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JUSTIFICACIÓN PARA EL BEBÉ DE UNA SOLA CEJA

>> viernes, 5 de abril de 2013






Yo, señores, no soy culpable de nada. Soy más bien una víctima. Víctima de una conspiración a gran escala. Muchos dirán que eso solo son excusas, algo en lo que escudarse para no afrontar los hechos. Una táctica fácil. Nada de eso. Yo antes no era así. Han sido ellos los que me han convertido en lo que soy ¿comprenden?
Para empezar, por no tener no tengo ni nombre. Luego, pertenezco a esa clase de seres que poseen una “belleza distraída”. Todos los protagonistas tienen un antagonista ¿no? Pues alguien decidió que yo no iba a ser protagonista, que iba a ser un contrapeso, algo que equilibrase las cosas y que hiciera –con mi actitud- aún más bueno e inteligente a otro ser, el ser protagonista, una tal Maggie Simpson. Ella va a la misma guardería que yo, y dicen que es, junto a su hermana, la persona más razonable de su familia. Por lo tanto, yo era el personaje retorcido y malévolo que iba a obligar a la protagonista Maggie a obrar bien, a demostrar su valía.
Pero yo no era así en un principio. Todo empezó cuando descubrí que las cosas no eran del todo normales. Mi vida se reducía a una serie de acciones repetitivas, a una actitud extraña e incluso maniquea. Yo no entendía muy bien por qué. ¿Cuál era el motivo que hacía que mi vida no fuese normal, como la de los demás? Entonces llegó la frase que me abrió los ojos: “Tú no eres como los demás. Tú eres un dibujo animado”.
-         ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
-         Quiero decir que tú has sido creado con una misión concreta.
Debía de sentirme bien. Mucha gente se pregunta el por qué de su existencia y yo tenía una respuesta clara y funcional. Pero no me gustaba ser un dibujo animado, estar a merced de una serie de guionistas y dibujantes que decidieran mi vida por mí. Tardé en asimilarlo y, mientras tanto, mi personalidad iba volviéndose más amarga. No solo estaba enojado con mis creadores, sino con las otras criaturas que también eran víctimas como yo. Puesto que mi mundo se reducía a la convivencia con estos seres, solo me quedaba descargar mi ira sobre ellos. 
Matt Groening se arrepintió de habérmelo confesado. Él pensaba que debía de ser coherente con sus personajes, que tenía que contarles las cosas tal y como eran, sin tenerles engañados. Él era nuestro padre y nos debía ciertas explicaciones. Nuestra madre imagino que será el arte, pero tan bonita metáfora no termina de convencerme. ¡Maggie tiene dos padres porque tiene además uno de ficción, Homer! ¿Y yo qué? Yo, por tener, no tengo ni historia. La historia me la quieren imponer desde las altas esferas, y yo a veces me rebelo y les obligo a que me escuchen y se inspiren en mis arrebatos vengativos diarios. ¡Estúpidos…!
Cuando uno es un dibujo animado, no crece. Nosotros nos debemos al público, que quiere seguir viéndonos eternamente con nuestra edad (pues en ello radica nuestra personalidad, nuestra gracia). Un bebé de una sola ceja de cuarenta años puede que continuara resultando gracioso, pero ya no sería ese personaje original. Muchas veces, en las series, se traslada a los personajes a otra serie, se crea una para ellos exclusivamente. No es el caso de Los Simpsons. A mí me han puesto en un cortometraje con la tal Maggie, imagino que para no agotar los recursos de una ya de por sí quemada idea. “Los Simpsons” han muerto hace años, pero no lo quieren asumir. Nos continúan sometiendo a una lenta agonía. Yo soy de los que pienso que hay que saber retirarse con dignidad. No me importa decirlo aquí, pues soy consciente de que, una vez terminada la serie, yo dejaré de existir (bueno, existiré en las reposiciones de televisión, permaneciendo enlatado todo el tiempo que les de la gana a los señores de allí arriba).
Imagino que esta confesión la harán desaparecer en cuanto la encuentren. Romperán este papel en mil trozos. No me importa. Yo ya me he desahogado, que es lo que quería. Seguiré, a los ojos de los demás, siendo un gracioso personaje secundario creado para hacerle la vida imposible a la tal Maggie. Creo que no terminaría de ser sincero si no dijera que hace tiempo me siento atraído por el encanto de esta niñita. Ella es feliz sabiéndose dibujo animado, lo que dice mucho de su madurez como personaje de ficción. Todavía tengo mucho que aprender pero, mientras tanto… ¡Seguiré siendo un chico malo!”

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