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SERENATA ESPAÑOLA

>> domingo, 24 de febrero de 2013


Enrique Granados

Acudir a eventos en horas intempestivas se ha vuelto en mí casi un hábito. Ahora que mi horario lectivo se circunscribe en un periodo que va de las seis de la tarde a las diez de la noche de los lunes a los jueves, el tiempo que me queda para actividades culturales debe de limitarse a la mañana.
Una de estas primeras citas matutinas con el arte tuvo lugar un día del mes de octubre. La Juan March había programado un concierto dedicado a los “lieder”, desde Schumann hasta Guastavino. Al piano, mi amiga Paloma Camacho. La soprano, lo recuerdo muy bien, era Sandra Redondo. Tuvo que llegar la última pieza del programa (una propina, curiosamente) para que esa necesidad de emoción, que había estado escondiendo durante mucho tiempo, saliese a flote. Fue precisamente una canción amatoria de Granados la culpable. Siempre he defendido que el buen arte es aquel capaz de tocarte en lo más profundo, de removerte tu verdad a través de la suya. ¡Cómo olvidar aquella voz interpretando aquel “No lloréis ojuelos”! Evidentemente, me encontraba influido por sucesos recientes y personales de los que todavía no me había recuperado. La pérdida de un amor, ese tópico tan manido en los repertorios, se hacía todavía más “sangrante” (entiéndase no por indignante sino por desgarrador) en la canción romántica española. Una mujer era siempre la sufriente. En mi caso, como resulta evidente, el género cambiaba al masculino. Este tema, el del “amor dolido”, resulta universal y por ello se ofrece como un recurso siempre ganador a la hora de apostar por él para construir una pieza literaria, pictórica, musical o cinematográfica. La letra de la canción, obra del escritor catalán Periquet, decía con su sencillez lo siguiente:

No lloréis, ojuelos,
porque no es razón
que llore de celos
quien mata de amor.

Quien puede matar
no intente morir,
si hace con reír
más que con llorar.

No lloréis ojuelos,
porque no es razón
que llore de celos
quien mata de amor.

Allí estaba yo, llorando como un niño, incapaz de controlar mi propia fisiología, volviendo físico un sentimiento, una pasión, un pensamiento, una abstracción. Tratando de parapetarme en la oscuridad de la sala, me encontraba más cómodo debido a que gran parte del público había abandonado la sala al haber finalizado “oficialmente” el concierto. Habían terminado Schubert, Debussy o Fauré, pero todavía quedaba Granados, y apenas nadie había tenido el respeto de quedarse sentado a escucharle. Él, junto a otros, dignificó aún más la identidad de la música española. Hubo que esperar casi al siglo veinte para que nuestra identidad lírica fuese tomando un rumbo determinado, para que fuésemos tenidos en cuenta fuera de nuestras fronteras. Ahora, que está más de moda que nunca que el español se desprestigie a sí mismo y valore solo las cosas de fuera, deberíamos de reivindicar todavía con más fuerza nuestra idiosincrasia, nuestra personalidad y fuerza como país. Tenemos mil cosas buenas que nos dignifican, pero solo somos capaces de ver aquellas que nos denigran. Una lástima.
Concretamente, además de esta pieza del repertorio, me llegaron muy adentro algunas del ya citado Guastavino, por su fuerza y sinceridad tan del sur, la “Nuit de Etoiles” de Debussy por aquella melodía tan fascinadora y mágica, y de las demás sobre todo los textos en los que estaban inspiradas (y a partir de los cuales se entiende tan bien la intencionalidad que le da el músico con las notas que idea para su ilustración). Pero ¡ah, Granados! Este compositor merece un capítulo aparte. Su obra posee ese contenido trágico y hermoso tan latente. A veces, para imaginar esto, pienso en un gorrión cuyas ganas de cantar su felicidad al mundo es tan fuerte que su pecho es incapaz de contener su corazón. Granados fue coherente tanto con su obra como con su vida. La forma como afrontó su trágico final le explica mucho mejor que como puede hacerlo su música. Torpedeado el barco en el que regresaba a España tras interpretar en Estados Unidos su “Goyescas”, no dudó un instante en arrojarse al mar, adonde había caído su mujer, que le había acompañado, para morir abrazado a ella en aguas del Canal de la Mancha.


Imperio Argentina en una escena del film "Goyescas" de Benito Perojo. Basada en la obra de Granados, éste a su vez se inspiró en los cuadros de Goya para llevarla a cabo.  

Puede que para las intérpretes que dieron vida a aquella canción de Granados en aquel día de Octubre, fuese una interpretación más. Para mí no. Para mí, aquel día quedó marcado en mi calendario vital.
Otro de los compositores coetáneos a Granados (y también español) fue Isaac Albéniz. Al igual que Granados, su propia biografía fue reflejo del carácter de su obra. Su obra trascendió al ritmo con el que el joven Albéniz iba haciéndose camino a golpe de iniciativa. Ya de niño abandonó la casa familiar para dar conciertos por toda la geografía española. Hay un film de Juan de Orduña titulado “Serenata española” (de 1947) que homenajea al compositor, relatando los hechos más trascendentales de su vida, eso sí, añadiendo a mi juicio una novelización a los hechos innecesaria. Y es que el ser humano tiende a dar testimonio de sus hazañas, o, en este caso, dar testimonio de las de los demás. Hay como una necesidad por reconstruir hechos que en su momento no pudieron ser captados por una cámara o por un lienzo. Es extraño, de hecho, que todavía no se haya registrado la vida de Granados, que no se haya recreado o teatralizado su muerte, bien cinematográfica, pictórica o literaria. Hay hechos que pueden ser ilustrados incluso para dar ejemplo (hace poco descubrí un dibujo que me llamó la atención: en él, se veía a Napoleón arrojando al fuego un volumen del Marqués de Sade, como condenado al autor por depravado e inmoral). Lo más cercano a cualquier intento de homenajear al compositor lo encontramos en el film de Benito Perojo “Goyescas”, de 1942. La película, está inspirada en la ópera del mismo título del catalán, quien a su vez se basó en la serie de cartones de tapices de Goya para concebirla. Las “canciones amatorias” antes citadas, junto a las “Tonadillas”, no dejan de ser una continuación de estas “Goyescas” granadianas (que no granadinas).
 

El Albéniz niño de "Serenata Española", interpretado por un jovencísimo Carlos Larrañaga

De Albéniz, en “Serenata española” se reproducen hechos de su vida que pudieron ser o no ser ciertos. En algunas ocasiones solo nos queda el imaginar o suponer cómo fueron determinadas cosas. La llegada del niño a El Escorial, por ejemplo, tras haber convencido al alcalde del lugar de que era un gran músico y un gran compositor, e interpretando al piano una improvisación sobre un tema dado, demostrando que era  verdad aquello que decía sobre sí mismo, sobre su talento. O también, su encuentro, años más tarde, con el gran Fran Liszt (hecho sobre el cuál hay todo un halo de misterio, pues no se conoce a ciencia cierta si el español tuvo relación con el húngaro). 

El encuentro cinematográfico entre Liszt y Albéniz
El autor de la “Rapsodia húngara” le daba en idioma español (uno de los fallos garrafales de la película, además de el de presentar a Albéniz sin aquella barba y gafas que tanto le definían) esta recomendación: “En mi opinión, todo arte debe ser sincero y expresar algo. En su canción, al sinceridad y la fuerza expresiva están principalmente en el tema”. Albéniz le respondía con una pregunta: “¿Tal vez por su simplicidad?”. El maestro le respondía: “No. Por su origen. Porque ha nacido en España, como usted. Piénselo”. El español, sin comprender muy bien, le objeta: “Pero cuando una aspira a la perfección, se debe pensar en lo universal”. Liszt le corrige: “¿Y cree usted que una tierra como la suya no puede aspirar a algo universal? Siga por ese camino, líbrese de influencias extrañas que torcerían su rumbo, siga el que le marque la vida misma, pero no en ningún país que le sea extraño. Viva en España, nútrase de ella, recorra sus caminos, sufra si es necesario pero llévese el alma, y entonces sentirá la comezón de vaciarla en su arte. Una tierra que ha dado artistas ilustres, héroes insignes, todavía no encontró el músico que la defina en el pentagrama. Puede ser usted. ¿Le parece poco? Ese es su rumbo: España.” 

El personaje lisztiano de “Serenata española”, sin duda se encuentra influido por la concepción educativa que por entonces se tenía del cine. Una concepción que ensalzara los valores propios del país en el que se rodaba, y del que se tomaban temas de su historia para la cinematografía que se estaba creando. Un cine en cierto sentido patriótico. Por lo tanto, si era necesario que Liszt hablara a favor de esta defensa, se le  hacía hablar. No obstante, en su discurso hay cosas bien ciertas. Los compositores españoles solían finalizar su formación musical viajando a otros países, impregnándose de los aires internacionales y tratando de dotar a sus obras de esta concepción universal. No obstante, a su regreso al país natal, adaptaban este aprendizaje, esta influencia extranjera, en obras de corte nacionalista. Joaquín Turina, por ejemplo, enclavado en esta época también, concebía obras de aire eminentemente andaluz bajo un trasfondo impresionista, aprendido de sus estudios en Francia. Bretón, Chapí, trataron de concebir obras serias (llegando a escribir incluso óperas), imitando las maneras francesas o italianas, pero aquello con lo que acaban dándose a conocer era con los géneros populares como la zarzuela (concretamente “La verbena de la paloma” fue un rotundo éxito, a pesar de que su autor no se la hubiese tomado nunca en serio).
Es necesario un arraigo, una herencia musical determinada en cada compositor, un origen vital, para que las obras que nazcan de su pluma posean ese algo que las haga personales (de lo contrario, aparentando ser lo que no son, acaban volviéndose obras extrañas, no pertenecientes a ningún enclave concreto siendo a su vez de muchos). Si bien es cierto que debe de buscarse un lenguaje universal que capte el mayor público posible, tampoco se debe de rechazar el toque exótico que por otro lado hace que reconozcamos al autor y que nos llame la atención por ser “distinto” de otros.


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