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“SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR”. EL TEATRO DENTRO DEL TEATRO

>> miércoles, 27 de marzo de 2013





En 1914, se publica en España una novela que había esperado a ver la luz siete años. Su título, “Niebla”. El autor, Miguel de Unamuno. Este vasco, mezcla de filósofo, poeta, dramaturgo, novelista y periodista, tuvo la mala suerte de nacer en España. Y digo esto, porque de haber escrito en otro idioma, tal vez su obra habría alcanzado un mayor reconocimiento. Pero, claro, él no habría sido Unamuno. Y es que España marca… y confunde. Don Miguel anduvo siempre confundido con sus ideas, nunca se terminaba de aclarar. Lo mismo decía ser creyente que se volvía escéptico, lo mismo apoyaba ideales anarquistas que se volvía conservador. Dicen que un mal filósofo se dedica simplemente a exponer sus ideas al desnudo, de forma fría y científica, y que un buen filósofo las utiliza para escribir con ellas una novela. Unamuno apostó siempre por tratar de poner sus pies en tierra, conviviendo con sus hermanos mortales y hablando en su idioma. Él era un hombre que decía las cosas a las claras, sin andarse con rodeos. Su inquietud se convertía por momentos en un grito desesperado, en una necesidad por comprender todos aquellos enigmas que, como hombre, le eran vedados debido a sus limitaciones. Sus personajes encarnan todas estas preocupaciones, consiguiendo transmitírselas al lector, involucrándole y haciéndole tomar parte.

En “Niebla” se plantea la siguiente cuestión: un hombre descubre que no es real, sino que ha sido creado por un autor (el propio Unamuno) y que depende de él. Tan original propuesta nos hacía pensar en nuestra condición humana, en esa necesidad de conocer de dónde venimos y adónde vamos.


En 1921, el nobel italiano Luigi Pirandello, conocido también por su interés en reflejar en sus obras de ficción sus preocupaciones filosóficas, publica su obra teatral “Seis personajes en busca de autor”. Esta obra contiene en sí el planteamiento que Unamuno ya había puesto sobre la mesa catorce años antes: la creación que se rebela contra el creador, tomando vida propia y reclamando su independencia. Pirandello había fracasado previamente en el intento de escribir una novela para la cual había ideado unos personajes. Al parecer, estas “criaturas” se habían resistido a morir en aquel proyecto frustrado, permaneciendo en la mente del escritor. Así, había llegado a la siguiente conclusión: realizar algo a la altura de aquellas circunstancias concretas; es decir: una obra que incluyese a aquellos seres creados que buscan un destino concreto y material. Y de ahí nació esta obra teatral, tan en consonancia con otras piezas pirandellianas. En “Seis personajes en busca de autor” se plantea hablar del teatro desde dentro del teatro. No debe de confundirse con el término meta-teatro (en este caso podríamos citar la obra “ser o no ser” de Lubitsch). Para el momento en que fue concebida, debió de resultar un extraño experimento. En la actualidad, casi hemos perdido esta capacidad de valorar cosas que ahora en nada nos sorprenden. Tanto se ha avanzado en cuestiones de dramaturgia, que casos como el de Pirandello nos resultan ingenuidades. Ahora que se ha roto el contrato del espectador con la obra que ve, ahora que la cuarta pared ha sido abolida, encontramos natural que el drama se desborde fuera del escenario y nos pregunte nuestra opinión. Ahora la tramoya está al aire, a la vista de todo el mundo, pero para Pirandello aquello era todavía un tabú que resultaba divertido sobrepasar. Como muchos autores, él creía que los personajes creados tenían la capacidad de tomar vida propia, al margen de su propio creador. De una misma criatura, podían escribirse diversas historias, pues su vida no tenía por qué morir al final de la representación o de la novela. Podía continuar. ¿Los príncipes y princesas de los cuentos vivirían felices y comerían perdices por el resto de sus días o acabarían teniendo problemas y discutiendo, como los demás?

Luigi Pirandello

“Seis personajes en busca de su autor” comienza con los ensayos de una obra teatral. Este arranque resulta bien interesante, pues pone al espectador en conocimiento del proceso de gestación de una obra. Allí está el director de la obra, el de escena, el apuntador, los actores ensayando con sus libretos, el encargado de luces y decorados…

Y, de repente, irrumpen en la sala seis personajes ataviados como seres ficticios que no pertenecen al mundo real. Un padre, una madre, una hijastra, un hijo, un muchacho y una niña. Cada uno de ellos proviene de la mente de Pirandello y exigen un lugar en el mundo real. Ya que les resulta imposible hablar en esta obra con su propio creador, han decidido aparecer en mitad de uno de los ensayos de una supuesta obra pirandelliana. Se presentan ante el asombro de todos los que se encuentran allí congregados pidiendo al director de la representación que sea un “autor” para ellos. Él se defiende alegando que nunca ha escrito ninguna obra, que solo se limita a poner en escena las ya existentes. Los seis personajes terminan por convencerle dándole a entender que ellos ya tiene sus historias más o menos creadas, que pueden contárselas de modo que él las una en una sola con cierta coherencia. Uno a uno van hablando, explicando aquella historia que Pirandello concibió para ellos y que dejó inacabada. Poco a poco, los integrantes de la compañía no solo acaban creyéndolos (acaban asumiendo que son personajes de ficción y no personas de carne y hueso como ellos) sino que además intentan acceder a su petición. Los personajes defienden que ellos son más reales que los seres humanos, ya que como seres “creados” por un autor, tienen una vida ya determinada y conocida por ellos mimos que será inmutable, que no variará. De hecho, estas historias se repetirán constantemente tras cada supuesta representación.

Entre estas dos realidades de ficción (los personajes y los intérpretes) surgirán todo tipo de conflictos que harán evidente una imposible comunicación. Por ejemplo, aquellos actores que interpreten a los personajes, que les den vida sobre las tablas, recibirán todo tipo de críticas por parte de estas seis criaturas, ya que nunca se verán representadas fielmente por “los otros”.

No obstante, entre los propios personajes también se producirán desavenencias, ya que cada uno tendrá una visión propia de lo que entre ellos ha sucedido (los sucesos que les unen en una supuesta obra todavía no escrita). Cada uno defenderá su rol y querrá tener razón, por lo que la convivencia resultará imposible tanto dentro como fuera del teatro.

Poco a poco, el espectador será consciente de que lo que se encuentra viendo no es una mera obra teatral, sino que tras ella se esconden todas las preocupaciones de un dramaturgo a la hora de llevar a cabo una obra. Con Pirandello se llegó a la conclusión de que era posible investigar otros campos nada convencionales. Él fue capaz de escribir una obra de teatro para hablar de cómo se concibe una obra de teatro. De cómo la ficción puede ser algo muy real para quien se encuentra inmerso en ella y para quien sufre sus quebraderos de cabeza.

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