus películas son dignas de figurar entre las primeras dentro de la Historia del Cine.


Leonardo Dicaprio
Pero volvamos a “Django”. En la película hay dos partes bien diferenciadas:
Una, la que corresponde a las “aventuras” de los dos protagonistas como caza recompensas. Y otra que se refiere a la llegada de éstos a Candyland, en la cual se encuentra presa Broomhilda. Quien la ha comprado no es otro que Calvin Candie, dueño de la finca (interpretado por DiCaprio). Candie tiene como leal esclavo a Stephen (Jackson) un hombre de raza negra que no duda en actuar contra los de su propia raza como el pero de los “negreros”.
La primera parte acaba siendo mejor acogida por el público, mientras que la segunda acaba resultando, según la opinión general, como más lenta. A mi juicio, es ésta precisamente la más interesante, aunque carezca de la acción tan demandada por los fans tarantinianos (los cuales se verán saciados al final de la película, con una “carnicería” a mi juicio excesiva). En ella se encuentran partes magistrales, como la exhortación de Dicaprio calavera en mano, como un moderno Hamlet. Las partes habladas resultan para Tarantino una herramienta necesaria para ir incrementando la tensión hasta que ésta sirva como detonante de su particular violencia. No obstante, su ironía es ya marca de la casa, habiéndose vuelto perfectamente reconocible para los amantes del cine. Los diálogos tarantinianos son bien genuinos e inimitables.
¡Ah, se me olvidaba! En el film hay dos cameos especiales, uno bien visible y otro no tanto: en el primero, veremos a Tarantino interpretando un pequeño papel. En el segundo, encontraremos a la actriz Amber Tamblyn asomándose por una ventana durante unos pocos segundos, al comienzo del film, cuando los dos protagonistas llegan al pueblo en el que ella vive.
Habrá quien piense que el film es la mejor obra de su director. Otros, pueden que echen de menos los tiempos de “Pulp Fiction”. Lo que resulta inapelable, es que “Django” es Tarantino en estado puro. Y yo solo puedo recomendar que… ¡no se la pierdan!

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