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“¡Ay, Carmela!”. Una función en tiempos de guerra

>> miércoles, 10 de abril de 2013




Esta es la historia de unos cómicos de la legua, que cruzan con su carromato los pueblos de la geografía española. Allá por donde pasan tratan, con su arte, de hacer olvidar por unos instantes la cruda realidad que rodea a quienes deciden escucharles. Estas personas, no decidieron vivir, como esos cómicos, aquella época en la que se encontraban. Tiempo de guerra, de destrucción y de enfrentamiento entre hermanos. Un aire en el que se respira pólvora e ideales a partes iguales, porque una es consecuencia de la otra y viceversa. Dicen que en las guerras no hay vencedores sino vencidos. Cientos de miles de mutilados tanto física como espiritualmente que avanzan como muertos vivientes hacia una continuación de sus vidas. Porque el espectáculo debe de continuar. Todas estas personas que no han sido sino víctimas de las decisiones de unos pocos (esos que se colocan en los últimos puestos de las batallas para no resultar perjudicados) son las que cuentan este relato. Una fábula humana en sí misma, con todo lo que pueda tener de defectos y virtudes, de luces y de sombras. El contexto puede entenderse casi como una excusa para dejar salir el alma descarnada del individuo, posicionándose defendiendo aquellas cosas en las que debe de creer firmemente. Esta seguridad, convencimiento o firmeza (puede haber muchos modos de definirlo) es algo que hasta hace bien poco parecía escasear en la actualidad, pero que con los nuevos acontecimientos sociales parece de nuevo despertar. Las personas abandonan su letargo y se sienten de nuevo vivas, ante aquello que les está tocando vivir.

“¡Ay, Carmela!” utiliza en su título el verso de una canción que se hizo bien popular en estos tiempos que aquí se narran. Porque, a pesar de haber una guerra, a pesar de haber aparentemente más destrucción que construcción en un mundo que parecía tocar a su fin, todavía quedaba la poética de las personas que la vivieron. Todavía brillaba su humanidad como canto de esperanza. Y es precisamente esta cualidad puesta en valor la que pone en pie a cada uno de los protagonistas de la obra teatral de José Sanchís Sinisterra. Porque, muchas veces, una debilidad puede ser más poderosa que una fortaleza, y estos personajes tienen esa madera de anti-héroes tan fascinante y cautivadora. Con ella el público siente la empatía a flor de piel y se deja llevar, como un sonámbulo bien despierto. Conseguir extraer estos sentimientos y hacerlos visibles es algo que ha conseguido de forma espectacular esta nueva adaptación de la pieza teatral. El mérito es, sin duda, de una acertada adaptación a cargo de José Luis García Sánchez, de una puesta en escena intachable de Andrés Lima, de unas interpretaciones sinceras y valientes (inmensos Inma Cuesta, Javier Gutiérrez y Marta Ribera) y de una música capaz de trasladar la esencia de una época a una actualidad bien exigente.

Carmela y Paulino, dos polifacéticos personajes que lo mismo te cantan una copla que te coreografían unos versos picantones, representan esa profesión siempre tan desprestigiada durante tantos siglos (y puesto casi a la misma altura que la de la prostitución) de los artistas. Ni tan siquiera tras su muerte podían descansar, puesto que no se les permitía enterrárseles en sagrado. Sin comerlo ni beberlo, deben de ganarse la vida entreteniendo a todo tipo de gente. Los espectáculos tienen la extraña peculiaridad de hermanar durante el tiempo de su duración a personas de distinta clase social, ideología y creencias. La gente busca distraerse y divertirse, y esto es precisamente lo que crea este tabula rasa.

Pero además, Carmen y Paulino son pareja. Les une este destino común, esta vida elegida vocacionalmente (es decir, no siendo uno la que la elige realmente sino más bien ella a ti). Junto ellos, convive un tercer personaje, Gustavete. Este personaje, es a la vez narrador, en realidad el más importante de todos. Él nos tiene al tanto de todo cuanto ocurre, siendo capaz de unir tiempos y espacios bien distintos, actuando como una especie de “Dios” teatral que maneja a su antojo el desarrollo de la obra de teatro. Además de esto, se cierne sobre nosotros toda una parafernalia tramoyística bien eficaz y sofisticada. No estamos hablando de complejidad, sino de un sabio uso de la maquinaria teatral para conseguir excelentes resultados: proyecciones y efectos especiales versus pequeña orquesta en directo (como en las mejores obras de Bertolt Brecht).

“¡Ay Carmela!” es un fresco de época bien reconocible para nosotros, aún cuando hayan pasado tantos años de aquella época. España sigue manteniendo esas particularidades que tan bien la definen. Sigue siendo ese duelo a garrotazos y ese entierro de la sardina, esa romería y esa Semana Santa. Ese Eros y Thanatos tan presente, esa pasión desatada y ese duelo de luto riguroso. España es, y seguirá siendo, mal que le pese, contradictoria pero coherente.

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