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Exposición en el Ateneo de Madrid

>> domingo, 28 de abril de 2013



Ante la obra "Partida de ajedrez"


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"Autorretrato a colorines"

Rotuladores de colores sobre papel

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Dibujo para cartel de "Variaciones sobre un mismo tema"

Lápices y acuarelas de colores sobre papel granulado

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"Desde el palco"

>> sábado, 27 de abril de 2013

Rotulador y acuarelas de colores sobre papel 

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THE LAST CONVERSATION


Flotando en la oscuridad de la habitación, dos pares de ojos se observaban, frente a frente, desafiantes.

- ¿Y tú, por qué estás aquí?
- Por tratar de no perder la cordura…
- Ya…
- ¿Y tú?
-  Es una historia muy larga y no me apetece hablar…
-  Pero sí preguntar…
- Sentía curiosidad por oír la voz de la última persona que voy a ver antes de…
- …
- ¿Por qué te has quedado callado?
- Valoro los silencios. Tú valoras los sonidos y yo… yo prefiero disfrutar de estos últimos momentos de calma…
-  ¿Calma? ¿Cómo puedes hablar de calma?
- Necesito creer en ella. Estar en paz conmigo mismo. No deseo creer en aquello que los demás quieren que crea…
- Bueno, pero algo harías al fin y al cabo ¿no?
- Siempre he buscado la tranquilidad. ¿Conoces aquella expresión de “vivir en una balsa de aceite”?
- Algo harías, como yo también…
- ¿Tú decides acaso lo que está bien y lo que no lo está?
- Creo que nadie está en posesión de…
- Sí, hay quien lo cree. Nosotros estamos aquí por ellos.
- Y, sin embargo…
- Calla, por favor. Déjame un momento a solas, como si no estuvieras. No es por ti, entiéndeme. No tengo nada contra ti. No te conozco de nada. Quizás sea yo… Quizás me haya adelantado a mi última voluntad.
- …
- …
- ¿Tú crees en…? Ya sabes, en algo más…
- …
- Tengo miedo. Me asusta pensar que esta oscuridad va a estar siempre conmigo a partir de ahora… Y que ni siquiera voy a tener conciencia para pensarlo…
- …
- Me siento insignificante. No somos nada, un grano de arena en una de tantas playas que…
- ¡Silencio!
- …
- ¿Eres místico?
- Trato de razonar… Sé que es difícil tratar de abarcar aquello que para nosotros resulta inconmensurable… tiene que haber algo… siempre hay algo después. No hay nada finito, siempre hay algo por encima de lo anterior. Somos infinitos.
- ¿De qué sirve perder el tiempo en esas cosas? Buscas algo que nadie te va a poder dar…
- No estoy tan seguro de eso.
- …
- Tengo frío.
- No tiene sentido pensar ni en el pasado ni en el futuro.
- (Sonidos ininteligibles)
- ¿Y ahora qué te pasa?... ¡Compórtate como un hombre!
- Es todo tan absurdo…
- Te contaré algo. Será como un cuento: “Un hombre soñó que un niño le hablaba. Aquel chiquillo no tendría más de seis años pero, a medida que avanzaba en su discurso, el hombre iba notando en él que sus conocimientos iban más allá de lo que él podía saber teniendo más de cuarenta años. El niño fue desvelándole poco a poco los misterios universales del mundo. El hombre escuchaba cómo todas las preguntas que siempre se había hecho iban siendo respondidas una a una. Pero todo sueño tiene su final y el hombre finalmente despertó. ¿Y sabes qué? Había olvidado todo lo que el niño le había dicho.”
- Eso ha sido cruel.
- Yo, al menos, lo veo así.
- …
- Vaya, ahora eres tú quien te has quedado callado…
- Creo que voy entendiendo el sentido de los silencios… Son… muy significativos.
- ¿A qué te refieres?
- Tú generas silencios por tu forma de ser y consigues que los demás, conociéndote, también los creen…
- Tú no me conoces…
- No creo que desee seguir conociéndote.
- No creas que eres mejor que yo…
- …
- ¿Lo oyes? Ya se acercan…
- ...
- Es el sonido de la muerte...
- Nosotros ya estamos muertos. Llevamos muertos desde hace tiempo. Muertos que hablan, pero muertos al fin y al cabo.

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POR UN BESO

Vivo en la época del olvido
Poco a poco, he ido perdiendo
Sensaciones, olores, miradas y tactos.
En esta época, otra se ha olvidado.

¿Dónde quedó aquel calor
Tan necesario hasta en verano?
¿Cómo se disolvieron aquellas risas
Antes tan opacas, y ahora tan invisibles?
(pero siempre, siempre tan transparentes)

¿Y aquel color de aquellos ojos?
¿Por qué no ha vuelto a brillar?
Si ahora estoy ciego, tal vez sea
Porque no he sido capaz de encontrar con la mirada
Algo tan puro en este paisaje seco, incoloro y pedregoso.

He ido perdiendo por el camino muchas cosas
Y, aunque nunca pensé que aquello también se iría,
Un día aquella imagen, ese color, aquel sentido,
y, en fin, toda aquello que no es sino
la frescura de un beso, también quedo despojado.

Un beso que no es sino el fundido de dos carnes
Que cierran dos heridas, encarcelando el tiempo,
Tamizando de neblina la imperfección de la que somos dueños
Cerrando los ojos porque ya no importa el día o la noche…
Creyéndonos despiertos cuando somos esclavos del sueño.

Fue durante la pasada noche, cuando creíme despierto
En mi onírica habitación blanca, atrapado sin saberlo…
Fugitivamente volví a sentir aquel calor, estos ojos, esa carne
Y cerré doblemente los párpados, porque ya los tenía cerrados
Y quise creerme la mentira, porque había vuelto a besar
Y con ello, retornado - ¡al fin! -  a aquel paraíso perdido.

¡Cuán presto se fuga un recuerdo!
Más rápido aún que el momento que luego será recordado.
Ahora sé que todavía me queda algo más,
Algo que parece más real que el pasado…
…y es… el recuerdo, sí, pero de un sueño.

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"Berceuse" ("La pájara pinta" de Óscar Esplá)

>> viernes, 26 de abril de 2013

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"Retrato de Amancio Prada"

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"Homenaje a Jesús Guridi"

>> domingo, 21 de abril de 2013

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UNA SONRISA, UNA CONVERSACIÓN PLÁCIDA

>> sábado, 20 de abril de 2013


Soledad en la biblioteca a las cinco de la tarde.
Sobre la mesa, unos cuantos libros de autores clásicos
cuya sabiduría, una vez más, le resulta inútil.
Es tiempo de no pensar en el tiempo que pasa
y, sin embargo ¡cómo se encuentra de presente!
Piensa en un cuerpo que nunca ha visto desnudo,
recuerda una voz que nunca ha oído susurrar,
piensa en lugares que nunca ha recorrido con ella,
y quiere olvidar momentos que todavía no han de suceder.
¿Cuánto significó aquella colección de momentos
que sí tuvieron lugar, estando los dos en ellos?
¿Qué dejaron traslucir de posibles futuros a corto plazo?

¿Una sonrisa, una conversación plácida, puede querer decir algo? 

Es perdonable el error del hombre cuando trata de fabular
porque de esos pequeños instantes imaginarios vive y se regenera.
Cree renacer para después volver a morir. ¡He ahí su desgracia!

Mirar al reloj cada vez tiene menos sentido.
Huele el olor a rancio de los cantos de los volúmenes
e intuye, con ello, un sutil presagio.
Se levanta, se dirige hacia la puerta, dejando a los clásicos olvidados,
olvidando también lo poco que le queda de cívico y de falso hombre.
Se esfuerza por hacer olvidar de su mente algunos versos de Dante
porque ninguno de ellos tiene para él ya sentido.
Ya lo sabe, ya tiene de ello certeza: ella no vendrá,
no acudirá a la cita. De modo que dejemos de soñar, volvamos a casa
y escribamos nuestras torpezas para tratar de no volver a repetirlas…
porque, me temo, volverán a presentarse, como groseras invitadas.

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DIÁLOGO PARA SORDOS

>> viernes, 19 de abril de 2013


“Cariño, ¿no quieres un poco de…? ¿Cariño?”
Esa fue la última vez que traté de comunicarme con él. La última vez que dejé sonar mi voz inútilmente. Ya está, ya me había cansado.
Las parejas siempre son aparentemente felices. Nosotros también lo fuimos. Ahora éramos como uno de esos extraños casos en los que dos personas se divorcian pero siguen viviendo juntos en la misma casa. Para mí, es como si hubiésemos firmado los papeles de separación sin que ni siquiera lo hayamos hablado. Como si hubiésemos puesto punto final a algo sin enterarnos de nada.
Es todo muy extraño. Ahí está él, sentado conmigo a la mesa, desayunando como todos los días. Se le ve feliz, no está disgustado ni desea otras posibles vidas que la que ahora tiene, conmigo. Pero él ya no me escucha, él ya no me habla. Él está aquí conmigo y a la vez no está. Tiene algo entre las manos, un objeto de diseño al que no para de toquetear con sus pulgares. Aquella pequeña máquina reacciona como todas las típicas máquinas: emite luces y sonidos extraños dando muestras de su inteligencia artificial. Él no me mira y me sonríe a mí, sino a aquel nuevo juguete que se compró hará cosa de un mes. Un día llegó por la puerta con una cajita y se encerró en su habitación. Ese fue el comienzo de nuestro pequeño infierno. Desde entonces, solo ha tenido ojos para ella. ¿Y yo? ¿Acaso no existo?
Antes, por lo menos, me mandaba mensajes hablándome. Se comunicaba conmigo a través de textos plagados de faltas de ortografía. Ahora, ni eso. Ahora está ahí, con esa cara de imbécil, haciendo no sé qué, mientras que yo le miro y me hago todas estas preguntas.
Pero he decidido que esto se ha acabado. He aprovechado que se ha ido al baño y ha dejado ese chisme sobre la mesa. Lo he cogido y he tratado de esconderlo en el último sitio en el que él miraría: nuestro dormitorio. Hace días que ya ni duerme conmigo, que se queda en el sofá, iluminado en mitad del salón tan solo por la luz de la pequeña pantalla. Ni siquiera he tenido el valor de quitarle la batería. Simplemente, la he hecho desaparecer.
Ya ha vuelto del baño y lo primero que ha hecho ha sido un gesto de incredulidad al mirar a la mesa. Luego, ha clavado los ojos en mí esbozando con ellos un gran interrogante. Por toda respuesta, yo me he ido a nuestra habitación. Él me ha seguido y hemos llegado allí. La luz del aparato ha comenzado a traslucirse debajo de la almohada y toda ella se ha iluminado horriblemente. Yo estaba ahí tumbada, retándole a venir a pasar por encima de mí, o a quedarse conmigo. Hemos comenzado a tontear. El plan está saliendo como yo esperaba, por fin está volviendo a ser el hombre del que me enamoré (o el hombre, a secas). Le cojo por aquí, le guío por acá, le dejo jugar así y él se deja hacer asá. Ni siquiera se fija ya en la luz que delata el lugar del escondite. Ahora volvemos a ser un solo cuerpo. ¿Y qué es lo que pasa ahora? Que el muy imbécil se ha puesto a reírse. Se ríe a mandíbula batiente. ¿Qué es lo que tiene tanta gracia? Debe de resultarle divertido que lo esté dando todo de mí para salvar nuestra relación. No aguanto más y saco su estúpido teléfono de debajo del cojín para comenzar a golpearle en la cabeza con él. Una vez tras otra. Por fin ha perdido la conciencia. Por fin no ha hecho falta desconectar aquel trasto para que deje de funcionar. Ahora todo se ha quedado en silencio. Un silencio que dura poco porque enseguida vuelve a sonar algo nuevo. Es el timbre de la puerta. Salgo de la habitación, llego hasta ella y pregunto antes de abrir. Al no obtener respuesta, abro y no encuentro a nadie. A mis pies, sobre la alfombrilla, hay una caja. La cojo, cierro la puerta y llevo el paquete hasta la mesa del salón. Lo abro y encuentro una carta en la que me informan de que he sido la elegida por un jurado de un programa de televisión. Recuerdo que hará unas semanas, aburrida en el salón mientras mi pareja llevaba horas encerrado en el baño pasando el rato con su juguete, se me ocurrió participar en un concurso cultural. Si contestabas una sencilla pregunta literaria, podrías ser el ganador de un premio exclusivo.

Dejo la carta, busco entre las bolas de poliexpan y noto algo. Cuál será mi sorpresa al encontrar un teléfono del mismo modelo que el de mi novio. Un smarthphone exclusivo con el que hacer, según la publicidad, “tu vida más sencilla”.

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A THAIKOVSKY, EL POETA RUSO

>> martes, 16 de abril de 2013



No toquéis su figura,
guardad hacia él
el más solemne de los respetos.

Es por algo que,
cuando oímos la palabra “música”
nos acordamos de su nombre.

Las melodías más bellas
Proceden de su concepción del mundo.
Es allí donde sobrevive una esperanza.

Corónesele, auque él no quiera
A pesar de que no crea ser hombre de laureles.
Hagámosle un superviviente necesario.

Es ya tiempo de resucitar a Shakespeare
Es ya tiempo de recordar la historia de la humanidad.
Es ya tiempo de convertir la vida en una partitura.

Allí estará siempre, introspectivo,
Extrayendo lo que encuentra afuera
Un corazón descarnado, una verdad interna.

Agradeciéndole a una mujer su existencia
Su nombre, su supervivencia, con música.
Una sinfonía para una gran mecenas.

Si alguna vez la noche y la tragedia (una misma cara)
Han sido descritas tan serena y dulcemente
Solo ha podido ser con aquella destreza rusa.

Sensiblemente objetivos, diremos
Que su música fue nuestro testamento
Aquí en la Tierra.

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"La huída de la estatua"

>> domingo, 14 de abril de 2013

Rotulador y acuarelas de colores

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LAS HORAS AZULES


Una marea de lápices
Dibujaba los sonidos de la tarde.
El viejo profesor, subido en su bote,
Escribía unos versos que creía olvidados.

Allí estaban, recogidos por una suerte
De nostalgia juvenil impregnada de salitre.

La recordó, como una sirena anclada al mástil
Toda ella de madera, de existencia ya imposible.

Recordó que ella fue de carne
Que existió más allá de su pensamiento
De melena dorada, de cuerpo inaccesible
Toda ella remarcada por fugitivos deseos.

Solo cuando no estaba delante
Y solo podía describirla con torpes palabras
Venía, como un punzón sin punta,
Clavándose lentamente
Y él decía:
“¿Dónde estabas en mis horas azules?”

Ninguno de sus alumnos le vio llorar
Protegido tras su gran mesa de roble.
Él ya no estaba allí, y ellos no lo sabían.

Fue todo cuanto pasó
En aquella tarde antigua
Dentro de aquella clase.

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HOMO HOMINI LUPUS

>> viernes, 12 de abril de 2013



Llevaba ya un buen rato caminando. El aire frío de aquella noche invernal le golpeaba con rabia, y él había comenzado a sentir dolor en su rostro. El resto del cuerpo, por fortuna, había sabido guarecerse bajo una amplia gabardina. El sombrero de hongo amenazó un par de veces con desprenderse de su cabeza para viajar rodando en dirección contraria por el asfalto.
“Ya queda poco, Mike” se dijo así mismo como una suerte de aliento. ¿Qué hora sería? ¿Las dos de la madrugada tal vez? Él solo podía pensar en el dormitorio, con aquella cama sin hacer y aquella botella de bourbon esperándolo. Como el regazo caliente de una madre que no busca sino el descanso y la tranquilidad de su hijo.
Dobló la última esquina y, antes de que sus pies le llevaran hasta la puerta, se dispuso a sacar el manojo de llaves.
Cuando la puerta se cerró tras él, sintió una sensación de placidez. No obstante, lo que ahora tenía ante sí no era lo que se había imaginado exactamente. En su mente se había forjado la idea de un lugar acogedor, y éste parecía en realidad incómodo. Todo parecía jugar en contra: aquel silencio, aquella oscuridad aún mayor, liberada de la luz acusadora de las farolas…
“Sólo tienes que cruzar este pequeño umbral y ya estarás en tu casa”.
No obstante, él mismo sabía que no existían ya lugares seguros. Se había preocupado por eliminarlos de su vida, auque ahora pareciera arrepentido de aquella decisión.
No sabría muy bien cómo describir aquel olor. ¿Pudiera ser aquel tan característico de los muebles viejos de oficina? Aquellos que se encuentran invadidos por el polvo del olvido.
Un contador de luz demostraba con su sonido que funcionaba a las mil maravillas (incluso cuando nadie necesitaba ya ningún tipo de iluminación porque hacía tiempo que debería estar durmiendo).
La oscuridad no era total. Parecía que la luz de fuera quisiera colarse hasta en los lugares que le resultaran más inaccesibles, como este portal con olor a oficina abandonada. Esta imposibilidad de una oscuridad total había provocado que las paredes fuesen tapizadas de sombras más o menos sugerentes. Algunas de ellas, parecían absolutamente antinaturales. Mientras cruzaba la sala en dirección a las escaleras, Mike se entretuvo tratando de adivinar la procedencia de las mismas. El sonido de sus zapatos se unió al del contador. El eco provocado en aquella caverna creaba la ilusión de que no se encontraba solo.
Fue al subir el segundo escalón. Algo notó tras de sí, una especie de aviso. Un leve frescor en la nuca. Se giró entonces y descubrió dos grandes sombras que antes no estaban allí. Sombras móviles, pujando por convertirse en dos seres vivos propios.  Mike se sintió triplicado. Allí estaba él dos veces más, con su gabardina y su sombrero, pisándose a sí mismo los talones. Apenas le había dado tiempo a reflexionar sobre estas cosas, cuando aquellos dos cuerpos le atraparon. Fue algo gradual: primero fueron avanzando posiciones con aires felinos y después, cuando la distancia era mínima, abandonaron la comedia para atacar sin contemplaciones. Mike se defendió como gato panza arriba, quitándose de encima ordenadamente cada uno de aquellos ataques. Tuvo tiempo incluso de lanzar algunos por su parte. Finalmente aquellos dos hombres quedaron reducidos. La fuerza sobrehumana que había actuado sobre ellos no podía ser otra que la que nace de la necesidad de la subsistencia.
El primero en levantarse de los dos fue el de aires más desgarbados. Con el poco aire que le quedaba dijo lo siguiente: “¿A qué ha venido esto?” Mike le contestó con una fórmula de disculpa: “Lamento haberos hecho perder vuestro tiempo. Lo he meditado mucho… y he decidido que ya no quiero morir”. A continuación, sacó unos dólares de su billetera y se los tiró al suelo. “Esto por vuestros servicios. Lo habéis hecho muy bien… Es culpa mía. Debía de haber estado más seguro a la hora de contrataros”.
El otro no tardó en incorporarse. Parecía furioso. Sacó de dentro de su abrigo un revólver. “¿Quién te has creído que eres? Nosotros terminamos lo que empezamos, es nuestra tarjeta de visita… ¿Has oído?”
Mike no contaba con esto. Trató de calmar los ánimos de aquel gángster como buenamente pudo, sin resultado. Se oyeron dos disparos y el muchacho cayó al suelo en menos tiempo de lo que tarda en santiguarse un cura loco. Allí estaba Mike, un hombre sin sombra y siendo a la vez una tercera, junto a la de los cuerpos de aquellos matones.
“¿Qué has hecho?” le espetó al pistolero su compañero. “Vámonos. Aquí huele a cobardía”- dijo el otro. Los dos individuos salieron del portal devolviendo la calma a la noche. Antes de que la puerta se cerrara, se escuchó lo siguiente: “Conmigo no se juega”.

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“¡Ay, Carmela!”. Una función en tiempos de guerra

>> miércoles, 10 de abril de 2013




Esta es la historia de unos cómicos de la legua, que cruzan con su carromato los pueblos de la geografía española. Allá por donde pasan tratan, con su arte, de hacer olvidar por unos instantes la cruda realidad que rodea a quienes deciden escucharles. Estas personas, no decidieron vivir, como esos cómicos, aquella época en la que se encontraban. Tiempo de guerra, de destrucción y de enfrentamiento entre hermanos. Un aire en el que se respira pólvora e ideales a partes iguales, porque una es consecuencia de la otra y viceversa. Dicen que en las guerras no hay vencedores sino vencidos. Cientos de miles de mutilados tanto física como espiritualmente que avanzan como muertos vivientes hacia una continuación de sus vidas. Porque el espectáculo debe de continuar. Todas estas personas que no han sido sino víctimas de las decisiones de unos pocos (esos que se colocan en los últimos puestos de las batallas para no resultar perjudicados) son las que cuentan este relato. Una fábula humana en sí misma, con todo lo que pueda tener de defectos y virtudes, de luces y de sombras. El contexto puede entenderse casi como una excusa para dejar salir el alma descarnada del individuo, posicionándose defendiendo aquellas cosas en las que debe de creer firmemente. Esta seguridad, convencimiento o firmeza (puede haber muchos modos de definirlo) es algo que hasta hace bien poco parecía escasear en la actualidad, pero que con los nuevos acontecimientos sociales parece de nuevo despertar. Las personas abandonan su letargo y se sienten de nuevo vivas, ante aquello que les está tocando vivir.

“¡Ay, Carmela!” utiliza en su título el verso de una canción que se hizo bien popular en estos tiempos que aquí se narran. Porque, a pesar de haber una guerra, a pesar de haber aparentemente más destrucción que construcción en un mundo que parecía tocar a su fin, todavía quedaba la poética de las personas que la vivieron. Todavía brillaba su humanidad como canto de esperanza. Y es precisamente esta cualidad puesta en valor la que pone en pie a cada uno de los protagonistas de la obra teatral de José Sanchís Sinisterra. Porque, muchas veces, una debilidad puede ser más poderosa que una fortaleza, y estos personajes tienen esa madera de anti-héroes tan fascinante y cautivadora. Con ella el público siente la empatía a flor de piel y se deja llevar, como un sonámbulo bien despierto. Conseguir extraer estos sentimientos y hacerlos visibles es algo que ha conseguido de forma espectacular esta nueva adaptación de la pieza teatral. El mérito es, sin duda, de una acertada adaptación a cargo de José Luis García Sánchez, de una puesta en escena intachable de Andrés Lima, de unas interpretaciones sinceras y valientes (inmensos Inma Cuesta, Javier Gutiérrez y Marta Ribera) y de una música capaz de trasladar la esencia de una época a una actualidad bien exigente.

Carmela y Paulino, dos polifacéticos personajes que lo mismo te cantan una copla que te coreografían unos versos picantones, representan esa profesión siempre tan desprestigiada durante tantos siglos (y puesto casi a la misma altura que la de la prostitución) de los artistas. Ni tan siquiera tras su muerte podían descansar, puesto que no se les permitía enterrárseles en sagrado. Sin comerlo ni beberlo, deben de ganarse la vida entreteniendo a todo tipo de gente. Los espectáculos tienen la extraña peculiaridad de hermanar durante el tiempo de su duración a personas de distinta clase social, ideología y creencias. La gente busca distraerse y divertirse, y esto es precisamente lo que crea este tabula rasa.

Pero además, Carmen y Paulino son pareja. Les une este destino común, esta vida elegida vocacionalmente (es decir, no siendo uno la que la elige realmente sino más bien ella a ti). Junto ellos, convive un tercer personaje, Gustavete. Este personaje, es a la vez narrador, en realidad el más importante de todos. Él nos tiene al tanto de todo cuanto ocurre, siendo capaz de unir tiempos y espacios bien distintos, actuando como una especie de “Dios” teatral que maneja a su antojo el desarrollo de la obra de teatro. Además de esto, se cierne sobre nosotros toda una parafernalia tramoyística bien eficaz y sofisticada. No estamos hablando de complejidad, sino de un sabio uso de la maquinaria teatral para conseguir excelentes resultados: proyecciones y efectos especiales versus pequeña orquesta en directo (como en las mejores obras de Bertolt Brecht).

“¡Ay Carmela!” es un fresco de época bien reconocible para nosotros, aún cuando hayan pasado tantos años de aquella época. España sigue manteniendo esas particularidades que tan bien la definen. Sigue siendo ese duelo a garrotazos y ese entierro de la sardina, esa romería y esa Semana Santa. Ese Eros y Thanatos tan presente, esa pasión desatada y ese duelo de luto riguroso. España es, y seguirá siendo, mal que le pese, contradictoria pero coherente.

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ADIVINANZA



Un hombre de rostro pálido y ojos y boca oscuros entra en una habitación. Las paredes tiemblan cuando esto sucede, de débiles que son. Sobre una mesa hay un estuche que el hombre abre, sacando de él un violín. Se lo coloca bajo la barbilla, luego coge un arco y lo coloca sobre las cuerdas. Comienza a tocar, viéndose claramente que el músico en cuestión no tiene ni la más remota de cómo arrancar de aquel instrumento una melodía coherente. No obstante, suena una música perfectamente reconocible, la “Melodía” de Tchaikovsky. El sonido, no obstante, no va sincrónicamente al que puede salir del violín. Es una música además antigua, artificiosa. El violín sonoro es un violín de gramófono. De pronto, alguien se acerca al músico farsante por detrás. Ese personaje, también de ojos y boca oscuros, es una chica. Le toca por detrás al chico y éste se gira. La chica mueve la boca pero de ella no sale tampoco ningún sonido. En este caso no hay ni siquiera sonido de gramófono que reproduzca su voz. Hace gestos exagerados, y el chico parece disculparse ante ella con su cara de mimo y con unos gestos igualmente excéntricos. Pero no hay nada que hacer. Su sonido de disco de pizarra violinístico le ha despertado y está furiosa. De repente, ¡oh, milagro! Se escucha una voz humana. Proviene del exterior. Una voz, eso sí, también alterada, amplificada por un altavoz. “¡Ahora tú te vas!” Y el violinista hace caso de la orden y se marcha, dejando el violín en el estuche. Ella se queda sola y coge el instrumento, curiosa. Comienza a tratar de hacerlo sonar. “¡Espera, espera, todavía no hemos podido cambiar el disco!” dice de nuevo aquella extraña voz. En efecto, Tchaikovsky había seguido sonando todo el tiempo, aún cuando el violín no estaba en manos de nadie. “¡Está bien, está bien, paremos un momento!” Comienzan a oírse más voces. Un hombre con gorra y tirantes entra en la habitación desde un lugar donde no hay ninguna puerta. Es más, ese hombre ha entrado por un lado de la habitación donde no hay pared. Saca martillo y clavos y comienza a apuntalar una de las paredes. Tal pared es en realidad un tablón de contrachapado que se mantiene en vertical gracias a unos bastidores que lo sujetan desde atrás. El violinista no tarda en aparecer por la puerta por la que se ha marchado. La ha dejado tan abierta que puede verse que al otro lado hay un extraño paisaje de cámaras, luces, cables y bastidores. El violinista por fin habla, dice que frases que salen de su boca, como estas: “¡Menos mal! ¡Pensaba que esta toma iba a durar eternamente!” La voz surgida del altavoz vuelve a hacerse notar: “¡El señor Orduña y la señora Vernon pueden marcharse a descansar por un tiempo hasta que esté preparada nuevamente la escena!” El violinista, ahora llamado Orduña, dice: “Señor Perojo, ¿cuántas escenas más vamos a filmar hoy?” a lo que la voz de altavoz ahora llamada “señor Perojo” contesta: “Creo que filmaremos la del baile de disfraces y la de los marineros”. La señora enfadada, ahora llamada “señora Vernon”, saca su pitillera, se coloca un cigarro en la boca y se lo enciende. Después, coge un periódico en el que puede verse perfectamente la fecha: “1926”.

¿Título de la película? “Boy”.

- ¡Pero eso es trampa!- dijo Lucas.

- ¿Por qué? Es una película real- le contestó Adrián.

- Ya, pero tanto tú como yo sabemos que esa película no existe, que fue destruida en el incendio de los laboratorios Madrid Film hace más de cincuenta años…

- Se conservan fotografías, la novela de Luis Coloma en la que se basó y una filmación del rodaje y diez minutos del metraje original…

- ¿Y qué? Todo eso que me has contado parte de datos reales, pero la mayoría te lo has inventado… ¿Cómo sabes que esa escena se rodó exactamente? El personaje de “Boy” no tocaba el violín, tocaba el piano…

- Lo bueno que tiene hacer uso de películas desaparecidas que nadie, salvo nuestros abuelos, han podido ver, es que juego con ventaja…

- No sé cómo te has empeñado en hacer esa tesis sobre películas que ya no existen…

- Porque siempre me ha gustado la arqueología… ¿Tú sabes lo maravilloso que sería encontrar alguna de estas películas? ¿sacarlas de nuevo a la luz?

- Sí, reconozco que a veces suceden ese tipo de milagros…

- Además, solo hay una persona más rara que yo en ese aspecto… Y ese eres tú…

- Pero yo nunca haría un trabajo sobre cosas con las que no puedo trabajar porque han desaparecido…

- ¡Pues por eso mismo! Si no hago yo ese trabajo ¿quién lo va a hacer?

- Tienes razón…

- Ahora nadie cree en mí, pero después la gente me lo agradecerá… Además, jugar a las adivinanzas con cosas de este tipo hacen más mágico aún el juego. Al fin y al cabo, escribir literatura o hacer cine es algo parecido… Nos valemos de una serie de cosas que conocemos, datos reales y creíbles, hechos que han sucedido o que pueden suceder… y después, el resto es inventiva. Jugamos con todo eso para hacérselo creer al espectador. Y tú has entrado en ese juego…

- Estás loco, Adrián…

Lucas y Adrián abandonaron la escuela de cinematografía muy despacio. El largo día acababa y a ellos solo les quedaba aquella conversación. Una conversación interesante y a la vez intrascendente, para hacer más corto el camino rumbo al metro.

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JUSTIFICACIÓN PARA EL BEBÉ DE UNA SOLA CEJA

>> viernes, 5 de abril de 2013






Yo, señores, no soy culpable de nada. Soy más bien una víctima. Víctima de una conspiración a gran escala. Muchos dirán que eso solo son excusas, algo en lo que escudarse para no afrontar los hechos. Una táctica fácil. Nada de eso. Yo antes no era así. Han sido ellos los que me han convertido en lo que soy ¿comprenden?
Para empezar, por no tener no tengo ni nombre. Luego, pertenezco a esa clase de seres que poseen una “belleza distraída”. Todos los protagonistas tienen un antagonista ¿no? Pues alguien decidió que yo no iba a ser protagonista, que iba a ser un contrapeso, algo que equilibrase las cosas y que hiciera –con mi actitud- aún más bueno e inteligente a otro ser, el ser protagonista, una tal Maggie Simpson. Ella va a la misma guardería que yo, y dicen que es, junto a su hermana, la persona más razonable de su familia. Por lo tanto, yo era el personaje retorcido y malévolo que iba a obligar a la protagonista Maggie a obrar bien, a demostrar su valía.
Pero yo no era así en un principio. Todo empezó cuando descubrí que las cosas no eran del todo normales. Mi vida se reducía a una serie de acciones repetitivas, a una actitud extraña e incluso maniquea. Yo no entendía muy bien por qué. ¿Cuál era el motivo que hacía que mi vida no fuese normal, como la de los demás? Entonces llegó la frase que me abrió los ojos: “Tú no eres como los demás. Tú eres un dibujo animado”.
-         ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
-         Quiero decir que tú has sido creado con una misión concreta.
Debía de sentirme bien. Mucha gente se pregunta el por qué de su existencia y yo tenía una respuesta clara y funcional. Pero no me gustaba ser un dibujo animado, estar a merced de una serie de guionistas y dibujantes que decidieran mi vida por mí. Tardé en asimilarlo y, mientras tanto, mi personalidad iba volviéndose más amarga. No solo estaba enojado con mis creadores, sino con las otras criaturas que también eran víctimas como yo. Puesto que mi mundo se reducía a la convivencia con estos seres, solo me quedaba descargar mi ira sobre ellos. 
Matt Groening se arrepintió de habérmelo confesado. Él pensaba que debía de ser coherente con sus personajes, que tenía que contarles las cosas tal y como eran, sin tenerles engañados. Él era nuestro padre y nos debía ciertas explicaciones. Nuestra madre imagino que será el arte, pero tan bonita metáfora no termina de convencerme. ¡Maggie tiene dos padres porque tiene además uno de ficción, Homer! ¿Y yo qué? Yo, por tener, no tengo ni historia. La historia me la quieren imponer desde las altas esferas, y yo a veces me rebelo y les obligo a que me escuchen y se inspiren en mis arrebatos vengativos diarios. ¡Estúpidos…!
Cuando uno es un dibujo animado, no crece. Nosotros nos debemos al público, que quiere seguir viéndonos eternamente con nuestra edad (pues en ello radica nuestra personalidad, nuestra gracia). Un bebé de una sola ceja de cuarenta años puede que continuara resultando gracioso, pero ya no sería ese personaje original. Muchas veces, en las series, se traslada a los personajes a otra serie, se crea una para ellos exclusivamente. No es el caso de Los Simpsons. A mí me han puesto en un cortometraje con la tal Maggie, imagino que para no agotar los recursos de una ya de por sí quemada idea. “Los Simpsons” han muerto hace años, pero no lo quieren asumir. Nos continúan sometiendo a una lenta agonía. Yo soy de los que pienso que hay que saber retirarse con dignidad. No me importa decirlo aquí, pues soy consciente de que, una vez terminada la serie, yo dejaré de existir (bueno, existiré en las reposiciones de televisión, permaneciendo enlatado todo el tiempo que les de la gana a los señores de allí arriba).
Imagino que esta confesión la harán desaparecer en cuanto la encuentren. Romperán este papel en mil trozos. No me importa. Yo ya me he desahogado, que es lo que quería. Seguiré, a los ojos de los demás, siendo un gracioso personaje secundario creado para hacerle la vida imposible a la tal Maggie. Creo que no terminaría de ser sincero si no dijera que hace tiempo me siento atraído por el encanto de esta niñita. Ella es feliz sabiéndose dibujo animado, lo que dice mucho de su madurez como personaje de ficción. Todavía tengo mucho que aprender pero, mientras tanto… ¡Seguiré siendo un chico malo!”

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DESCRIPCIÓN-PENSAMIENTO-DIÁLOGO



Antes de salir por la puerta, se quedó mirándose al espejo durante un tiempo. No estaba nada mal de físico, pero toda aquella fachada acababa desapareciendo ante su incorrecta forma de ser.

“Un amigo (1) me dijo una vez que cada uno de nosotros éramos las neuronas de Dios. Nuestros actos provocaban la conciencia en él, le hacían sentirse responsable. ¿Y yo cómo le haría sentir a Dios? O, mejor ¿cómo le harían sentir los demás a él ante la actitud que mantenían conmigo?”

Quizá era un ser despreciado por una sociedad a la que le asustaba ver las cosas tal como eran, sin envoltorios.

“Sólo sé que deseo. Deseo con todas mis fuerzas. Me gusta trabajar en estos deseos, pero no quiero que estos se vean cumplidos. Me conformo con proyectarlos, con soñar acerca de sus posibilidades”.

Sus amigos se encontraban en un estado parecido al suyo. Todo acababa convertido en una especie de pesimismo filosófico. Al menos ellos se emborrachaban, mientras que él permanecía sobrio, sin posibilidades para la evasión (por muy efímera que esta fuera).

- ¿De verdad no quieres una cerveza?

- No… Es “el néctar de los necios”.

¿Y qué le iba a hacer si con su sinceridad se ganaba más enemigos que amistades? Al único que le faltaba por traicionar era a él mismo, y eso era lo último que pensaba hacer.

“En el amor como en la guerra, muchas veces las relaciones funcionan gracias a las confrontaciones. La química surge de los desacuerdos, de las batallas que luego provocan los reposos del guerrero, las reconciliaciones más placenteras (por lo que tienen de sanadoras). Cuando surge el desinterés por una de las dos partes, aparece el interés por la otra. Es cruel, pero cuanto antes se asuma, será mucho mejor. Se sufrirá menos”.

- Lo mejor es dejar de pensar en esas cosas. Dejar de desear. Solo entonces, aquello que se deseaba surgirá…

- ¿Y quién te dice que para entonces me interese?

- Donde hubo brasas…

- Las cenizas no pueden volver a crear el fuego…

El tiempo lo cura todo. Las pasiones se enfrían, el fracaso le vuelve a uno casto.

- El amor… El amor es un perfume de poder fatal…

- Un perfume que nunca se evapora, que siempre lo llevamos pegado a la piel, y lo olemos, y esto nos hace volver a intentar aquello sobre lo que una y otra vez hemos tropezado…

Aquí, en este templo de la sabiduría al que se veía arrojado por la soledad, reflexionaba acerca de enigmas que nunca podrían ser descubiertos. He ahí la gracia, el misterio, lo que volvía interesante a las pasiones. Sin ello, volviéndose cosa sabida, poco quedaría ya de interés en este mundo tan descreído.

“Hay que experimentar, no rendirse ante el abatimiento. Esto nos dice nuestro cuerpo, nuestra química. Luego, con la vejez, esta voz desaparecerá y seremos finalmente felices, nos habremos liberado de la esclavitud de los placeres…”

- ¿Y qué palabras debo de utilizar para enamorar a alguien?

- Olvida las palabras. Hazme caso. Olvídate, de hecho, del amor. Eso no es más que un invento. Los humanos hemos tratado de racionalizar nuestra atracción sexual, denominándola de ese modo. Así, creemos que la convertimos en algo más, en una cosa idílica e incorruptible. ¿Acaso la atracción hacia alguien por sí sola puede considerarse como indigna?

Y él seguía, en aquel bar, en aquella rutina que no era sino un constante recuerdo de sus desgracias (las de él y las de sus amigos).

“Al principio todo eran risas, sabíamos hacer parodias del estado actual de las cosas. Luego, poco a poco, a medida que la noche iba haciendo más suyo el mundo, el humor daba paso a la constatación de los hechos objetivos, sin ningún tipo de adorno… Y, por fin, llegábamos de nuevo al punto de partida, a nuestro punto “cero” vital”.

- Creo que me voy a marchar a casa…

- ¿Ya? ¡Pero si todavía es pronto!

- Adiós…

- Eso, tú marchate… Algún día aprenderás a vivir de verdad…

¿Acaso aquello era vivir? Más bien podría definirse como “sobrevivir”. Un estado en el que no se está mal pero tampoco se está bien. Se vive flotando estúpidamente, como hacen las amebas. ¿Sería también aquella sensación de no cumplir los deseos, de solo sentirlos, lo que le había sumido en aquel estado de inactividad tan extraño?

Tenía veinticuatro años, pero era como si tuviese cincuenta. Antes, era la guerra la que robaba la juventud. Ahora era la imposibilidad de un futuro cierto.

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(1) Antoine Le Viril

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Vals triste

Como un vals triste
así pasa nuestra vida
a veces majestuosa, a veces quebradiza
siempre danzando al compás de la música
como hipnotizados por su belleza
melancólicamente nostálgicos
ante el trágico destino de nuestras vidas

(De "poemas para Eduardo Martel")

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"El rey se muere" de Eugène Ionesco

>> lunes, 1 de abril de 2013

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"Max Estrella y Don Latino" (2012)

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"Fin de partida" de Samuel Beckett (2012)

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"Dos dibujos sin título" (2012)


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