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CANCIÓN Y DANZA Nº 1

>> sábado, 9 de marzo de 2013




Me llamo Frederic, y soy poco hablador. Puede decirse que mi voz es la música… Ella se expresa por mí. Ahora me encuentro en una habitación, a solas con mi piano. Con él dialogo, él es el instrumento del que me valgo para sacar afuera mis secretos más recónditos. A través de la ventana veo que llueve. Hace una tarde plácida aquí en Barcelona. Los últimos rayos del sol me advierten de que tengo que encender la luz del cuarto. Ante mí, la inmensidad del papel pautado, esperando a cobrar un sentido inundándose de notas. Como toda composición para piano, se exigen dos voces, dos pentagramas: uno para cada mano. Arriba, la clave de sol. Abajo, la de fa. He trabajado durante muchos años en silencio para conseguir lo máximo con la mínima expresión. Mis canciones se dibujan de forma sencilla, sus melodía son simples. En ellas, caben pocas notas. Podría decirse que tardo un tiempo considerable para decidirme a escoger un “fa”, por ejemplo, y anotarlo de forma física. Las manchas musicales van colocándose una tras de otra conformando una frase, como los años se van cumpliendo en el transcurso de una vida. Tal vez halla tratado de construir mi vida conforme a mi música, o viceversa… Poco a poco, ha ido invadiéndome una especie de silencio. La ausencia de sonido es algo que valoro, sobre todo ese sonido situado entre nota y nota. ¿No es cierto que la vibración de un sonido puede mantenerse en el aire durante un tiempo indeterminado? Tanto como el sonido de las campanas al tañerse. Precisamente aprendí a valorar la música con ellas, desde niño. Mi familia tenía una fundición y en ella pasé muchas horas de mi infancia, dejándome contagiar por aquellas melodías concebidas con un sentido espiritual, casi místico. Al observar desde la vejez mi delgadez y mi altura, podría decirse que yo también tengo algo etéreo y volátil.
Sí señores: soy un gran tímido. Dicen que soy un buen intérprete, pero apenas me dejo ver en conciertos. Me gusta estar en casa y encerrarme. Dicen que soy una gran figura de la música catalana del siglo veinte. Detesto exponerme ante el público, enseguida me pongo rojo como un tomate y mi cuerpo empieza a temblar. ¡Figúrense cómo es la cosa que, cuando fui de joven a París a aprender música con mi carta de recomendación, dejé plantado al maestro Fauré porque me entró un ataque de pánico! Así son las cosas.
De vez en cuando me reúno con mi amigo Blancaflort y hablamos de música. Nuestra amistad viene de lejos. Ahora quedan ya pocos amigos. Mi mujer es la que más me conoce. Ella es esa luz en el camino cuando la noche ha caído sobre mí. Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Yo, con mi papel de profesor, y ella como una virtuosa alumna de piano. Puede decirse que lo que me enamoró fueron sus manos. Día tras día, se empeña en emular con ellas mis creaciones, tratando de desentrañar ese misterio que dicen que tienen mis canciones. ¡Piensa que es posible crear un método hasta con mi forma de interpretarlas!
La verdad es que siempre he bebido de la música impresionista… Desde la primera vez que oí una canción, de niño: Sonaba en una pianola la “España” de Chabrier. ¡Qué paradoja que la primera canción que escuchara, además “española”, hubiese sido compuesta por un francés! La música impresionista ha representado para mí el poder poner una melodía a una fuente que deja brotar su agua. Imaginarme, por ejemplo, cómo puede traducirse el olor de una tarde veraniega en el callejón de un pueblo… Pero, sobre todo, me ha permitido obtener respuestas de mí mismo, respuestas formuladas desde mi interior, para mí tan enigmático.
¡Y qué sencillo resulta poder transportarse fuera de esta habitación, sin mover un solo dedo! Bueno, sí… los dedos de mis manos sobre el teclado sí se mueven, pero nada más.
He aprendido a valorar el lento paso del tiempo. Me deleito deteniéndome una y mil veces, aminorando mi marcha vital. El pensamiento se detiene, algo dentro de mí fluye y, entonces, lo saco fuera y lo vuelco en el papel pautado. Un recuerdo furtivo, palabras que nunca dije y colores extraídos de una paleta que se fuerza por ser monocromática, aunque no por ello menos rica.
Ahora que ya ha caído el día, ahora que cada vez se ven menos luces en los ventanales de las casas, repaso lo que ha supuesto la jornada de hoy, como hago todos los días. Miro el piano y me pregunto: “¿Qué puedo tocar ahora?” ¡Ah, si, la “Canción y danza Nº 1”! Vamos allá. Olvidémonos de lo que somos, mezclemos nuestra esencia con la de esta melodía popular… bailando como ese niño que fui… Recordando que es gracias a esta música por lo que sigo vivo, que es ella la que me alimenta día tras día. Sin ella, mi nombre no existiría. Sin ella, no podría creer en lo que me rodea.


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