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UN DESERTOR

>> sábado, 23 de marzo de 2013



Me deshice del arma desmontándola pieza a pieza y arrojando cada parte en un lugar distinto de la montaña. Por fortuna, ya no la iba a necesitar. La guerra había terminado y mis veintiún años pesaban como si fuesen cincuenta. Ahora regresaba a mi aldea. Era una tarde de verano pero yo sentía el aire suave y fresco como nunca. De aquel conjunto de casas idílico del que me había despedido hacía ya cuatro años tan solo quedaba un vago recuerdo. El resto, había desaparecido pasto de la ruina. La estampa resultaba desoladora.
¿Dónde estaba la gente?
Crucé plazas y callejuelas, subí cuestas y descendí escalones. Al fin llegué a la casa familiar, una edificación solariega de dos pisos. Crucé el portón de madera y éste emitió un quejido propio de su carcomida edad. Las gruesas paredes mantenían una temperatura estable y agradable en el interior. Llegué al salón y deposité mi gorro y mi chaqueta sobre la mesa camilla en torno a la cual tantas veces se había reunido mi familia. Aún podía oler los guisos de mi madre y el olor del tabaco de la pipa de mi padre. De la chimenea todavía colgaba la oxidada olla que tantas comidas y cenas había calentado. Me senté en una de las desvencijadas sillas de madera y cerré los ojos para dejarme contagiar por todas estas sensaciones que ahora afloraban con tanta facilidad, como si aquel lugar estuviera poblado de extrañas energías que influyesen en quien lo habitaba. Tal fue mi sugestión, que creí escuchar incluso sonidos. Abrí los ojos lentamente, tratando de desmentir aquella impresión. El sonido seguía ahí. Era como de pisadas, pisadas de botas como bien podían ser las mías. Botas militares. Las pisadas se dirigían hacia mí, iban en mi dirección. Me levanté alarmado y me arrepentí de haberme desprendido del revólver. Valentía no me había faltado en estos años. A la fuerza, ahorcan. Permanecí de pie, dirigiendo mi mirada hacia la puerta, por donde se supone que más pronto que tarde aparecería aquella persona que calzara aquellas botas. La espera se me hizo interminable. Por fin, una sombra precediendo a un cuerpo se proyectó sobre la pared. Tras ella, surgió mi hermano. Una emoción se apoderó de mí, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. Milagrosamente, la vida nos había concedido una segunda oportunidad.
-         Leandro…
-         ¿Te sorprende verme?
-         Todos creímos que habías caído durante el asalto a la ciudad de Rottern.
-         Pues ya ves… Este hermano muerto ha resurgido de las cenizas y ahora está aquí, mirándote cara a cara.
-         ¿Cómo sobreviviste a la batalla?
-         Simplemente, no tuve que sobrevivir. Abandoné a mis compañeros y me vine hasta aquí…
Un desertor.
-         Sabes que ahora te andarán buscando ¿verdad?
-         Martín… ¿Es que no te alegras de verme?
-         ¡Qué cosas dices! ¡Claro que me alegro de verte! Pero, la verdad, me encuentro confuso…
-         ¿Tanto te extraña que renegara?
-         Te seré sincero: creo que debías de haber seguido ahí, esto es algo que nos concernía a todos…
-         … ¿Aunque me hubiesen matado? ¿Hubieras preferido perder a un hermano que…?
-         Esa pregunta es tramposa… Lo primero que me importan son mis allegados, y lo sabes muy bien. Pero lo que ha pasado en estos años ha cambiado el orden de prioridades en muchos casos… Una guerra desordena el interior de quien la padece, tanto activa como pasivamente…
-         ¡Hablas como si yo no hubiera estado en ella, como si no hubiera vivido eso!
-         Leandro… Soy tu hermano mayor y me sigo viendo en la obligación de…
-         ¡Dime una cosa! ¿Qué sentido tiene una guerra? ¿Qué sentido tiene para aquellos a los que mandan por la fuerza a combatir en ella? El sentido solo existe en aquellos que las diseñan.
-         Te equivocas. Al final, todos acabamos inmersos en ella, nos obligan a tomar parte. La guerra nos afecta a todos y tenemos que decidir entre una opción y otra.
-         Yo decidí no decidir.
-         Tú decidiste, no te equivoques. Decidiste abandonar tus obligaciones…
-         Pero ¿de qué estás hablando? Martín… No te reconozco…
-         La cobardía es común entre los hombres, pero solo algunos se escudan en ella porque “no hacer” es lo más fácil.
-         Hermano…
-         ¿Qué?
-         Tienes que prometerme que no le dirás a nadie que yo estoy aquí.
-         ¿Y si entran por la fuerza a buscarte?
-         Miente hasta el último momento… Te lo pido por favor…
-         Haré lo que pueda.
-         … Por cierto… ¿Sabes dónde están padre y madre?
-         Seguirán en casa del tío… En esta zona corrían peligro. No creo que tarden en regresar.
-         Esperaremos, entonces…
Saber que mi hermano había sobrevivido a la contienda me llenó de felicidad durante un tiempo pero, poco a poco, se fue afianzando en mí la idea de que él era un cobarde y que no merecía estar ahora aquí, disfrutando de una paz que él no se había preocupado por conseguir. Su pacifismo le había convertido en un parásito social. Por si fuera poco, ahora se encontraba en una de las listas negras del gobierno. Y yo no podía soportar encontrarme en medio de todo esto.
En la despensa todavía quedaban alimentos que nuestros padres nos habían dejado por si alguna vez regresábamos.
Una noche, llamaron a la puerta. Fueron dos golpes de culata contra la madera roída por la carcoma.
Al despertarme y ser consciente de la situación pensé. “Ya están aquí. Tarde o temprano iba a pasar”. Con la rapidez propia de los nervios, me levanté de la cama y acudí a la entrada de la casa. Me aposté tras la puerta y pregunté aparentando cierta tranquilidad: “¿Quién es?” La respuesta fue un seco: “Policía, abra”. Obedecí y, tras descorrer el cerrojo y tirar del portón, me encontré con dos hombres que todavía no habían tenido tiempo de  encontrar una ropa oficial que les diese apariencia de gente normal y pacífica.
-         Buscamos a Leandro Guzmán.
-         ¿Qué es lo que quieren?
-         Sabemos que desertó cuando la guerra y ahora debe de ser juzgado por ello.
-         No sabemos nada de mi hermano. Lo más probable es que muriera en uno de los combates cuerpo a cuerpo en el norte del país.
-         Vecinos nos han asegurado que vieron hace un tiempo a un hombre deambular por esta casa… no lo podrían asegurar, pero creen que el hombre acabó entrando aquí para quedarse a vivir.
-         Seguramente me confundieron conmigo… Yo soy Martín Guzmán, y guardo cierto parecido físico con mi hermano.
-         No. A usted le vieron también llegar. Vamos, apártese, vamos a entrar.
-         Sin una orden de registro no pienso dejarles pasar…
-         Nosotros somos los que damos esos permisos…
-         Entonces, tendrán que pasar por encima de mi cadáver.
-         Vamos, sea usted razonable.
-         No. Séanlo ustedes. Tanto mi hermano como yo acudimos a la guerra bajo sus mandatos. Nosotros no somos el enemigo.
-         Sin embargo, su hermano prefirió comportarse como una rata antes que como un hombre hecho y derecho. Nos traicionó.
-         Retire eso de “rata” ahora mismo.
-         Lo retiro a cambio de darle a usted un culatazo en la boca después…
-         Mi hermano no es ninguna rata. Ustedes son la escoria por la que ofrecimos nuestra vida a las metralletas…
-         Si no nos deja pasar, abriremos ahora mismo fuego.
No atendí a estas amenazas y comenzaron a forcejear conmigo. Un disparo sonó y nos detuvo en la lucha. Lo extraño es que no sentí nada, ningún tipo de dolor. Y si el disparo no iba para mí… ¡Mi hermano!
Acudí al salón con los otros pisándome los talones. Allí estaba Leandro, tendido en el suelo, sobre un charco de sangre. De la boca de su fusil todavía salía un poco de humo negro. Con aquella acción tal vez trató de demostrarme que sí era un hombre valiente, que estaba dispuesto a sacrificar su vida por mí. Mi hermano ya había pagado su moneda para la barca de Caronte. Mi hermano acaba de pasar a la Historia demostrándonos que, aquella guerra, todavía no había terminado.

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