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DESCRIPCIÓN-PENSAMIENTO-DIÁLOGO

>> viernes, 5 de abril de 2013



Antes de salir por la puerta, se quedó mirándose al espejo durante un tiempo. No estaba nada mal de físico, pero toda aquella fachada acababa desapareciendo ante su incorrecta forma de ser.

“Un amigo (1) me dijo una vez que cada uno de nosotros éramos las neuronas de Dios. Nuestros actos provocaban la conciencia en él, le hacían sentirse responsable. ¿Y yo cómo le haría sentir a Dios? O, mejor ¿cómo le harían sentir los demás a él ante la actitud que mantenían conmigo?”

Quizá era un ser despreciado por una sociedad a la que le asustaba ver las cosas tal como eran, sin envoltorios.

“Sólo sé que deseo. Deseo con todas mis fuerzas. Me gusta trabajar en estos deseos, pero no quiero que estos se vean cumplidos. Me conformo con proyectarlos, con soñar acerca de sus posibilidades”.

Sus amigos se encontraban en un estado parecido al suyo. Todo acababa convertido en una especie de pesimismo filosófico. Al menos ellos se emborrachaban, mientras que él permanecía sobrio, sin posibilidades para la evasión (por muy efímera que esta fuera).

- ¿De verdad no quieres una cerveza?

- No… Es “el néctar de los necios”.

¿Y qué le iba a hacer si con su sinceridad se ganaba más enemigos que amistades? Al único que le faltaba por traicionar era a él mismo, y eso era lo último que pensaba hacer.

“En el amor como en la guerra, muchas veces las relaciones funcionan gracias a las confrontaciones. La química surge de los desacuerdos, de las batallas que luego provocan los reposos del guerrero, las reconciliaciones más placenteras (por lo que tienen de sanadoras). Cuando surge el desinterés por una de las dos partes, aparece el interés por la otra. Es cruel, pero cuanto antes se asuma, será mucho mejor. Se sufrirá menos”.

- Lo mejor es dejar de pensar en esas cosas. Dejar de desear. Solo entonces, aquello que se deseaba surgirá…

- ¿Y quién te dice que para entonces me interese?

- Donde hubo brasas…

- Las cenizas no pueden volver a crear el fuego…

El tiempo lo cura todo. Las pasiones se enfrían, el fracaso le vuelve a uno casto.

- El amor… El amor es un perfume de poder fatal…

- Un perfume que nunca se evapora, que siempre lo llevamos pegado a la piel, y lo olemos, y esto nos hace volver a intentar aquello sobre lo que una y otra vez hemos tropezado…

Aquí, en este templo de la sabiduría al que se veía arrojado por la soledad, reflexionaba acerca de enigmas que nunca podrían ser descubiertos. He ahí la gracia, el misterio, lo que volvía interesante a las pasiones. Sin ello, volviéndose cosa sabida, poco quedaría ya de interés en este mundo tan descreído.

“Hay que experimentar, no rendirse ante el abatimiento. Esto nos dice nuestro cuerpo, nuestra química. Luego, con la vejez, esta voz desaparecerá y seremos finalmente felices, nos habremos liberado de la esclavitud de los placeres…”

- ¿Y qué palabras debo de utilizar para enamorar a alguien?

- Olvida las palabras. Hazme caso. Olvídate, de hecho, del amor. Eso no es más que un invento. Los humanos hemos tratado de racionalizar nuestra atracción sexual, denominándola de ese modo. Así, creemos que la convertimos en algo más, en una cosa idílica e incorruptible. ¿Acaso la atracción hacia alguien por sí sola puede considerarse como indigna?

Y él seguía, en aquel bar, en aquella rutina que no era sino un constante recuerdo de sus desgracias (las de él y las de sus amigos).

“Al principio todo eran risas, sabíamos hacer parodias del estado actual de las cosas. Luego, poco a poco, a medida que la noche iba haciendo más suyo el mundo, el humor daba paso a la constatación de los hechos objetivos, sin ningún tipo de adorno… Y, por fin, llegábamos de nuevo al punto de partida, a nuestro punto “cero” vital”.

- Creo que me voy a marchar a casa…

- ¿Ya? ¡Pero si todavía es pronto!

- Adiós…

- Eso, tú marchate… Algún día aprenderás a vivir de verdad…

¿Acaso aquello era vivir? Más bien podría definirse como “sobrevivir”. Un estado en el que no se está mal pero tampoco se está bien. Se vive flotando estúpidamente, como hacen las amebas. ¿Sería también aquella sensación de no cumplir los deseos, de solo sentirlos, lo que le había sumido en aquel estado de inactividad tan extraño?

Tenía veinticuatro años, pero era como si tuviese cincuenta. Antes, era la guerra la que robaba la juventud. Ahora era la imposibilidad de un futuro cierto.

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(1) Antoine Le Viril

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