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HOMO HOMINI LUPUS

>> viernes, 12 de abril de 2013



Llevaba ya un buen rato caminando. El aire frío de aquella noche invernal le golpeaba con rabia, y él había comenzado a sentir dolor en su rostro. El resto del cuerpo, por fortuna, había sabido guarecerse bajo una amplia gabardina. El sombrero de hongo amenazó un par de veces con desprenderse de su cabeza para viajar rodando en dirección contraria por el asfalto.
“Ya queda poco, Mike” se dijo así mismo como una suerte de aliento. ¿Qué hora sería? ¿Las dos de la madrugada tal vez? Él solo podía pensar en el dormitorio, con aquella cama sin hacer y aquella botella de bourbon esperándolo. Como el regazo caliente de una madre que no busca sino el descanso y la tranquilidad de su hijo.
Dobló la última esquina y, antes de que sus pies le llevaran hasta la puerta, se dispuso a sacar el manojo de llaves.
Cuando la puerta se cerró tras él, sintió una sensación de placidez. No obstante, lo que ahora tenía ante sí no era lo que se había imaginado exactamente. En su mente se había forjado la idea de un lugar acogedor, y éste parecía en realidad incómodo. Todo parecía jugar en contra: aquel silencio, aquella oscuridad aún mayor, liberada de la luz acusadora de las farolas…
“Sólo tienes que cruzar este pequeño umbral y ya estarás en tu casa”.
No obstante, él mismo sabía que no existían ya lugares seguros. Se había preocupado por eliminarlos de su vida, auque ahora pareciera arrepentido de aquella decisión.
No sabría muy bien cómo describir aquel olor. ¿Pudiera ser aquel tan característico de los muebles viejos de oficina? Aquellos que se encuentran invadidos por el polvo del olvido.
Un contador de luz demostraba con su sonido que funcionaba a las mil maravillas (incluso cuando nadie necesitaba ya ningún tipo de iluminación porque hacía tiempo que debería estar durmiendo).
La oscuridad no era total. Parecía que la luz de fuera quisiera colarse hasta en los lugares que le resultaran más inaccesibles, como este portal con olor a oficina abandonada. Esta imposibilidad de una oscuridad total había provocado que las paredes fuesen tapizadas de sombras más o menos sugerentes. Algunas de ellas, parecían absolutamente antinaturales. Mientras cruzaba la sala en dirección a las escaleras, Mike se entretuvo tratando de adivinar la procedencia de las mismas. El sonido de sus zapatos se unió al del contador. El eco provocado en aquella caverna creaba la ilusión de que no se encontraba solo.
Fue al subir el segundo escalón. Algo notó tras de sí, una especie de aviso. Un leve frescor en la nuca. Se giró entonces y descubrió dos grandes sombras que antes no estaban allí. Sombras móviles, pujando por convertirse en dos seres vivos propios.  Mike se sintió triplicado. Allí estaba él dos veces más, con su gabardina y su sombrero, pisándose a sí mismo los talones. Apenas le había dado tiempo a reflexionar sobre estas cosas, cuando aquellos dos cuerpos le atraparon. Fue algo gradual: primero fueron avanzando posiciones con aires felinos y después, cuando la distancia era mínima, abandonaron la comedia para atacar sin contemplaciones. Mike se defendió como gato panza arriba, quitándose de encima ordenadamente cada uno de aquellos ataques. Tuvo tiempo incluso de lanzar algunos por su parte. Finalmente aquellos dos hombres quedaron reducidos. La fuerza sobrehumana que había actuado sobre ellos no podía ser otra que la que nace de la necesidad de la subsistencia.
El primero en levantarse de los dos fue el de aires más desgarbados. Con el poco aire que le quedaba dijo lo siguiente: “¿A qué ha venido esto?” Mike le contestó con una fórmula de disculpa: “Lamento haberos hecho perder vuestro tiempo. Lo he meditado mucho… y he decidido que ya no quiero morir”. A continuación, sacó unos dólares de su billetera y se los tiró al suelo. “Esto por vuestros servicios. Lo habéis hecho muy bien… Es culpa mía. Debía de haber estado más seguro a la hora de contrataros”.
El otro no tardó en incorporarse. Parecía furioso. Sacó de dentro de su abrigo un revólver. “¿Quién te has creído que eres? Nosotros terminamos lo que empezamos, es nuestra tarjeta de visita… ¿Has oído?”
Mike no contaba con esto. Trató de calmar los ánimos de aquel gángster como buenamente pudo, sin resultado. Se oyeron dos disparos y el muchacho cayó al suelo en menos tiempo de lo que tarda en santiguarse un cura loco. Allí estaba Mike, un hombre sin sombra y siendo a la vez una tercera, junto a la de los cuerpos de aquellos matones.
“¿Qué has hecho?” le espetó al pistolero su compañero. “Vámonos. Aquí huele a cobardía”- dijo el otro. Los dos individuos salieron del portal devolviendo la calma a la noche. Antes de que la puerta se cerrara, se escuchó lo siguiente: “Conmigo no se juega”.

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