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NOCTURNO

>> sábado, 23 de marzo de 2013



Salí de la cabaña con la intención de tranquilizar mi espíritu. Tras una dura jornada de trabajo, apenas había conseguido conciliar el sueño. A mí habían acudido una serie de pesadillas que no habían hecho sino dejarme una sensación de desazón profunda que, ni siquiera despierto, había sido capaz de apaciguar. Hacía una noche clara y limpia. La luna se dejaba ver en todo su esplendor. ¿Qué la habría hecho llegar a interesarse incluso por este trocito de mundo tan insignificante en el que yo vivía? Nadie se acordaba de mí, tan escondido como me encontraba de los demás. Dentro de un bosque, protegido por un río sin puente por el que llegar hasta mi casa.
Tan solo algún pájaro se molestaba en llegar hasta a mí.
Aquella tarde había terminado de construirme una pequeña barca con la que poder desplazarme con comodidad al otro lado. Tres meses había tardado en llevarla a cabo, desde el primer diseño que realicé hasta la última madera que coloqué en su esqueleto. Quizá la inquietud que ahora sentía podía deberse a alguna de aquellas fiebres de las que me advirtieron antes de venirme aquí. No lo sé.
Ahora me encontraba mucho mejor. Oía el silencioso murmullo de la corriente, el canto de algún grillo perdido en mi espesura… Y un leve aleteo que, cada vez, se hacía más sonoro. Enseguida llegó aquella paloma que acabó posándose ante mí, a la orilla del río. Ella me miraba curiosa, desde su altura. Sentí deseos de cogerla con las manos, pero al acercarme desplegó sus alas y echó a volar. Me quedé quieto, cabizbajo, mirando allí donde segundos antes el pájaro había estado. Entonces, me percaté de un extraño reflejo en el agua. Al concentrarme en él, adiviné una figura también blanca, como la paloma, aunque mucho mayor. Parecía una muchacha vestida con un traje de delicadas gasas. Levanté la cabeza y la ví, al otro lado. Como la paloma, ella también me miraba. Aunque desconocía quién podía ser, no me resultaba incómodo mirarla. Es más, me resultaba placentero. Ella me sonreía desde allí. Por fin, me atreví a preguntarla “¿quién eres?” Ella me contestó: “¿No me reconoces? Soy ésa a quien buscas cada noche, aquella en quien piensas mañana y tarde”. Yo contesté “¡Clara! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías donde me encontraba?” Ella no me contestó a mi pregunta, pero dijo algo que entendí perfectamente: “Ven”. Sin pensármelo dos veces, me subí en mi barca para estrenarla, para darle un uso práctico. No encontraba otra razón más práctica que esa. Entonces, llegué a la conclusión de que la barca existía, pero había olvidado fabricarme unos remos. No importaba. Me valí de mis brazos. Los hendía en la fría agua con una energía sobrehumana. Por fin, llegué a la otra orilla. Desembarqué y toqué tierra firme lleno de alegría. Una alegría que se desvaneció de un plumazo. Ella había desaparecido. “Clara ¿dónde estás? ¡No es momento de jugar al ratón y al gato!” Silencio absoluto. “¡Clara, por Dios!”. Me iba a dar por vencido cuando escuché de nuevo su voz: “Estoy aquí”. El sonido provenía… ¡del otro lado del río! Giré la cabeza y… allí estaba.
“¿Por qué has hecho eso? ¡Eres cruel conmigo!”
Volví a subirme en la barca y me desplacé hasta allí. Al bajar de la embarcación, volví a encontrarme con el mismo problema. No había rastro de Clara.
Sentía miedo de encontrarme con una nueva sorpresa, por otro lado predecible. Levanté la mirada y observé el paisaje que tenía enfrente. En la otra orilla… No estaba Clara. Lo único que había era un ciervo. Un ciervo que bebía del agua del río. “¡Clara, Clara!” grité al cielo. Después, me metí en mi cabaña, me senté en mi cama y saqué de debajo una escopeta. Lo último que escuché fue el sonido de su detonación.             

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