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6. DEL ARTE DE LA ESCRITURA Y SU FUNCIÓN PRÁCTICA

>> sábado, 30 de marzo de 2013




"La parte más importante a la hora de crear una película la realizan los guionistas. Debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para impedir que se den cuenta de ello".

Siendo uno de los grandes pesos pesados de la producción cinematográfica, Irving Thalberg sabía lo que decía. Él era consciente de aquella máxima tan repetida una y mil veces en este mundo del séptimo arte: “Con un buen guión se puede hacer una mala película… Pero con un mal guión, será imposible hacer una buena película”. El éxito de una película reside, en buena parte, en su “libreto”. El guionista es esa celestina que, con su buen hacer, debe conseguir que el espectador se sienta atraído por una película. No obstante, esta labor no siempre se ha valorado de manera suficiente. El guionista es ese ser que vive en la sombra, que está ahí aunque los demás crean no verlo.

Pero no todo deben de ser elogios hacia esta figura. El escritor contrae ante todo deberes, deberes sostenidos por el peso de la responsabilidad de la cual debe hacerse cargo.

"¡Señorita Hedren, deje al cuervo y póngase con el guión, por favor!"

El primero de todos estos mandatos debe de ser el de la afinación en la escritura. Algún advenedizo se preguntará entonces: “¿Y cómo puedo escribir bien?” Su duda tendrá una difícil respuesta rápida y directa. Existe todo un camino que debe de recorrerse, y que debería de resultar de Perogrullo para quienes desean ingresar en la noble y loable academia de la escritura: Leer, leer mucho. Formarse aprendiendo de la literatura. No hace mucho tiempo, un niño consideraba el “Moby Dick” o cualquier novela de Emilio Salgari como una lectura entretenida y apasionante. Hoy día, esto ha cambiado y aquella forma de escribir se ha vuelto arcaica y compleja, no apta para cualquier público. Gran parte de este problema proviene de la propia educación actual, que ha ido perdiendo en exigencia y en preocupación por una formación correcta y completa. Las nuevas generaciones se han ido haciendo más cómodas. No obstante, aún se conserva la esperanza en la supervivencia de un grupo de personas que resistan los embates de este mundo en constante cambio y en progresiva degradación. Estos serán los que seguirán leyendo a Melville o Julio Verne, para después escalar hacia Tolstoi e incluso Joyce.

Tras este periodo de exclusivo cultivo de la escritura, habrá que comenzar a demostrar lo que se ha aprendido de los grandes maestros. Habrá que escribir y escribir, sin descanso. El ser humano siempre cree que lo que se encuentra haciendo en el momento presente en el que vive es aquello de mejor calidad. Una obra maestra, algo inmejorable. Siempre vive en esa certeza, pese a que por otro lado sea consciente de que con los años sus trabajos van ganando en calidad, a medida que se va ganando en experiencia y en “mano” o habilidad.


Alfred y su mujer Alma mano a mano con el guión de "Marnie la ladrona"

Otra cosa que debería de ser obvia (aunque precisamente esta supuesta “obviedad” hace que no nos detengamos en ella) es el cuidado formal. Un guionista no debe de escribir con las florituras típicas de una obra literaria. Debe de ser breve y conciso en lo que expone. La lectura de su trabajo debe de ser fluida para quien ha de darle el visto bueno. No obstante, aunque no tenga calidad “literaria” como se entendería en el caso antes citado, sí debe de ser correcta. El escritor debe de presentarse como un hombre que conoce el oficio de la escritura, que lo respeta y lo maneja a la perfección. Las faltas de ortografía, por ejemplo, resultan una falta grave y, en muchos casos, provocan que se deje de leer un texto, por muy interesado que resulte en su contenido. Para que nos entendamos, esto podría equivaler al siguiente caso: El mejor piloto de Fórmula 1 decide salir a la pista con un seiscientos. ¿Qué sucederá? Que su imagen quedará deteriorada. Al público no le importará que sea un maestro en su oficio, si luego lo que hace es sacar esta “carrocería” para demostrarlo.

Algo de lo que ya hemos hablado en anteriores capítulos es de ese “viaje” del escritor. Muchas veces, el guionista desconoce si el rumbo que ha tomado es el correcto a la hora de comenzar a trabajar. Sabe que ya se ha puesto en marcha, pero querría saber si su coche sigue yendo por carretera o, por el contrario, se ha salido y va dando tumbos por mitad del campo, dispuesto a chocarse en cualquier momento con cualquier árbol que escape a su visión. Esto es lo más normal del mundo, lo más habitual que nos puede suceder. Resulta apasionante vivir en la “duda”. La certeza es aburrida en sí misma. No esconde ningún reto.

A veces el guionista también se obsesiona buscando frases que puedan pasar a la posteridad. Busca que sus palabras posean un valor tal que puedan ser subastadas en Sotheby´s… Aunque, de nuevo, la duda hace que a veces piense que su texto no merezca estar ni en un puesto de El Rastro. ¡La consecución del éxito es en gran parte un gran enigma! Para que se produzca, si es cierto que hay que trabajar en un campo de cultivo, sembrar cada día para obtener posibles resultados. La suerte consiste en estar muchas veces en el sitio y momento adecuados… Pero claro, hay que estar allí, no nos podemos quedar metidos en la cama con cuarenta de fiebre.


Story board con fotogramas comparativos de "Los pájaros" de Hitchcock

Cuentan que, estando Hitchcock en el rodaje de su film “El hombre que sabía demasiado”, le dijo a uno de los actores: “Se le ha pagado al guionista de esta historia una suma considerable por su trabajo… ¿Sería mucho pedir que dijera sus frases tal y como vienen en el texto?” Las películas del británico quedaban perfectamente delimitadas en su cabeza. Todo lo tenía claro, tanto que los guionistas sólo precisaban plasmar y trabajar lo que el director había descrito apasionada y cabalmente. La historia quedaba convertida en un exhaustivo guión técnico con notas detalladas sobre la estructura del foro, la disposición de las cámaras y la iluminación, marcas y ángulos. Nada se salía de esta planificación, no había lugar a la improvisación. Otros cineastas, en cambio, han tomado el guión solo como punto de partida, y sus historias han ido creciendo y mejorando al llevarlas a cabo. Películas vivas hasta el último momento. En realidad, la función de un guión debe de ser la de proponer una serie de cosas, exponerlas un tanto abstractamente. Un escritor no debe decirle a un director cómo deben de ser cada uno de los planos que cuenten su historia (esto debe de ser tarea del encargado de fotografía). En pocas palabras: el guionista debe de ceñirse a sus funciones, no extralimitándose nunca. A nadie le gusta que le digan cómo debe de hacer su trabajo. Si un escritor sabe qué es lo que quiere y tiene las imágenes de su historia claras, no hará falta especificarlas de este modo, pues quien lea el texto sabrá verlas fácilmente, sin necesidad de concreción alguna. Ahí está la maestría del oficio y es ahí donde se reconoce a un buen literato, aunque no pueda demostrar que lo es porque el formato del guión se lo impida. Ser guionista es una cosa muy seria y, como dijo uno de mis profesores, “la tarea más fascinante y bella de todas”.

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