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DIÁLOGO PARA SORDOS

>> viernes, 19 de abril de 2013


“Cariño, ¿no quieres un poco de…? ¿Cariño?”
Esa fue la última vez que traté de comunicarme con él. La última vez que dejé sonar mi voz inútilmente. Ya está, ya me había cansado.
Las parejas siempre son aparentemente felices. Nosotros también lo fuimos. Ahora éramos como uno de esos extraños casos en los que dos personas se divorcian pero siguen viviendo juntos en la misma casa. Para mí, es como si hubiésemos firmado los papeles de separación sin que ni siquiera lo hayamos hablado. Como si hubiésemos puesto punto final a algo sin enterarnos de nada.
Es todo muy extraño. Ahí está él, sentado conmigo a la mesa, desayunando como todos los días. Se le ve feliz, no está disgustado ni desea otras posibles vidas que la que ahora tiene, conmigo. Pero él ya no me escucha, él ya no me habla. Él está aquí conmigo y a la vez no está. Tiene algo entre las manos, un objeto de diseño al que no para de toquetear con sus pulgares. Aquella pequeña máquina reacciona como todas las típicas máquinas: emite luces y sonidos extraños dando muestras de su inteligencia artificial. Él no me mira y me sonríe a mí, sino a aquel nuevo juguete que se compró hará cosa de un mes. Un día llegó por la puerta con una cajita y se encerró en su habitación. Ese fue el comienzo de nuestro pequeño infierno. Desde entonces, solo ha tenido ojos para ella. ¿Y yo? ¿Acaso no existo?
Antes, por lo menos, me mandaba mensajes hablándome. Se comunicaba conmigo a través de textos plagados de faltas de ortografía. Ahora, ni eso. Ahora está ahí, con esa cara de imbécil, haciendo no sé qué, mientras que yo le miro y me hago todas estas preguntas.
Pero he decidido que esto se ha acabado. He aprovechado que se ha ido al baño y ha dejado ese chisme sobre la mesa. Lo he cogido y he tratado de esconderlo en el último sitio en el que él miraría: nuestro dormitorio. Hace días que ya ni duerme conmigo, que se queda en el sofá, iluminado en mitad del salón tan solo por la luz de la pequeña pantalla. Ni siquiera he tenido el valor de quitarle la batería. Simplemente, la he hecho desaparecer.
Ya ha vuelto del baño y lo primero que ha hecho ha sido un gesto de incredulidad al mirar a la mesa. Luego, ha clavado los ojos en mí esbozando con ellos un gran interrogante. Por toda respuesta, yo me he ido a nuestra habitación. Él me ha seguido y hemos llegado allí. La luz del aparato ha comenzado a traslucirse debajo de la almohada y toda ella se ha iluminado horriblemente. Yo estaba ahí tumbada, retándole a venir a pasar por encima de mí, o a quedarse conmigo. Hemos comenzado a tontear. El plan está saliendo como yo esperaba, por fin está volviendo a ser el hombre del que me enamoré (o el hombre, a secas). Le cojo por aquí, le guío por acá, le dejo jugar así y él se deja hacer asá. Ni siquiera se fija ya en la luz que delata el lugar del escondite. Ahora volvemos a ser un solo cuerpo. ¿Y qué es lo que pasa ahora? Que el muy imbécil se ha puesto a reírse. Se ríe a mandíbula batiente. ¿Qué es lo que tiene tanta gracia? Debe de resultarle divertido que lo esté dando todo de mí para salvar nuestra relación. No aguanto más y saco su estúpido teléfono de debajo del cojín para comenzar a golpearle en la cabeza con él. Una vez tras otra. Por fin ha perdido la conciencia. Por fin no ha hecho falta desconectar aquel trasto para que deje de funcionar. Ahora todo se ha quedado en silencio. Un silencio que dura poco porque enseguida vuelve a sonar algo nuevo. Es el timbre de la puerta. Salgo de la habitación, llego hasta ella y pregunto antes de abrir. Al no obtener respuesta, abro y no encuentro a nadie. A mis pies, sobre la alfombrilla, hay una caja. La cojo, cierro la puerta y llevo el paquete hasta la mesa del salón. Lo abro y encuentro una carta en la que me informan de que he sido la elegida por un jurado de un programa de televisión. Recuerdo que hará unas semanas, aburrida en el salón mientras mi pareja llevaba horas encerrado en el baño pasando el rato con su juguete, se me ocurrió participar en un concurso cultural. Si contestabas una sencilla pregunta literaria, podrías ser el ganador de un premio exclusivo.

Dejo la carta, busco entre las bolas de poliexpan y noto algo. Cuál será mi sorpresa al encontrar un teléfono del mismo modelo que el de mi novio. Un smarthphone exclusivo con el que hacer, según la publicidad, “tu vida más sencilla”.

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