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UN ROSTRO, UN PENSAMIENTO

>> domingo, 24 de febrero de 2013

Fotografía obra de Cindy Sherman


Hacía tan solo un par de semanas que acababa de mudarse. Su puerta se encontraba frente a la mía, y solíamos vernos en los momentos más tontos de cada jornada: bajando la basura, cogiendo el ascensor… estos serían solo un par de ejemplos, a mi juicio suficientes para ilustrar esta cotidianidad en la que nos encontrábamos inevitablemente inmersos.  A día de hoy, tan solo quince días después de su llegada, seguía diciéndome en mi soledad aquellas seis palabras: “Ojala no hubiese visto su cara”.
¿Y cómo no verla? Tarde o temprano habría acabado teniendo que saludarla, que recibirla como vecino y antiguo inquilino. Tarde o temprano habría tenido que otorgarle una personalidad, aunque solo pudiera valerme para ello de su apariencia, de su imagen externa.
Resultaría muy complicado definir a esta extraña mujer. Todo su rostro era en sí una creación propia, apenas se dejaba advertir lo que la naturaleza había creado en él. Tan original resultaba su caracterización, que creo que nunca habría cobrado un sentido más concreto aquella expresión de “aquella cara era todo un poema” que en ésta que ahora refiero. Desde luego, ésta imagen era la que quería transmitir al mundo entero. Pero ¿qué se escondía tras tanto postizo?
Un servidor, que es un investigador nato, no tardó en desmontar aquella armadura fijándose, día tras día y muy minuciosamente, en la geografía humana que podía existir tras aquel paisaje abstracto digno de Rothko.
Empecé por tratar de atar cabos. ¿Por qué esa cara me era tan familiar? ¿Por qué parecía sentir que un sexto sentido me decía que ya conocía a aquella mujer? Un romántico alemán me habría dicho que aquello no era más que uno de los tantos misterios del alma humana. No obstante, traté de aportar cierta racionalidad a mi juicio buscando una explicación convincente, apartándome de toda poética. Pero, a pesar de esto, no pude evitar que la ciencia me abandonara en mi trabajo para dar paso a la inevitable fabulación.
¿Y si se trataba de una vieja artista? Una antigua gloria, como la Gloria Swanson de “Sunset Boulevard” o la Bette Davis de “Baby Jane”. Quizá la vida le hubiera tratado injustamente, condenándola al ostracismo. Tal vez ella misma se hubiese aburrido del agobiante mundo de las luces de candilejas. Tenía pinta de haber pisado sobre escenarios, de grabado algún que otro disco de canciones con música de arrabal y letras prohibidas.
También podía haber sido artista de vanguardia, pintora a lo Maruja Mallo, haciendo de su imagen un lienzo en sí misma.
Barajé también la posibilidad de imaginarla escribiendo ante una vieja máquina pensamientos filosóficos, rodeada en su estudio por un coro de gatos que maullaran sus ocurrencias, como María Zambrano.
Noche tras noche me iba a la cama, apagaba la luz y acudían todos estos pensamientos para impedirme conciliar el sueño. Ahora, cuando no me quitaba tiempo ninguna ocupación y mi mente se encontraba desprotegida ante sus propios ataques, me preguntaba una y otra vez acerca de la identidad de aquella mujer.            
Debía de andar ya bastante trastornado aquel día en el que decidí pasar a la acción. Por lo visto, mi sola participación en este asunto no era suficiente y precisaba de una ayuda externa, a ser posible la de la persona en cuestión.
Todo parecía preparado a propósito. La solución se me servía en bandeja: Ella se encontraba sentada en un banco de la plaza de debajo de casa, con la sola compañía de la luz de las farolas. Era una noche de verano en la que el calor se había ido a visitar al frío, dejando una temperatura estupenda.
¿De dónde venía yo? ¡Ah, sí! Del teatro. Un amigo había puesto en escena “La noche de la iguana”, del bueno de Tenessee. ¡Hace falta valor! Podríamos decir que su adaptación no satisfizo mis expectativas, y que me marché sin pasar por su camerino porque no sabía realmente qué decirle. Y es que, para decir cosas de las que quizá luego podamos arrepentirnos, creo que es mejor no decirlas ¿no creen?
Allí estaba ella, como esperando a que yo me acercara y le preguntara aquello tan tonto de: “Perdone ¿nos conocemos de algo?” Y así fue, tal cual. En cuatro pasos me planté ante ella y solté aquella pregunta, como quien pide la hora. Ella entonces sonrió y me dijo con toda naturalidad: “¡Pero Ramón, qué cosas tienes! ¡Desde luego, esperaba que sacaras el tema, pero no de esta manera! ¿Es que no te acuerdas de mí? ¡Soy Eloísa, tu profesora de literatura del colegio!”
Odio que sucedan este tipo de cosas en las que uno queda a la altura del betún y pide las veces que haga falta a la Tierra que le trague.
-         ¡Doña Eloisa, claro que sí! Pero qué tonto estoy…
-         ¡Ay, Ramonín, Ramonín! Por lo que veo, sigues igual de incorregible…
Afortunadamente, el trance pasó rápido porque ella supo encarrilar la situación de la mejor de las maneras: Haciendo más preguntas, a ser posibles ajenas a todo esto.
-         ¿Y cómo te va la vida, muchacho?
-         Pues… Ya ve, le hice caso y me metí por la senda de la escritura…
-         ¡menudas redacciones me hacías! Ni una falta de ortografía… Además, tus historias eran bien originales…
-         No, si ya me lo dijo siempre mi madre. “¡Pero qué cosas se te ocurren, hijo mío!”
La conversación acabó derivando por cauces insospechados. No obstante, mi cabeza seguía haciéndose preguntas. Por ejemplo: ¿Por qué reconociendo por fin a esta mujer es como si ahora no la conociese de nada? Qué extraño es esto del paso del tiempo… Treinta años, ni más ni menos, sin oír sus sabios consejos. Treinta años que han ido trabajando en un posible olvido, que han ido apagando estimas y admiraciones… Treinta años que han hecho desaparecer tantas cosas… Eloísa había ido desplazándose cada vez más lejos hasta acabar convertida en un cuadro abstracto de Rothko. Y, lo más gracioso de todo, es que ella fue determinante en mi decisión de convertirme en lo que ahora soy: un novelista en paro.


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